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sábado, 10 de diciembre de 2011

AVANCE CARNIS VORAX

Cada año, tanto en España como en el resto de la Unión Europea, se registran más de dos millares de inexplicables desapariciones de personas de diferente condición, sexo o creencias. Gente que desaparece sin dejar rastro ni sospecha sobre que motivos llevaron a dicha desaparición. No están relacionados con asesinatos pasionales, ni secuestros, ni tráfico de órganos, ni prostitución obligada… Simplemente desaparecen con lo puesto y sus familiares no saben más de ellos; en la soledad del campo o en la masificación de las ciudades. Sin testigos. Sin saber nunca lo ocurrido.

La Policía, sin pistas y sin saber que hacer, archiva estos casos como “Inconclusos”, con la esperanza de que, con el tiempo, aparezca algún dato que pueda reabrirlos y llegar a su resolución.

Nunca sucede tal cosa.

PRÓLOGO.

Madrid era una ciudad que por la noche estaba abarrotada de gente. Pero esto no era del todo cierto. Sólo las avenidas principales estaban a rebosar de noctámbulos, vividores, trabajadores o delincuentes, pero el resto era como una ciudad cualquiera; calles tranquilas, silenciosas, algunas peor o mejor iluminadas, pero todas desiertas, desprovistas de la seguridad de la multitud; donde una persona podía sentirse desamparada en mitad de la oscuridad.

Como le ocurría a Carolina. No tenía que haberse quedado hasta tan tarde en la fiesta, pero es que Jorge se ponía tan mono cuando bebía, que no pudo resistir la tentación de dejarse abrazar y tocar por su novio. Pero ahora llegaba tarde a casa por eso. Y sus padres la iban a matar; o a castigar sin salir a la calle durante un mes. No sabía que era peor.

La joven aceleró el paso. La minifalda negra se le subía más allá de lo que su decencia consideraba como normal, pero a Carolina le daba igual. A estas horas las calles estaban vacías y nadie le iba a ver las sugerentes braguitas blancas. Miró el reloj de muñeca: eran las doce y cuarto de la noche. Su padre estaría furioso, porque seguro que estaba despierto esperándola con los nervios a flor de piel.

El sonido de los tacones de las botas de Carolina resonaba en las tranquilas calles, haciendo ecos entre los altos edificios oscuros y silenciosos. El aliento de la muchacha se recortaba en el frío nocturno, pero a pesar del clima, ella notaba como sudaba por culpa de la frenética marcha. Si no se había puesto a correr era por los malditos tacones de aguja fina. Tan altos y estilizados servían para realzar la figura y poner cardiacos a los chicos, pero lo que era para andar un poco más deprisa, eran todo un engorro. No importaba, ya que sólo le quedaban un par de calles para llegar al calor de su hogar.

Su padre debía estar dando vueltas por el comedor como un gato enjaulado. La gritaría y diría que estaría castigada. Por supuesto, no podría decir que llegaba tarde porque había estado en una fiesta bebiendo, fumando y besándose con un chico; sería su sentencia definitiva. Tendría que inventarse una excusa. ¿Se le había parado el reloj? ¿La culpa era del autobús? ¿La película había terminado más tarde de lo que se pensaba? ¿Había acompañado a Marta a su casa? Ya pensaría en algo cuando estuviera delante de sus vociferantes padres.

Se echó el aliento en la palma de las manos y aspiró profundamente. El chicle de fresa ácida había logrado enmascarar el olor de los cubatas bebidos. Esperaba que la colonia hiciera lo mismo con la ropa. El alcohol —sobre todo el barato—, tendía a impregnarlo todo con su fuerte olor.

Avanzó con determinación entre los coches aparcados y cruzó la carretera. A lo lejos se veía un camión de la basura y a los operarios manipulando los cubos de los desperdicios. Estaban demasiado lejos para ver a Carolina y obsequiarla con algunos desagradables comentarios sobre sus grandes pechos o esbeltas piernas. “Son todos unos salidos”, pensó la chica mientras doblaba la esquina de su calle. La bronca iba a ser de órdago, pero se lo había pasado realmente bien y merecía la pena estar unos días castigada. Además, dentro de siete meses cumpliría dieciocho y podría llegar a la hora que quisiera.

Una figura surgió de improviso de un oscuro soportal y se cruzó en el camino de Carolina. La muchacha ahogó una exclamación de miedo y notó como el corazón se le aceleraba por la adrenalina descargada. Ya había olvidado que, en esta ciudad, había que mantenerse siempre alerta ante los depredadores. Imágenes de horribles situaciones desfilaron en su mente en apenas una décima de segundo, pero todo terminó cuando la luz de una farola cercana reveló el rostro del sujeto. Una sonrisa de alivio afloró en el bello rostro de Carolina. “Menos mal”, suspiró visiblemente reconfortada. Ya sabía ella que nada malo podría pasarle en la calle que la había visto crecer.

Una furgoneta de gran tamaño, aparcada y parada a un lado de la calle, oculta en su vulgaridad y suciedad, encendió los faros y el motor con un potente rugido que hizo estremecerse a la joven. Carolina no llegaría nunca a su casa.

CAPÍTULO I. UNA LLAMADA AL FINAL DEL DÍA.

Mató al centinela ahogándolo con un cable, rápido y silencioso. El hombre intentó luchar, pero Víctor era muy fuerte y apretó con tanta rabia que el fino hilo de metal atravesó la carne oscura de la víctima y le provocó un corte profundo por donde manó sangre. Entre agónicos movimientos de brazos y piernas el soldado murió. Víctor, sin pensar para nada en el crimen cometido, ocultó el cadáver en el espeso follaje de la selva e hizo unos gestos con la mano a los camaradas para indicar que el paso estaba libre.

Eran todos mercenarios, en su mayoría negros de diferentes tribus enfrentadas al general que ostentaba en esos momentos el poder en esa nación africana, tan acostumbrada en los últimos años a golpes de estado, sangrientas guerras civiles y limpiezas étnicas causantes de decenas y decenas de miles de muertos ante la pasividad de las llamadas naciones ricas y democráticas, que miraban hacia otro lado sencillamente porque allí no existían beneficios. No todos eran negros, los había blancos, un griego y un ruso, e incluso un turco, pero todos eran lobos de la guerra, duros y crueles, luchando en las guerras de los demás por dinero; mejor dicho, por mucho dinero.

Víctor ya llevaba actuando como mercenario en África al menos dos años, y había obtenido muchos beneficios, pero ya comenzaba a hartarse de los interminables conflictos, los horrores que traían y que azotaban a esta parte del continente negro y más de una vez había pensado en dejarlo todo y volver a España, retomar su vida. Solo se lo impedía su sentido del deber y del honor, ambos empeñados y pagados por el adversario político del general.

Camuflados tanto por los uniformes como por el entorno selvático, los soldados avanzaron lentamente hacia el poblado, donde se suponía hallarían un destacamento fuertemente armado y el premio gordo: una de las hijas del general, originaria de dicha aldea. Si lograban capturarla sería un valioso rehén y una baza que daría considerable ventaja a M’Botu, el enemigo del general. El día comenzaba a despuntar y la claridad iba desterrando las sombras, haciendo peligrar el avance de los mercenarios, pero para cuando ya terminó de amanecer los mercenarios cayeron sobre el poblado con hoscas miradas y crueles sonrisas.

Los centinelas encargados de vigilar ya habían sido eliminados y durante el trayecto hacia el centro del poblado, atravesando chozas de barro y caña, hasta el hospital-escuela-ayuntamiento, único edificio de piedra y cemento del poblado, no se toparon con más soldados. Previamente repartidos en grupos, los mercenarios tomaron posiciones y dieron comienzo al asalto. Víctor, que marchaba con un sub-fusil de gran calibre, iba el primero, entrando por la puerta principal apuntando con el arma y vigilando atentamente las ventanas. No vio a nadie en recepción y se preguntó donde estarían los soldados y porque no habría centinelas, pero aquello parecía despejado de enemigos; algo no marchaba bien.

Como para llevar la contraria a sus pensamientos, un soldado emergió por una puerta lateral con una ametralladora colgando del hombro y en su rostro apareció un gesto de estupor al contemplar los hombres armados. Fue a gritar, pero Víctor disparó y el proyectil impactó en la cabeza del soldado, reventándola y esparciendo sangre y restos de cerebro en todas direcciones. Perdida la cautela, pero con la sorpresa de su parte, Víctor, el ruso, de nombre Karamazov, y tres mercenarios entraron en la sala principal dispuestos a todo. Fueron recibidos con disparos de dos soldados, que hirieron de muerte a uno de los negros mercenarios; el resto se dispersó para buscar refugio detrás de muebles, sillas o mesas. Detrás de un archivador, Víctor pudo apreciar que los soldados se encontraban tras el marco de una puerta que daba a otra sala, a salvo tras las paredes y disparando una lluvia de balas con la intención de mantener a raya a los atacantes.

El ruso gritó algo y se puso en pie abandonado la mesa en la que se refugiaba. Víctor apoyó con sus disparos el avance de su compañero mientras que el ruso, sin dejar de gritar, abrió fuego con su fusil de asalto contra la puerta donde se ocultaban los soldados. Los proyectiles abrieron en las paredes huecos del tamaño de un puño y atravesaron los cuerpos de los soldados causándoles grandes destrozos y la muerte, excepto a uno, que cayó al suelo con la pierna derecha arrancada de cuajo por una bala de la potente arma. El hombre gritaba espantosamente mientras alzaba el horrible muñón por donde salían chorros de sangre.

Los mercenarios corrieron a la puerta y entraron al asalto en la siguiente sala, pero allí no había nadie más.

— ¡Hay que taponar la herida de este hombre! —gritó Víctor en inglés mientras intentaba poner su propio cinturón en el muslo del herido para cerrar la hemorragia.

— ¿Y porque íbamos a hacer tal cosa? —preguntó un negro enorme, de cabeza afeitada y al que le faltaba un ojo que se tapaba con un parche de cuero negro.

—Porque nos puede dar información, por eso. Ahora cierra la puta boca y tráeme algo que nos sirva como vendas.

El gigantesco negro se encogió de hombros pero hizo lo que se le ordenó, rasgando del muerto trozos de la ropa que luego pasaba a Víctor para que este los aplicara a la herida. El soldado seguía gritando y removiéndose, así que el ruso tuvo que sujetarle de los brazos. Mientras tanto, el resto de mercenarios ya habían tomado el edificio y constatado que allí no había nadie. Siendo líder del grupo, Víctor recibió los informes y de nuevo volvió a pensar que las cosas no eran como se había pensando en un principio. ¿Dónde se encontraba la escolta de la hija del general? ¿Y la mujer? Terminada la tarea de auxiliar al soldado, Víctor contempló su obra y pensó que no ayudaría en nada al desdichado, que moriría por la grave hemorragia, pero al menos había ganado algo de tiempo. En el dialecto local, que Víctor hablaba con relativa fluidez, preguntó por la hija del general.

El soldado no dejaba de gritar y el ruso, harto ya, le propinó dos sonoras bofetadas. Víctor, también algo impaciente, volvió a preguntar en tono duro y amenazante.

— ¿Dónde está la hija del general Natonga Bulu? ¿Dónde están el resto de los soldados? Habla y te llevaremos con nuestro médico para que te curen.

— ¡Mi pierna, por mis ancestros! ¡Mi pierna!

— ¡Te cortaré la otra si no me cuentas lo que quiero saber, desgraciado! ¡Habla o te dejo morir aquí!

— ¡La hija del general se fue hace dos días! ¡Con ella se marcharon el resto de los soldados! Quedamos aquí unos pocos para vigilar la aldea por unos días. Ah, por piedad, no me dejen morir.

Víctor se incorporó furioso y lanzando maldiciones. Así que la hija del general se había marchado hace dos días. Habían asaltado una aldea en la que el objetivo ya no se encontraba en ella, perdiendo recursos, tiempo y hombres en el ataque. No podía creer que el comandante N’Agora no supiera que la mujer había abandonado la zona, y como no podía creer en tal cosa, ¿entonces para qué demonios habían iniciado un ataque al poblado?

—Mantened la posición y permanecer alertas —ordenó Víctor a los mercenarios. Marcharía a ver ahora mismo al comandante para que le explicara el porqué de la actual situación; pidió al ruso que le acompañara. El negro del parche, tranquilamente, sacó de la vaina que le pendía a un lado de la cintura un enorme machete y mató a golpes al herido en medio del crujir de huesos y los gritos de piedad del soldado.

No fue llegar al exterior del edificio cuando escucharon disparos, el tableteo de ametralladoras y gritos de pánico y dolor. Víctor salió con el arma preparada, por si estaban sufriendo un ataque por soldados leales al general, pero no era nada eso. Los mercenarios estaban sacando a los habitantes del poblado de las chozas entre empujones, patadas y golpes con las culatas de los rifles, y luego les disparaban en las cabezas o tripas, o los acuchillaban con los grandes machetes amputándoles brazos o piernas, o las dos cosas. Unos llevaban a rastras a mujeres a una mísera cabaña para violarlas repetidas veces, otros tiraban recién nacidos al aire y jugaban a dispararles y ya empezaron a arder varias casas. Muchos mercenarios comenzaban a tomar pastillas para drogarse junto con alcohol del barato y reían sin control mientras miraban a los prisioneros con ojos inyectados en sangre y cruel mirada, dispuestos a cometer atrocidades y divertirse de paso.

— ¡Por Dios bendito! —rugió Víctor mientras andaba más deprisa hacia la zona del poblado donde sabría se hallaría el comandante— ¿Qué está pasando aquí?

—Estos malditos negros —habló Karamazov en inglés con su marcado acento—, ya están con sus revanchas tribales. No van a dejar a nadie vivo —el ruso se encogió de hombros siguiendo a Víctor en su carrera— ¿Qué podemos hacer nosotros? Nada, no hagas el tonto.

Víctor no respondió y apretó con fuerza el fusil de asalto. Mucho tuvo que luchar para contener las ganas de disparar contra sus propios compañeros, porque a medida que se iba internando al centro del pueblo las escenas de horror iban aumentando. Grupos de niños, de cabezas rapadas y por ropa un trozo de tela de color indefinido, eran obligados a ponerse en fila y un mercenario, tranquilamente, les iba disparando con una pistola en la sien; las niñas serían violadas y luego asesinadas. Los hombres y viejos eran asesinados sin más o quemados vivos, o torturados.

Dos camiones y un jeep se encontraban en la mísera plaza de la aldea, y varios soldados custodiaban al comandante N’Agora, hijo del enemigo del general. En estas tierras antiguas y oscuras no existían lazos más inquebrantables que los de la sangre, por eso los familiares solían ocupar los puestos de mayor responsabilidad o importancia. El comandante, a su vez, poseía su propia guardia personal, soldados escogidos por su imponente físico, habilidad en la lucha y ningún escrúpulo a la hora de matar. También contaba entre sus leales a varios niños y adolescentes, convertidos en soldados y embotados sus cerebros por las drogas y los excesos, pero que morirían por N’Agora si este se lo pidiera. Víctor se acercó al comandante con decisión y los soldados le dejaron pasar, ya que sabían que N’Agora le tenía en estima y le permitía ciertas confianzas. Karamazov, no obstante, tuvo que quedarse unos pasos atrás.

El comandante se encontraba de pie en el interior de una choza con techumbre de caña pero sin paredes, y tenía un enorme mapa de la zona desplegado sobre una vetusta mesa de madera negra. Estaba organizando grupos para batir toda la selva y encontrar a la hija del general; era un sabueso que no daba por perdida la presa. Los gritos, alaridos y disparos no perturbaban a N’Agora, acostumbrado a estas atrocidades por verlas normal y justas. ¿No era acaso el deber de su tribu exterminar a los enemigos? A no más de veinte pasos se estaban ejecutando a unos cuantos aldeanos, menos a un par de muchachas de rostros angustiados que no cesaban de llorar y gritar; no tendrían más de veinte años y habían sido seleccionadas por N’Agora para que le calentaran el lecho esa noche, luego se las entregaría a sus hombres para que hicieran con ellas lo que quisieran.

—Ah, español —dijo el comandante en inglés cuando vio a Víctor—, buen trabajo, buen asalto, apenas un par de bajas, ¿sí? Bueno, muy bueno.

—Comandante —saludó Víctor al estilo militar muy respetuoso. De repente ya no se encontraba tan seguro de su acción, pues se encontraba rodeado de no menos de veinte leales a N’Agora, todos ellos feroces y carentes de piedad, ni con sus enemigos ni entre los suyos.

—La hija de nuestro enemigo escapar, ¿sí? Me dicen que por la selva. Español, tu eres el mejor, tu ir a buscarla, ¿sí?

—Señor, si el objetivo no se encuentra en el poblado, ¿por qué matar a los habitantes?

—Porque son el enemigo; son nuestros odiados enemigos, ¿sí? Ellos matar a mi gente, nosotros matarlos a ellos, solo que no dejar a nadie vivo para que más tarde busquen venganza —N’Agora sonrió ferozmente mostrando una dentadura perfecta y blanca— Y mis hombres podrán divertirse un poco, mucho tiempo en la selva, ¿sí?

— ¡No! Esto está mal y no lo puedo permitir… —Víctor calló ante el ruido de pistolas y ametralladoras apuntándole directamente. Había ido demasiado lejos y los soldados le podían matar allí mismo por dirigirse al comandante en ese tono. Supo que, o media bien las próximas palabras, o no salía vivo.

—Español, tú me caes bien, pero nadie me habla de esta manera. Tu no saber que así son las cosas, ¿sí? Hacer lo que se te dice, estar con nosotros o contra nosotros. Tú decides.

—A mi no se me pagado por esto —replicó Víctor muy airado. Un par de soldados amagaron con disparar, pero N’Agora les detuvo con un gesto de la mano y rió con ganas.

—Ah, entiendo, claro, tu luchar por dinero. Es justo, tu cobrar por matar, ¿sí? El doble por matar y el triple si capturas a la zorra.

Víctor meditó un momento para decidir su curso de acción. Desde luego que no iba a unirse a la matanza, pero sabía que una negativa le valdría un disparo en la cabeza o algo peor. Miró a Karamazov, pero el ruso se volvió a encoger de hombros como diciendo que con él no iba la cosa, pero Víctor no dudaba ni por un momento que Karamazov le apoyaría en lo que fuera que hiciese, porque los dos compartían una amistad forjada en la miseria, los avatares de la guerra y el salvarse incontables veces la vida. Se volvió hacia N’Agora y dio su conformidad con un movimiento de la cabeza. El comandante rió y ordenó que trajeran a una de las dos muchachas. Un soldado trajo a la chica arrastrándola por el pelo; la infeliz se debatía y chillaba, pero no le sirvió de nada.

—Bien, español, entonces puedes empezar. Mata a esta mujer y luego vete a buscar a la hija del general, ¿sí?

La sonrisa de N’Agora se ensanchó más y Víctor sacó la pistola de la cartuchera con cuidado, consciente de que los soldados no perdían de vista ni uno solo de sus movimientos. La muchacha le miraba con sus ojos negros muy angustiada, le temblaba el cuerpo de manera incontrolable y gruesas lágrimas le surcaban su rostro de ébano.

—Por favor… —suplicó en perfecto castellano— No me mate, por favor…

— ¿Qué? —dijo Víctor muy confuso.

—No me mate…

Se despertó sudando y se incorporó aturdido y sin saber exactamente donde se encontraba. Tuvo que permanecer así un rato mientras la pesadilla se iba diluyendo en el olvido y la memoria acudía a él. Estaba en su casa y todavía no había amanecido, la boca la tenía seca y los malos sueños de nuevo le habían vuelto a fastidiar una noche de descanso. Miró el reloj despertador que marcaba con sus números fluorescentes las 5:45 de la mañana. Todavía era muy temprano, pero intuía que ya no volvería a dormirse. En fin, al menos no llegaría tarde a su cita con su compadre. Maldiciendo, Víctor echó las mantas a un lado y abandonó la cama.

***

­­­­­­­­­­­­ Víctor apuntó con la pistola automática a la diana situada a más de quince metros y disparó con seguridad. El tiro fue preciso y pegó casi en el centro del corazón del dibujo de una figura humanoide.

—Joder —blasfemó Manolo ante la exhibición de puntería de su amigo. Ya había perdido la partida y le tocaría pagar las cervezas y la cena de una futura noche de diversión.

Ambos hombres estaban en un campo de tiro en las proximidades de un pueblo llamado Griñón, situado a unos treinta kilómetros de Madrid. El lugar, un descampado enorme cercado por una valla metálica, con un pequeño aparcamiento y un bar, se encontraba desierto, pero era el sitio ideal para practicar con pistola, escopeta o fusil. Una gran colina de tierra de más de diez metros de altura y cuarenta de largo, situada tras las dianas, impedía que los proyectiles pudieran causar algún daño. Era un campo de prueba donde los policías, guardias civiles o de seguridad, venían a entrenar y el acceso a él estaba restringido. Víctor no era agente, era detective privado. Manolo era sargento de la Guardia Civil.

—Bueno, chaval —comentó Víctor con humor—. Te toca pagar ¿Otra ronda de disparos? —Víctor sacó el cargador vacío de la automática de nueve milímetros y cargó uno lleno con pericia y rapidez. Con sus treinta y cuatro años, Víctor era un hombre en su plena madurez. Un metro y ochenta centímetros de altura, noventa kilos de músculo y nervio, ojos grises acerados, pelo negro corto peinado hacia atrás y con entradas a los lados, frente ancha y rasgos suaves. Todo en él indicaba que le gustaba cuidar su aspecto físico y practicar el deporte. Mas el detective también atendía otra parte de su persona que le gustaba mucho más: su inteligencia. A pesar de que hacía una mañana soleada y relativamente caldeada, portaba botas, pantalones vaqueros y jersey liso negro. Siempre vestía de negro, tanto si hacía frío como calor. Era muy malo a la hora de combinar colores, hasta que un día descubrió que, teniendo siempre ropa oscura en el armario, daba igual lo que sacara para ponerse que siempre le quedaba bien. Miró a su amigo con sorna y dejó la pistola en el suelo; con la recámara hacia arriba en el suelo y el seguro puesto—. No me digas que ya te has rajado.

—Vete a la mierda, cabronazo; y eso que según me has dicho has pasado mala noche —maldijo Manolo con buen humor. Sabía que otra ronda lo único que lograría hacer sería que volviera a perder. La puntería de Víctor era endemoniada; rara vez fallaba el blanco. Sería un tirador de elite del ejército o la Policía si no hubiera tenido problemas en el pasado y más adelante se hubiera convertido en detective privado. Manolo, al contrario que su compañero, era de piel negra, pero su familia llevaba ya algunas generaciones aposentada en España y de su pasado sólo quedaban algunos recuerdos de madera oscura africana colgados en el comedor de su casa. Manolo disfrutaba de una buena vida que se enriqueció con la llegada de su hijo hacía ya un año. Vestía con prendas deportivas muy holgadas de color azul suave.

— ¿Recogemos entonces? —Víctor se palpó el estomago— Tengo hambre.

—Mejor que sí. Luego me tengo que ir a trabajar. ¿Nos tomamos algo en el bar de mi barrio?

—Bueno, por qué no.

Los dos hombres recogieron las armas. Manolo se la guardó en una funda apropiada y después metió todo en su amplio monedero. Víctor tomó la suya, sacó el cargador y vació la recamara. Nunca guardaba la pistola cargada, y sólo la llevaba cuando intuía que su vida podía correr peligro. Era ilegal que un detective privado portase armas en España —al contrario que en otros países—, pero el oficio de un investigador a veces se tornaba peligroso. Pero lo cierto era que Víctor nunca había tenido necesidad de usar la automática. Manolo hurgó en su mochila de deporte y sacó una caja blanca que lanzó hacia Víctor. El detective la cogió al vuelo con pericia y observó su contenido. Eran balas del calibre nueve y medio.

—Toma, más munición. Te tiene que durar al menos tres meses. No te la gastes toda de un golpe, que sé que te gusta mucho practicar.

Víctor dio las gracias a su amigo y se guardó la caja en su mochila; negra, por supuesto. Nunca preguntaba de donde sacaba la munición, pero sabía que su amigo se jugaba la carrera, e incluso la cárcel, si algún día le pillaban. Casi todo el material se lo proporcionaba Manolo; la pistola —presumiblemente de algún delincuente—, las balas, esposas, una porra eléctrica, incluso botes pequeños de gas para defensa personal. Manolo tenía muchos y muy buenos contactos, no sólo en el cuerpo de la Benemérita, sino también en el Ejército, donde sirvió como profesional durante cinco años en la Legión. Un negro entre legionarios. Víctor sacaba muchos chistes a costa de eso.

Los dos hombres eran amigos desde hacía mucho más tiempo del que ambos recordaban con exactitud. A veces la vida les separaba durante meses —e incluso años—, pero siempre tendían a reunirse de nuevo. Su amistad se basaba en una confianza total y una lealtad a prueba de cualquier cosa. Podían no estar de acuerdo en todo, pero siempre se apoyaban y respetaban. Su amistad era un bálsamo para ambos y los dos lo sabían. Y lo apreciaban como lo que era: un privilegio.

—Voy a pagar el alquiler de las dianas —dijo Manolo dirigiéndose al bar. Víctor fue a protestar, pero Manolo lanzó un taco malsonante y atajó la discusión. El detective agradeció en silencio la invitación. La verdad era que andaba mal de dinero; no, mejor dicho, no tenía dinero. Cosas como tomar un refresco o irse a cenar eran lujos que rara vez se podía permitir. Su éxito profesional y sus remuneraciones no eran muy buenas que dijéramos, y ya llevaba muchos meses teniendo una mala racha en cuanto a trabajo. Alejando de la mente tales pensamientos, tomó las dos mochilas y fue tras Manolo.

Pagado el alquiler de los blancos y las cervezas consumidas, volvieron a Fuenlabrada —donde vivía Manolo—, en el coche familiar del guardia civil. Escuchando música funky, Manolo preguntó a su amigo que tal le iba el negocio. Víctor, con un resoplido de resignación, le contestó que mal.

— ¿Qué vas a hacer esta tarde? —volvió a inquirir Manolo con una risita. Víctor ya intuía que tocaba charla, pero respondió de igual forma.

—Clases de alemán e Informática. Como no tengo ningún caso, supongo que después iré al gimnasio.

—Ahí lo llevas. Vamos, que no tienes nada que hacer. ¡Joder! ¿Y para qué quieres hablar más idiomas? Si ya hablas seis.

— ¿Vas a volverme a decir que tenía que haberme metido a Policía?

— ¡Sí!

—Venga ya. Ya hemos hablado mucho sobre esto. Ya sabes que no puedo ser policía por mucho que tu digas que tienes contactos que borrarían mi expediente. Siempre me repites lo mismo.

—Y no me cansaré de repetírtelo todas las veces que haga falta —Manolo maldijo en voz alta. No llevaban ni diez minutos y ya se habían topado con el primer atasco de coches a la salida de Humanes. Redujo la velocidad hasta detener el automóvil.

—Paciencia. Es así todos los días.

— ¡Paciencia y un huevo! A ver cuando cojones hacen algo aquí. A lo que iba. Tío, mírate. Ni un puto duro y más solo que la una.

—Pero es lo que me gusta…

— ¡Y a mí me gustan las mujeres y no me las puedo tirar a todas porque estoy casado! —Manolo dio un bocinazo a los coches de delante. Lo único que logró fue caldear aún más el ambiente entre los impacientes conductores. De la guantera extrajo unas gafas oscuras para el Sol y se las colocó antes de continuar hablando —. Mira, yo sólo te digo que no puedes seguir así. ¿O me vas a negar qué te gusta realmente lo que haces?

—No…

— ¡Claro que no! Seguir a putas que engañan a sus maridos o a maricones que se la pegan a sus mujeres con otros tíos es una mierda. Tú vales más que eso. ¿Cuál fue tu último caso?

—No me apetece hablar de ello —Víctor desvió la mirada a la ventanilla de su lado. No le disgustaba esta clase de conversación con su amigo, sólo le cansaba por repetitiva. A unos metros de distancia, unos obreros levantaban la acera con martillos hidráulicos; la explicación al atasco. Manolo golpeó con el dedo en el hombro a Víctor.

—Oye, mírame cuando te hablo.

—Cuando te quites las gafas, que pareces un chulo de playa.

Los dos compañeros rieron con ganas y camaradería. Manolo lanzó un grito de júbilo. Los coches se movían. Tres minutos después volvieron a pararse; un obrero con chaleco reflectante naranja y con un cartel de STOP les detuvo. El guardia civil se acordó de los padres del hombre.

—Paciencia, capullo. Ellos no tienen la culpa.

—Pero están ahí, que se jodan. Se nos hace tarde y no vamos a poder ir al bar, joder. Que me cuentes tu último caso. ¿Crees qué se me ha olvidado?

—Ya veo que no —Víctor resopló resignado. Si no se lo contaba no le iba a dejar en paz, pero ya sabía que Manolo diría “Vaya mierda”—. Unos padres me contrataron para averiguar si su hija se prostituía o vendía drogas.

— ¡Ja, ja, ja, ja, ja! —Manolo golpeó divertido el volante— ¡Vaya mierda! ¡No me jodas! ¿En serio? ¿Y qué era?

—Ninguna de las dos cosas. Se lió con un tío veinte años mayor que ella, rico y que le pagaba todos sus caprichos.

— ¡Ja, ja, ja, ja! Vamos, una puta.

—No es lo mismo.

—Sí.

—No.

— ¡Qué te calles, coño! ¡Ya estás defendiendo a los pobres! ¿Ves lo qué te digo? ¿Eh?

Víctor cruzó los brazos sobre el pecho. Señaló a su amigo con el mentón que el obrero les daba vía libre.

— ¿Eh? Ah, sí. Ya va, ya va, joder. Ahora con prisas.

Ya no volvieron a detenerse hasta entrar en Fuenlabrada, una de las muchas ciudades-dormitorios que poblaban la periferia sur de Madrid; modernas y con todas las utilidades posibles: transportes públicos, carreteras que enlazaban de un lugar a otro, parques, universidades, hospitales… Maravillosas en su igualdad de condiciones y vulgaridad urbanística. Manolo enfiló con el automóvil por una de las arterias principales del tráfico de la ciudad.

—Mira, chaval —continuó hablando Manolo—. Lo que digo es que eres un tío inteligente, culto… ¡Estás de mogollón preparado, joder! No deberías estar perdiendo el tiempo haciendo de detective.

—Para mí sería perder el tiempo ser policía.

— ¡Venga ya! ¿Me vas a negar qué haces realmente lo que quieres?

—Bueno… —Víctor se mordió el labio inferior de rabia, sólo porque Manolo tenía razón. Le gustaba su trabajo, adoraba ser detective, como su gran héroe de ficción, el increíble Sherlock Holmes, pero la realidad era muy distinta de la fantasía. Todo el romanticismo, la aventura, la emoción, moría en sus largas vigilias fotografiando mujeres adúlteras o hijos alcohólicos. En los años que llevaba ejerciendo la profesión sólo había aprendido una cosa: que la infidelidad matrimonial era una constante. Que lejos estaba todo de sus sueños. ¿Pero iba a abandonar porque las cosas no transcurrían como a él le gustaba? No, su idea era seguir adelante, labrarse un nombre y relanzar el oficio de detective privado. Pero había veces que se cuestionaba todo lo que hacía y porque lo hacía. Manolo intuyó que el silencio de su pasajero era un debate interior producido tal vez por sus palabras. Puso la mano en el hombro de su amigo y comentó con voz suave.

—Tranquilo, amigo. Perdóname. Ya sabes que me preocupo por ti.

—Lo sé, no pasa nada.

—La verdad es que te tengo envidia.

Víctor miró a su colega con asombro. ¿Qué le tenía envidia a él? El guardia civil llegó a su barrio y dio un par de vueltas a la manzana para aparcar. Poseía una plaza de garaje, pero como tenía que irse a trabajar después de comer, quería tenerlo más a mano. La verdad es que por lo que tardó en ubicar el coche, hubiera ganado más tiempo en dejarlo en el parking.

— ¿De verdad me tienes envidia? —preguntó Víctor cuando los dos se bajaron del vehículo.

— ¡Coño! ¡Pues claro que sí! Haces lo que quieres y eres fiel a tus sueños. Que no me guste tu trabajo no significa que no me guste tu actitud. Eres un luchador, tío. Y eso lo respeto.

—Vaya, gracias.

—Cojones. Hala, a comer. Ya tomaremos una cerveza en el bar otro día.

Durante el trayecto del coche al portal, Manolo compró en el quiosco el periódico del día y un fascículo del coleccionable “Cine de aventuras” que se hacía desde algún tiempo. En la puerta del portal se encontraron con un vecino y durante unos minutos estuvieron hablando de la familia, el tiempo y cosas del trabajo de cada uno. Tras la cortesía (que a Víctor se le antojó interminable), el vecino se marchó y Manolo pudo por fin entrar a su casa tras subir los escalones hasta la primera planta.

En el interior del confortable piso estaba su mujer Agneiszka con el pequeño Daniel en brazos. La mujer esbozó una sonrisa y saludó con efusividad a los dos hombres, en especial a su marido. Agneiszka era de nacionalidad polaca, de piel muy blanca, pelo rubio y ojos azules. Todo contraste con Manolo, pero ambos se querían con locura y habían logrado superar muchos prejuicios; no de ellos, si no de los demás. Fruto de su amor era Daniel, un crío hermoso de tez cobriza, pelo oscuro y ojos azules. Un futuro rompecorazones, en palabras de su orgulloso padre. Víctor pensó que Manolo estaba equivocado. Si había alguien que tuviera envidia, ese era él. Porque su amigo tenía todo lo que anhelaba en secreto: una familia y un hogar, alguien que te quiere y estaría a tu lado siempre.

El resto de la tarde fue muy tranquila y agradable, y Víctor se relajó en compañía de sus amigos.

***

Cuatro horas más tarde y tras agradecer a sus amigos la buena comida, Víctor estaba en el tren de Cercanías viajando rumbo a la estación de ferrocarriles de Atocha en Madrid. El vagón estaba a rebosar de personas que salían o iban a trabajar, pero como Fuenlabrada era la primera estación de la línea, el detective se pudo sentar. No así los viajeros que subieron en las siguientes paradas. Víctor tenía coche, pero no acostumbraba a sacarlo excepto en contadas ocasiones o para utilizarlo en sus casos. Era un pequeño utilitario color gris oscuro de lo más corriente para no llamar excesiva atención. Pero cuando no estaba trabajando, dejaba el vehículo quieto y tomaba el transporte público, infinitamente más económico.

Su móvil empezó a sonar con la melodía de “Star Trek” que se bajó por Internet como buen aficionado a la serie que era. Miró la pantalla y esbozó una sonrisa: era Santiago.

—Hola, granuja —saludó tras descolgar el teléfono—. Hacía tiempo que no me llamabas.

Muy buenas, Víctor. ¿Qué tal, hombre?

—Bueno… Oye, estoy en el tren. En cuanto pase por el túnel se irá la cobertura.

Vale, seré breve. Te llamaba para ver si quedábamos un día de estos para vernos y tomarnos algo.

—Estupendo. ¿Qué tal el miércoles?

¿Qué tal el jueves?

—Vale. Te llamo y confirmo. Mira, ya entra el tren en el túnel.

Venga. Nos vemos. Adiós.

—Adiós, Santi.

Víctor guardó el pequeño móvil en el bolsillo de sus tres cuartos de cuero negro. Hacía tiempo que no veía a su amigo Santiago, que, al igual que Manolo, era también guardia civil, sólo que residía en Valdemoro, otra pequeña ciudad más al sur de Fuenlabrada. Santiago y Víctor se conocieron hacia seis años en una librería de comics y desde entonces quedaban una o dos veces al mes para hablar de sus aficiones comunes: el cine, los libros, Star Trek y los comics de superhéroes. Y de Sherlock Holmes, del que los dos hombres eran seguidores. Santiago estaba casado y tenía dos hijos, un lujoso piso y un buen puesto en las oficinas de contabilidad de la Guardia Civil. Era un hombre feliz y satisfecho, pero que no tenía a nadie con quien hablar de sus pasatiempos. Víctor le estimaba mucho y agradecía las distendidas conversaciones frente a una taza de café o un refresco. Curiosamente, ni Santiago ni Manolo se conocían.

El tren pasó dos estaciones más y los viajeros comenzaban a apretujarse unos contra otros. Cómodamente sentado, el detective abrió su mochila para sacar un libro con el que entretener el viaje. Era un gran lector y siempre que podía, leía sobre cualquier cosa; un libro de fantasía, clásicos, historia, filosofía, psicología o criminología. No sólo por el placer de leer, sino porque también consideraba que un buen detective tenía que poseer una buena base de cultura y conocimientos generales. Nunca se sabía cuando se podía necesitar un dato o que te ayudara conocer una historia. Abrió el libro por donde llevaba leído —una detallada crónica sobre la conquista de México por Hernán Cortes—, y se dispuso a gozar de la lectura.

Antes dio un vistazo alrededor suyo. Suspiró algo fastidiado. A tan solo cinco metros, entre los apretados viajeros, estaba de pie una mujer embarazada. Y como no, nadie le cedía el asiento. Caballero hasta la médula —tanto por su educación como por su honor personal—, Víctor llamó la atención de la gestante y le dijo que se sentara en su sitio. La mujer, una joven de treinta y tantos años, pelo rojo y ojos verdes con el rostro lleno de graciosas pecas, agradeció al hombre su amable gesto con una sonrisa y un gracias que desbordó de satisfacción al detective.

Víctor guardó el libro de nuevo en la mochila. Odiaba leer de pie porque se mareaba.


Si te gusta y quieres seguir leyendo, puedes comprar la novela en Editora Digital a través de su página Web. CARNIS VORAX ha sido escrita por Juan Carlos Sánchez Clemares.

lunes, 5 de diciembre de 2011

CARNIS VORAX


“Víctor Lobo Paredes es un detective privado inteligente, sensible y muy capacitado, pero también es una persona amargada en su soledad, desilusionado por un trabajo que consiste en perseguir a maridos infieles o investigar a adolescentes problemáticos. Pero guarda un terrible y oscuro pasado del que no cuenta nada, que le hace tener pesadillas por la noche y que le ha marcado por siempre. Su vida le parece vacía, aburrida y se refugia en sus libros, ensoñaciones fantásticas y en su intensa amistad con Manuel, un guardia civil de color, para poder continuar adelante. Pero todo cambia cuando recibe un encargo interesante.

Se trata de investigar el caso de una muchacha desaparecida hace un año en circunstancias misteriosas y donde la Policía se ha quedado sin pistas para poder continuar con la investigación. Con dudas, Víctor acepta el caso que le ofrece el padre de la chica desaparecida e inicia con meticulosidad y paciencia lo que considera el trabajo de su vida. Pero pronto todo se retuerce y complica hasta límites que el detective jamás hubiera sospechado.

El descubrimiento de una pastilla con unas misteriosas iniciales, CV, es el principio de una pesadilla increíble. Mediante las pistas que le da un enigmático anciano, Víctor comienza a investigar a un inquietante narcotraficante que es más de lo que parece. Poco a poco al principio, con celeridad al final, el detective desentraña un terrible misterio que le lleva a descubrir la existencia de una Orden con miles de años de antigüedad y a unas personas que poseen terribles poderes y múltiples recursos. A la vez, su pasado vuelve para angustiarle y ciertos personajes de los que creía haberse librado retornan para su desdicha. Por si fuera poco todo esto, deberá tomar una decisión que cambiará radicalmente su vida y la de los que se encuentran a su lado. Suspense, aventura, violencia y muerte se mezclan en la novela con un explosivo final cargado con toques de terror y desesperación. Ambientado en Madrid, con personajes que basculan entre el bien y el mal y con un estilo característico a los “pulps” de los años 30 del siglo XX, Carnis Vorax no dejará indiferente a nadie con su lectura”.

Este es un pequeño resumen de un libro de aventuras, suspense y en ciertos momentos de terror. Escribí el libro hace varios años, por eso ha sufrido modificaciones tanto en la trama como en la inclusión de unos pocos personajes secundarios que han servido para explicar mucho mejor los sucesos que se desarrollan en la obra. Esta ya es la versión final puesto que se ha publicado. No obstante, es un libro que se puede leer en cualquier momento pues no deja de narrar sucesos universales y constantes: la venganza, el miedo, la locura, la ambición, el amor, la valentía… Los personajes son muy creíbles y los diálogos muy fluidos y naturales, dando la sensación de que son espontáneos, algo que puse como meta desde que comencé a trabajar en la novela.

En cuanto a la obra, siempre quise escribir algo relacionado con las personas que desaparecen sin dejar rastro. Personas que un día salen de su casa con lo puesto y ya no aparecen más, dejando tras de ellas un drama para sus familias y un increíble misterio a día de hoy no resuelto. La trama de la novela comienza en un tono al más puro estilo de intriga del cine negro para ir transformándose en aventura en su estado más puro y fantasía, sin dejar de lado el suspense, la intriga y la incertidumbre.

Gracias a una editorial en Argentina y a las editoras que han depositado su fe en mi obra, he podido publicar la novela en formato digital. Es mi primera obra en este formato. La mejor manera de saborear el libro es introducirse en sus páginas y vivir en primera mano las aventuras de los protagonistas, en especial del detective Víctor Lobo.

Título: CARNIS VORAX
Autor: Juan Carlos Sánchez Clemares
Editorial: Editora Digital – www.editoradigital.info
Género: novela-policial-suspenso
Páginas: 602
Fecha de publicación: 20/02/2011
Diseño de portada: Graziella

CARNIS VORAX ha sido escrito por Juan Carlos Sánchez Clemares, y publicado en formato digital por EDITORA DIGITAL. Puedes comprar la novela a través de su página Web.

martes, 22 de noviembre de 2011

AUTOPUBLICARSE, ¿SÍ O NO?


Los escritores, en ocasiones, nos encontramos ante encrucijadas en nuestra profesión que según el camino que decidamos tomar así nos marcará para siempre en nuestra trayectoria literaria, para bien o para mal. Puede que tengamos suerte y que ciertas decisiones que en un principio fueran malas luego no nos causen grave daño en el futuro, pero las más de las veces no ocurre así. Hay que tener en cuenta, y esto es una lección que nos da la vida, que todo lo que hagamos tiene una repercusión. Por eso, cuando tengamos la oportunidad y sea el momento adecuado, es bueno parar un momento y meditar sobre nuestros pasos a seguir. La auto publicación es uno de esos momentos.
Para los escritores noveles o para los que llevan mucho tiempo sin publicar su obra (sobre todo la primera) es una tentación muy fuerte la posibilidad de auto publicarse o auto editarse como se le suele conocer que, cuan cantos de sirena, nos promete que nuestro libro por fin verá la luz y será leído. ¿Pero, qué es la auto publicación? Es pagar por ver publicada nuestra obra. Si publicar de forma “normal” conlleva aceptar unas reglas ya establecidas (reglas que en su mayoría perjudican al autor) y tener que depositar nuestras esperanzas en editores, la auto publicación, como mayor beneficio, trae que directamente se publique nuestra obra de forma inmediata; siempre y cuando tengas el dinero que te piden. Cuando editan tu obra te pagan (según sea tu obra, la editorial y la fama que comporte tu nombre), firmas un contrato y esperas a que se vendan ejemplares de tu novela para cobrar el porcentaje de beneficio por venta (porcentaje que varía como en el caso anterior). El problema es dar con una editorial que quiera publicar tu obra y eso es lo más difícil, el reto más importante y en ocasiones insuperable a que se enfrenta cualquier autor, sobre todo al principio de su carrera.
La auto publicación elimina ese reto, tan sólo debes disponer de dinero, pero también comporta ciertos riesgos que se deben conocer. Por eso, en este artículo, basado en mi experiencia personal como escritor y en decenas de casos conocidos de primera mano de escritores que se han auto publicado, expondré los pros y los contras de auto publicar tu novela. Luego, que cada cual saque las conclusiones que quiera.
Ventajas de auto publicarse.
Como ya he dicho al principio, las dos primeras y mayores ventajas con las que el autor se topa al auto publicar su obra son que directamente publica sin necesidad de que guste la obra a nadie (más que a él) o no sea “comercial”, y la segunda que elimina la figura del editor. Figura que muchas veces es nefasta, pues no hay que olvidar, como ya he expuesto en anteriores artículos, que en España la mayoría de las veces se publican libros siguiendo unos criterios más que discutibles y muy objetivos. El editor, aunque se tope con la obra maestra del siglo, decidirá no publicar tu novela si esta no se ajusta a unos patrones determinados, que en estos momentos son: a, debe vender 10.000 ejemplares en un mes; b, debe ser “comercial” para vender tanto. No significa que todos los editores españoles sean así, afortunadamente todavía existen editores que saben reconocer algo bueno cuando lo leen, pero las grandes editoriales mandan y son estas precisamente las que tienen editores así en sus nominas. Si tu obra no se ajusta a esos patrones es difícil que se publique.
Con la auto publicación se manda fuera al editor, y al eliminar al editor se abren un montón de posibilidades para publicar tu novela a pesar del género literario que sea. Como ya sabemos (y esto también ya lo he explicado en otras ocasiones), ciertos géneros literarios en España no funcionan o nos quieren hacer creer que no funcionan y, por poner un ejemplo, es difícil que publiquen una novela que trate sobre marcianitos o sobre misterio y ficción, sobre todo si el autor es español. Puedes publicar tu obra sin reparos y sin que nadie te ponga un pero, más allá, claro, de los correspondientes retoques gramaticales y corregir errores de estilo o técnica, pero la obra en sí nunca es tocada. Si tu novela es de poesía punk, de venusianos rosas, de novela histórica, de dinosaurios, zombis, romántica, de lo que sea, con la auto publicación puedes publicarla sin problemas.
Otra ventaja de la auto publicación es que mantienes un control estricto sobre tu obra, desde el tipo de letra a utilizar, tamaño, color…, hasta el dibujo o composición de la portada, tipo de letra del título, tipo de edición y todo el proceso en sí, incluido el número de ejemplares a publicar. Es decir, la novela saldrá como siempre has deseado que salga: a tu gusto y con tus exigencias.
La inmensa mayoría de editoriales que se dedican a la auto publicación, por no decir todas, suelen distribuir los libros por un circuito de librerías ya asegurado, así que tu novela por fin se pondrá a la venta y tendrá la oportunidad de llegar a los lectores. También suelen hacer presentaciones de las novelas, en plan invitar a tus amigos y familiares a un café literario y hacer allí una presentación de tu obra en un ambiente muy bohemio y “literario”; incluso, y esto ya depende de la editorial, te pueden hacer una o dos reseñas de publicidad en periódicos (no en grandes periódicos). Y ya prácticamente todas las editoriales añaden a la publicación en papel otra en formato electrónico, lo que supone otra ventaja para el autor.
La auto publicación es también una opción muy buena para esos escritores que no gustan que sus obras sean del dominio del gran público. Aunque la labor principal de un escritor es que sus historias lleguen al máximo número posible de lectores, es bien cierto que existen autores que no quieren escribir para el gran público, sino que lo hacen para ellos o como mucho para su círculo interno de amigos y/o familiares. Para ellos la auto publicación es una gran ventaja, pues dejan de lado el agobio que supone tener que lidiar con editoriales y editores y el luchar a la desesperada por publicar su obra. Con la auto publicación se dan el gusto personal de tener sus pensamientos, sus historias o sus sentimientos escritos en papel, en ediciones cuidadas personalmente y con un número de ejemplares muy reducidos, que no irán más allá del círculo interno antes mencionado.
Estas son, como principales, las ventajas que da el publicar tu novela mediante el método de la auto publicación. Visto así parece una buena opción, pero lo cierto que tras la auto publicación hay mucho engaño y, esto es lo peor, muchos prejuicios.
Desventajas de la auto publicación.
La principal es que tienes que pagar por ver publicado tu libro. Esto es el principal problema de la auto publicación y que además empalma directamente con la segunda desventaja de la que hablaré un poco más adelante. Nunca me canso de decir, igual que otros muchos escritores, que el único que arriesga algo al publicar una obra es el autor, si encima tienes que pagar por publicar, entonces sencillamente tu carrera como profesional se te pone muy cuesta arriba. Por si fuera poco, no es barata la auto publicación, suelen engañar, así, como estás leyendo, engañar al escritor a la hora de explicar los costes de una publicación. Lo normal es que las editoriales te aconsejen unas tiradas de 200 ó 500 ejemplares de tu obra, dependiendo de la fe que deposites en tu novela y de los amigos que tengas. Pues bien, por publicar 200 ejemplares de un libro de clase media, es decir, unas 300 páginas y portada normal, te piden entre 2.000 y 3.000 euros de gastos de imprenta, que hay que pagar religiosamente o te metes en un problema con la Ley, pues antes has debido firmar un contrato legal donde se te exige pagar o atenerte a las consecuencias. Te dirán que es muy fácil vender 200 libros, entre amigos y familiares rápidamente puedes vender unos 100 y el resto se venderán en las librerías y claro, uno pica como pez en el anzuelo. Si vendes los libros recuperas el dinero invertido, pero antes tienes que pagar un adelanto que suele ser de un 40% ó 50% del precio total. Si pides explicaciones sobre porque cuesta tanto sacar de imprenta 200 libros te dirán eso: que los gastos de imprenta son muy elevados, que si esto, que si aquello, que si la editorial arriesga mucho y debe pagar a la imprenta por adelantado y demás necedades, todas falsas como ahora se verá. La cuestión es la que antes he dicho: no arriesgan nada, no pierden dinero nunca, en todo caso, el único que pierde es el autor, y encima en la auto publicación además el dinero. Me explico.
Soy escritor profesional, pero además editor literario, lo que me hace estar en contacto con el mundo editorial y conocer sus manejos y formas de trabajar. Ir a imprenta con las tripas de tu libro (argot de trabajo), la portada, links, etc. a imprenta y pedir que te hagan 200 ejemplares de 300 páginas por libro más una portada normal (rustica) te suele costar entre 500 y 800 euros dependiendo del tipo de papel y de la imprenta; ya incluso menos, pues debido a los problemas de trabajo las imprentas cada vez entran en precios más competitivos, llegando a existir la opción de “publicar a la carta”. Es decir, puedes mandar que te impriman 10 ejemplares de una obra a 6 u 8 euros de coste por libro. Estos son precios normales, como digo, pueden subir o bajar un poco dependiendo de la imprenta.
Como vemos, en la editorial de auto publicación te piden, tiremos a la baja, 2.000 euros por 200 ejemplares y te exigen, mediante contrato, que pagues por adelantado el 40% (por ejemplo). Debes desembolsar entonces 800 euros y después pagar, en cómodos plazos estipulados en el contrato, los restantes 1.200 euros. Hagamos cuentas. Si das un adelanto de 800 euros antes de que tu obra vaya a imprenta, la editorial ya tiene el dinero para pagar a la imprenta, por lo que no tiene que pagar absolutamente nada ni poner euro alguno en los costes, no arriesga entonces. Pero si después le tienes que pagar 1.200 euros y ya los costes de imprenta han sido pagados, entonces la editorial ha obtenido un beneficio brutal de 1.200 euros por no hacer nada ni arriesgar nada. Demencial, ¿verdad? Y legal, pues recuerda que antes has firmado un contrato de forma voluntaria donde te comprometes a pagar.
Claro, entonces el autor pensará: “no pasa nada, puedo recuperar el dinero vendiendo los 200 ejemplares”. Ya, pero sigamos haciendo cuentas. Tienes 200 libros para vender, y si quieres recuperar tus 2.000 euros te verás obligado a poner (porque el precio de los libros lo pone el autor) cada ejemplar al precio de 10 euros, que así a simple vista no parece mucho. Pero añadamos 2 euros más por aquello de poder sacar algún beneficio, dado que el auto tendrá que patear sitios y calles en busca de gente a quien vender la novela. Doce euros por una novela de 300 páginas no parece mucho, pero la pregunta es: ¿de verdad tienes 200 amigos y familiares que te quieran comprar un libro aunque sea a ese precio? La respuesta es desoladora como comprueban los desventurados que ingenuamente piensan que lograrán vender 200 ejemplares de su libro en uno o dos meses. Pero esto no acaba aquí, porque en realidad he tirado con los precios de costos a lo barato, pues lo cierto es que hoy en día se ha encarecido el coste del papel y todos en general y las editoriales de auto publicación te piden mucho, mucho más dinero por un libro de 300 páginas.
Pero, ¿y los libros que supuestamente la editorial distribuye por librerías y que te han asegurado que se van a vender? Porque está es otra: te endulzan los oídos diciéndote que tu obra es muy buena, que es genial, atractiva y que se va a vender muy bien. Ellos aseguran que promocionarán tu novela y la distribuirán por librerías y grandes superficies, todos lugares donde se venden muchos libros y los tuyos por supuesto también se venderán. Otra mentira más. Tus libros, si los publicas en la Comunidad de Madrid, no saldrán de Madrid, y estas teniendo suerte, que si lo haces en Murcia entonces se distribuirán en una o dos librerías a lo sumo. La cuestión es que los libros no se distribuyen en grandes superficies, los comercios tipo Corte Inglés o FNAC, puntos ambicionados por distribuidores, editores y autores, no suelen aceptar prácticamente nada que venga de editoriales de auto publicación (por una cuestión que he prometido antes que iba a explicar; un poco de paciencia) y tampoco lo suelen hacer las grandes librerías tipo Casa del Libro. Con suerte, los libros se distribuirán en cinco o diez librerías normales, sin menospreciar a dichos comercios, pero que su volumen de ventas no es muy grande y suelen especializarse en géneros literarios poco comunes, como los ensayos o la poesía. Son, por tanto, sitios donde el gran público no suele acercarse y donde tu novela, esa en la que has depositado tantas esperanzas (porque es buena, lo sabes tu, que es lo que importa), prácticamente va a pasar desapercibida. Si tienes suerte, lograrás vender cinco ejemplares, y esto ya es mucha suerte; lo normal es no vender nada. O sea, que tendrá que ser el autor quien venda los 200 ejemplares porque tiene que recuperar esos 2.000 euros. Oh, se venderán, seguro, pero al cabo de mucho tiempo, amarguras, decepciones y teniendo que bajar el precio o incluso regalando. Conozco muchos escritores que después de años de auto publicarse todavía tienen ejemplares de sus novelas acumulando polvo.
En cuanto a la promoción de tus novelas, olvídalo, saldrán unas reseñas en unos periódicos de poca tirada y a lo sumo la presentación en el café literario o algún otro lugar, pero a medida que vayan pasando las semanas la editorial se irá olvidando de la obra. Sólo la promocionará si el autor sigue soltando dinero. Así pues, la situación es mala para el autor que ve como su sueño de publicar no se acerca a lo que esperaba ni a lo que le dijeron los de la editorial.
Si todo esto suena malo, lo siguiente es peor, y por fin voy a explicar lo que dijera líneas más arriba. ¿Por qué empresas como el Corte Inglés y otras no suelen querer publicar obras auto publicadas? Por una tan sencilla como demencial razón: porque piensan que si un autor necesita pagar para poder publicar su obra, significa entonces que esa obra no es de calidad puesto que se supone que editoriales “de verdad” no la han querido publicar. Siendo así, no quieren esas obras de “baja calidad” en sus estanterías. Y esto ocurre también en las editoriales normales. La obra que ha sido auto publicada es muy difícil que vea la luz en una edición normal por lo mismo: las editoriales y los editores piensan que la obra deber ser mala puesto que el autor ha tenido que pagar por publicarla; es más, puede que hasta el autor sea malo como escritor y quizás sea mejor no publicarle. ¿Qué esto es ridículo? Puede, pero lo cierto es que muchos editores juzgan a autores y sus obras auto publicadas bajo estos conceptos.
No significa que le ocurra esto a todas las obras auto publicadas. Si finalmente te conviertes en un escritor de éxito y fama, ten por seguro entonces que esas novelas que auto publicaste tendrán su edición normal y se distribuirán por todas partes; así funciona el mercado literario.
Por tanto, analizados los pros y los contras de la auto publicación sólo me queda aconsejar una cosa a mis compañeros de profesión. Yo no digo que la auto publicación sea mala como tal, sólo que en España muchas editoriales se aprovechan de la necesidad y desesperación (así como de los sueños) de los autores para ganar grandes beneficios sin hacer ni arriesgar nada, convirtiendo algo que perfectamente es una buena herramienta para autores noveles en una estafa que si bien es legal, moral y éticamente es reprobable. Este tipo de comportamiento de estas editoriales ha conseguido que el resto de las editoriales normales recelen de ellas y no quieran saber nada ni de dichas editoriales, ni de los libros que publican y en ocasiones ni de sus autores, lo que convierte a los escritores que se auto publican en parias o casi.
Si deseas ser un escritor profesional, que tus obras se publiquen en buenas condiciones y puedan llegar a la mayor parte posible de los lectores y que además se respeten tus novelas y tu nombre, entonces te aconsejo que NO te auto publiques. Si crees que eres bueno como escritor y que tus escritos son también buenos, entonces sigue luchando y porfiando, pues la calidad termina siempre por imponerse; aunque tarde años.
Si más que escritor lo que haces es escribir porque te gusta y a lo que aspiras es a que tus amigos y familiares lean tus obras, entonces la opción de auto publicarse es más factible y sin riesgo.
No obstante, son mis opiniones personales. Mis experiencias las comparto contigo, pero no te impongo nada, sólo informo. En otros países la auto publicación es de otra forma, algo tan respetable como publicar en una editorial normal, pero no estamos en otros países.
Que tengas suerte.