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domingo, 8 de abril de 2012

Avance CABALLEROS DE LA POUR LE MÉRITE


El famoso caballero negro           

Von Schleich, Eduard Ritter,  es uno de los pilotos alemanes de la Primera Guerra Mundial más famosos y exitosos, conocido también como “el Caballero Negro”. Nació el 9 de agosto de 1888 en Múnich, pero su familia se trasladó muy pronto a Bad Töiz, una ciudad famosa por sus balnearios donde acudían personas de todo el Imperio para gozar de las instalaciones. Era hijo de un artista, pero estaba claro que al joven Schleich no le atraía en absoluto el mundo bohemio de los artistas y deseaba ser militar, algo muy común entre los jóvenes de la época. Además, y esto era muy importante para él, no podría validar el título de noble hasta que no se graduara con honores militares, puesto que el resto de nobles no le tratarían con el debido respeto si solamente fuera un “pintor” o “escultor”, profesiones que por entonces no gozaban de mucho prestigio entre la más alta y rancia nobleza prusiana. Después de terminar la escuela, von Schleich decidió inscribirse en un programa militar para cadetes, que gozaba de excelente reputación entre los militares, en el ejército bávaro en el año 1908. En 1909, ó 1910 (las fechas varían según las fuentes consultadas), obtuvo una comisión con el 11º Regimiento de Baviera para terminar de formarse como soldado. Pero no fueron buenos tiempos para el joven, pues al parecer tuvo serios problemas de salud relacionados con su físico que a punto estuvieron de hacerle dejar el servicio militar. Durante un pequeño periodo de tiempo llegó incluso a estar fuera de servicio, pero finalmente, y por fortuna para él, logró recuperarse y continuar con su vida como soldado.
Tras su ingreso de nuevo en el ejército, gracias a su intachable expediente, fue ascendido a teniente, justo antes de que comenzara la Primera Guerra Mundial. Con cientos de miles de hombres movilizándose para los frentes de batalla, la unidad de von Schleich marchó a primera línea de combate, siendo nombrado poco después comandante de la misma. Fue gravemente herido en la batalla de Lorena el 20 de agosto de 1914, justo el mismo día de la contraofensiva alemana en un intento de romper las defensas francesas. En los cruentos combates que se dieron esa jornada, von Schleich luchó valientemente, hasta que fue impactado por metralla (algunas fuentes aseguran que fueron balas perdidas) y por consiguiente fue retirado del frente. Sus heridas eran bastante preocupantes y se llegó a temer incluso por su vida. Como fuera, parecía que la guerra había terminado para el joven oficial.
Mientras se recuperaba de sus heridas, von Schleich decidió pedir el traslado de manera voluntaria a la Fuerza Real Aérea de Baviera, destino que no le denegaron pues se pensaba, por aquel entonces, que ser piloto de aviones de reconocimiento no era algo que necesitara de un buen físico como la guerra en tierra. Comenzó de inmediato, y sin estar recuperado del todo, con los entrenamientos para convertirse en observador aéreo. Después de un tiempo realizando misiones de observación con un Fokker de dos plazas, solicitó ser entrenado como piloto de combate, terminando los entrenamientos en septiembre de 1915.
En octubre de 1915 se unió, como comandante en jefe, al escuadrón de Defensa nº 28, poco después fue trasladado al Jasta 1 y finalmente terminó recalando en el Jasta 21 como oficial al mando. En enero de 1916, cerca de Verdún, se le encomendó una vital misión de reconocimiento sobre las líneas enemigas. Era muy importante poder recabar información sobre las posiciones enemigas, y von Schleich se tomó muy en serio su obligación. En mitad del vuelo de observación fue herido en un brazo por una explosión antiaérea, pero en vez de volver a la base para curar la herida, ordenó a su acompañante Hans Adam, (futuro as de la Jagdgeschawader I) que le vendara la herida en pleno vuelo para poder continuar con la importantísima misión. Entre el tronar de las balas y las explosiones de las baterías antiaéreas enemigas, Adam curó como buenamente pudo a von Schleich y después continuaron volando terminando con éxito el reconocimiento. Ambos valientes fueron premiados con la Cruz de Hierro de Primera Clase por esta acción.
La herida significó para von Schleich el retiro hasta su total recuperación, lo que le obligó a estar sentado detrás de un escritorio hasta septiembre de ese año, para frustración del piloto. Dado que no había aviones disponibles para combatir, von Schleich se apropió de un aparato Nieuport francés capturado en una escaramuza anterior y ordenó que le pintaran ambos lados del aparato de color negro y que luego pintaran encima la cruz teutónica. Después, salió a volar con este avión y entró en combate. La decisión de von Schleich no gustó nada al Alto Mando y le retiraron el avión, pero tanto insistió y se quejó von Schleich, que finalmente fue enviado a la escuela de pilotos de combate, donde su instructor, Erwin Boehme, sólo le pudo retener catorce días. Von Schleich tomó entonces el mando del Fliegerschule 1 y el 21 de mayo fue enviado de nuevo al frente al mando del Jasta 21.
El 25 de mayo de 1917, von Schleich entabló un feroz combate contra un oponente de gran habilidad, un piloto francés que plantaba cara al alemán con valentía y resolución. Tras el disputado combate, von Schleich logró abatir a su oponente y contempló como el avión se estrellaba. Dispuesto a intentar salvar al valiente piloto, von Schleich no dudo en aterrizar su aparato y correr hasta el enemigo, pero ya era tarde, pues había muerto. Era el famoso as francés René Dorme. No pudiendo hacer ya nada por su enemigo, von Schleich subió de nuevo a su avión y se retiró a la base, no sin antes ordenar a unos soldados alemanes que llevaran el cuerpo del piloto abatido a las líneas francesas con una nota que decía:
«Este piloto ha muerto valientemente luchando por Francia.»
Esta anécdota nos revela el gran carácter de este increíble piloto, su valentía y honor. Por si fuera poco, y como otra muestra de su gran valía, el Jasta 21, antes de la llegada de von Schleich, poseía un historial bastante pobre en combate y su moral era muy baja. A la llegada de von Schleich, y en un solo mes, la moral había subido y se habían derribado 36 aviones enemigos; 19 de esos derribos fueron efectuados por von Schleich.
Un suceso muy importante que marcó la vida de von Schleich fue cuando su mejor amigo del Jasta, el teniente Erich Limpert, fue asesinado en un combate cuerpo a cuerpo cuando su avión se vio obligado a efectuar un aterrizaje de emergencia en las líneas enemigas. Después de recuperar el cuerpo de su amigo, von Schleich estaba tan conmocionado que ordenó pintar su avión de negro en memoria de Limpert. Desde entonces, a von Schleich se le comenzó a conocer como “el  Caballero Negro”. Volando siempre por delante de su escuadra, el avión negro destacaba sobre los demás,  trayendo el temor a los enemigos y subiendo la moral de los pilotos alemanes y de los soldados que le observaban desde tierra. Entre los aliados la escuadra de von Schleich comenzó a ser llamada “el escuadrón del hombre muerto”. Pero “el Caballero Negro” también era muy bromista, tanto que con sus bromas rallaba la temeridad.
En una ocasión, tomó un avión francés capturado, un Spad, y pintó cruces alemanas a ambos lados del aparato. Una vez en el aire con este aeroplano se topó con una escuadra francesa, pero en vez de huir o combatir se unió a ellos en la patrulla.
Voló bastante tiempo con los franceses que no se dieron cuenta de nada, hasta que el líder de la patrulla contó los aeroplanos y se dio cuenta que había uno de más. Se acercó y descubrió las cruces alemanas en el intruso. Von Schleich logró escapar a duras penas de las iras de los franceses, pero no de las severas reprimendas de sus superiores. Otra anécdota curiosa es aquella que cuenta que von Schleich cayó enfermó de disentería y se le ordenó guardar cama y alimentarse con sopa.
Tras unos días, el Caballero Negro estaba más que harto de aquella vida y mandó que se le preparara el avión. Antes se comió un pollo asado, bebió vino y disfrutó de un gran cigarro. Después se puso a los mandos de su avión, despegó y le dio tiempo a derribar a un enemigo antes de retornar a su base. Fue arrestado nada más bajar del aparato y se le encerró en sus habitaciones con guardias en la puerta y ventanas. Cuando terminó de curarse, se le concedió una licencia de seis semanas. A su regreso, von Schleich fue asignado a un nuevo Jasta, pero los desacuerdos entre Prusia y Baviera hicieron que terminara destinado a un grupo recién creado en Baviera, el Jasta 32, que más tarde pasó a formar parte de la Jagdgeschwader 8. Para octubre de 1917 la cuenta de victorias del  Caballero Negro ascendía a 25. Fue entonces propuesto para recibir la Pour le Mérite, pero debido a otras disputas entre Prusia y Baviera acerca de cuál medalla era de más prestigio, no se le terminó de conceder, pero a cambio se le dio el rango de Oberleutnant. Finalmente, el 4 de diciembre de 1917 le fue entregada la prestigiosa condecoración de manos del propio emperador y unos días más tarde fue premiado con la Orden Militar de Max-Josef por el rey de Baviera. Fue entonces cuando recibió el título de caballero, o sea, von. En agosto de 1918 fue ascendido a Hauptmann (capitán) y en octubre de ese año se le ordenó viajar a Berlín para probar unos prototipos de cazas. Cuando regresó al frente la Gran Guerra había terminado. Tuvo que ser hospitalizado brevemente para que pudiera recuperar fuerzas después de tantos años de luchas. En 1919, fue nombrado inspector del Servicio Aéreo de Baviera. En abril de ese año, el Partido Comunista de Alemania tomó por la fuerza el control de Munich y el nombre de von Schleich fue puesto en una lista para su detención y posterior juicio. No obstante, las tropas leales al gobierno lograron expulsar a los comunistas al mes siguiente, devolviendo Baviera a la Republica de Weimar. Después de una breve temporada como piloto en la Policía, se convirtió en oficial de enlace con la Comisión de Paz del Ejército, responsable de la aplicación de los términos del armisticio. Pero finalmente, debido al Tratado de Versalles, muchos pilotos fueron desmovilizados en diciembre de 1921, entre ellos von Schleich, que se vio obligado a trabajar como granjero de turba y más adelante como piloto de la aerolínea de Lufthansa, donde permanecería hasta 1933. Antes, en 1929, fundaría un club de vuelo en Munich. Deslumbrado por las promesas de gloria del Partido Nazi, se convirtió en miembro de la SS-Fliegerstaffel y del Partido Nazi en 1931. La SS-Fliegerstaffel era una organización paramilitar de vuelo, encargada de entrenar a las Juventudes Hitlerianas para formar a los cadetes y convertirlos en futuros pilotos de guerra. A von Schleich se le dio control total sobre una de estas escuelas y fue ascendido a General y nombrado Presidente de la Liga Alemana de Deportes de Aire, además de ser elegido para el Reichstag. Con la creación de la Luftwaffe en 1935, von Schleich regresó al servicio militar supervisando la formación de unidades de aire de reserva y para entrenar a los pilotos en los bombardeos en picado. Luchó en la Guerra Civil Española en la famosa Legión Cóndor. A su regreso de España se le nombró comandante de la nueva Jagdgeschwader 234 en 1937 y más adelante del Jasta 132 que fue bautizada como Jasta 26 “Schlageter”. Su misión era la defensa de la frontera occidental de Alemania. Finalmente, debido a los delirios de Hitler, Alemania entraba de nuevo en guerra; comenzaba la Segunda Guerra Mundial.
Von Schleich se convirtió en comandante de la escuela de pilotos de combate en Viena-Schwechat, Austria, en diciembre de 1939. A finales de 1940 fue enviado a Rumania para ayudar en la organización y creación de la Fuerza Aérea Rumana. En 1941 se convirtió en comandante de las fuerzas de ocupación en Dinamarca, puesto en el que estuvo casi dos años y medio, hasta que fue nombrado teniente general el 1 de septiembre de 1943. Su siguiente destino fue Noruega, como comandante de las fuerzas de tierra de la Luftwaffe, cargo que ocupó hasta finales de 1944, cuando fueron disueltas las fuerzas. A mediados de noviembre von Schleich engrosó las listas de la reserva.
Cayó prisionero de los ingleses nada más terminar la guerra y fue internado en un campo de prisioneros para oficiales de alto rango. Von Schleich ya se encontraba enfermo y sufrió una afección cardiaca que le provocó la muerte el 15 de noviembre de 1947, a los 59 años de edad. Fue enterrado con todos los honores militares en Diessen am Ammersee, cerca de Munich. Desparecía así un extraordinario soldado dueño de una insólita personalidad, respetado y temido por sus adversarios, el tan temible “Caballero Negro”, sólo superado en fama por el mismísimo Barón Rojo. Eduard Ritter von Schleich fue unos de los mejores pilotos de la Primera Guerra Mundial, con 35 victorias confirmadas y posiblemente algunas más no concedidas.


Esta biografía forma parte de otras muchas recogidas en la obra CABALLEROS DE LA POUR LE MÉRITE escrita por Juan Carlos Sánchez Clemares y publicada por Stuka Ediciones. Puedes adquirir la obra en librerías especializadas y grandes superficies y a través de la página Web de la editorial.

domingo, 1 de abril de 2012

CABALLEROS DE LA POUR LE MÉRITE


Continuando con el éxito de los libros de la Segunda Guerra Mundial, atendiendo a las necesidades y demandas de estudiosos y aficionados a la Historia de la Primera Guerra Mundial, la obra es la primera en su género en castellano. Cuando se habla de la Primera Guerra Mundial a la mente acude de inmediato la guerra de trincheras, las escaramuzas aéreas y los inicios de la guerra tóxica. Pero es mucho más que eso: son historias de héroes alemanes cargando contra nidos de ametralladoras, de caballeros del aire realizando increíbles hazañas en aviones de papel, de brillantes generales maniobrando ejércitos. Todos ellos forman parte de una élite conocida como LOS CABALLEROS DE LA POUR LE MÉRITE.
            En un intento por ofrecer obras de divulgación que sean en cierta manera inéditas, me vi obligado a trabajar con la Primera Guerra Mundial o la Gran Guerra como la llamaron acertadamente en esos tiempos. La idea surgió de mi editor: hacer algo parecido a los CABALLEROS DE LA CRUZ DE HIERRO, pero con los alemanes del Imperio Alemán. Tengo que reconocer que sabía muy poco de la Gran Guerra, pero a base de estudiar el conflicto desde muchos puntos de vista y con nuevos documentos que en las últimas décadas han salido a la luz, uno no puede dejar de comprobar hasta que punto el ser humano es capaz de afrontar las más duras pruebas con un arrojo y un valor increíbles, con honor y tenacidad, haciendo gala de un esfuerzo insuperable… para matar a otros seres humanos. Más allá del horror de la guerra y de las atrocidades que en ella se cometen, surgen destellos de épica y valentía que merecen ser recordados y sobre todo estudiados para que no se vuelvan a repetir.
            CABALLEROS DE LA POUR LE MÉRITE es de nuevo otra obra impuesta por la necesidad: la que tiene un escritor por ganar algo de dinero para comer y para conseguir que otras obras más personales puedan ser publicadas. No obstante, tras trabajar en el presente libro, he de reconocer que la Gran Guerra me ha atraído por muchas cuestiones, sobre todo la parte de los pilotos de guerra. Además, CABALLEROS DE LA POUR LE MÉRITE, como ya he dicho un poco más arriba, es la primera obra en castellano del género; por tanto, nos hemos vuelto a adelantar, y a día de hoy la obra se vende bien y se está convirtiendo en referencia obligada entre los aficionados al tema.
            Mucho trabajo me dio, pues la información se acumulaba por doquier y todo al principio me parecía incomprensible, pero a medida que iba conociendo términos y fríamente estructuraba el horror de la Gran Guerra, pude finalmente trabajar con dichos datos y poner orden en el caos. El resultado es un libro muy interesante y bastante imparcial del conflicto que supuso un devenir diferente en la Historia de la Humanidad. Tras el éxito, los aficionados ya demandan más obras, así que ya ando estudiando y preparando nuevos títulos.
            El plato fuerte del libro es la autobiografía de Manfred von Richthofen, el Barón Rojo, el más famoso piloto de todos los tiempos y en opinión de los expertos, el mejor piloto de guerra hasta la actualidad. Dicha autobiografía me costó muchísimo trabajo, pues la tuve que traducir de nuevo, pues las anteriores traducciones españolas eran muy malas. No sólo debía traducir, sino que también debía respetar el estilo y las ideas que quería expresar el Barón Rojo en sus memorias. Con abundantes notas al pie y correcciones, creo, en mi modesta opinión, que la autobiografía del Barón Rojo recogida en CABALLEROS DE LA POUR LE MÉRITE es la mejor hasta el momento.

“Conoce la historia de la Medalla más famosa de la Primera Guerra Mundial, así como las biografías de los héroes que la obtuvieron en los campos de batalla europeos y que alcanzaron las mieles de la inmortalidad, y la historia del poderoso ejército imperial alemán que resultó derrotado por las potencias de la Entente Cordiale (Francia, Inglaterra) con la ayuda del gigante americano.
Descubre la trepidante biografía del más famoso piloto de combate de la historia de la aviación, El Barón Rojo, o del futuro responsable de la Luftwaffe, Hermann Goering, y a los oficiales de infantería más osados y valientes de la Gran Guerra, o a los primeros ases de los temidos submarinos, con una cantidad abrumadora de hundimientos que jamás han sido superados. Conoce mejor que nunca el primer conflicto bélico a escala mundial y los frentes en los que combatió el Ejército Imperial Alemán y sus aliados.
Además, esta obra recoge la biografía del Barón Rojo escrita por él mismo en 1918 muy poco antes de su muerte con una traducción fiel, excelente e interesantísimas notas al pie de página.”


Primera edición: noviembre de 2011
Segunda edición: diciembre de 20011
Editorial Medea Ediciones
ISBN: 978-84-96789-43-2






CABALLEROS DE LA POUR LE MÉRITE ha sido escrito por Juan Carlos Sánchez Clemares y publicado por StukaEdiciones. Puedes adquirir la obra en librerías especializadas o en grandes superficies y también a través de la página Web de la editorial.


lunes, 23 de enero de 2012

AVANCE DIAMANTES DE LA CRUZ DE HIERRO


Hartman, Erich fue el campeón de todos los ases, sobreviviendo a la Guerra sin un rasguño pese a ser derribado en varias ocasiones. Era considerado una persona rara y extravagante por sus compañeros. No quería ni aceptaba ascender en la escalera de mando, porque eso le permitía seguir aumentando su número de derribos. Nació el 19 de abril de 1921 en Weissach, en Württemberg (Alemania). Pasó los primeros años de su vida en Changsha, China, donde su padre, que era doctor, había emigrado para huir de la depresión económica que azotó a Alemania después de la Primera Guerra Mundial. Vivió allí hasta que debido a la Guerra Civil China, la familia regresó a Alemania en 1928.

Hartman tomó parte en el programa de entrenamiento de planeadores de la Luftwaffe, que apenas empezaba a reconstituirse, donde aprendió a volar bajo la instrucción de su madre, que era instructora de vuelo. Los Hartmann eran dueños de su propio planeador, pero la mala situación económica los forzó a venderlo.

En 1939 Hartmann obtuvo su licencia de piloto aviador y comenzó su entrenamiento militar el 1 de octubre de 1940 en varios centros de la Luftwaffe, entre otros el 10° Regimiento de Entrenamiento, en Neukuhren, en Prusia Oriental, y la «Escuela de Guerra Aérea» en Berlín.

Su primera victoria aérea la consiguió el 5 de noviembre de 1942 al derribar un Ilyushin Il-2 Sturmovik. Durante el resto de 1942 sólo logró contabilizar una victoria más.Hartmann fue asignado al 7./JG52 para servir como escolta de Walter Krupinski (197 victorias), quien se convirtió en su mentor y amigo. Krupinski fue quien le dio el apodo de Bubi (que significa «Niño»), con el que sería conocido toda su vida y también fue quien le enseñó a tener paciencia y esperar hasta que estuviese a corta distancia del enemigo antes de abrir fuego. El 7 de julio de 1943 derribó siete aviones en un solo día durante los masivos combates aéreos que se dieron durante la Batalla de Kursk.

Hartmann se benefició siempre de combatir al lado de ases ya consolidados que le enseñaron sus tácticas: Josef Zwerneman (126), Hanss Dammers (113) que le fueron enseñando a acortar distancias antes de abrir fuego. Por ejemplo, cuando él era el blanco, para escapar tenía un método particular, como él mismo contó:
«Vuela derecho y pisa el pedal del timón de modo que se produzca un ligero derrape que no pueda ser advertido por el atacante. Si abre fuego, pica con g negativo a derecha o izquierda sin olvidar el timón durante toda la maniobra. Tu atacante se quedará colgado del cinturón con g negativo, incapaz de apretar el gatillo. Con esta maniobra he salvado muchas veces mi vida»

El 19 de agosto de 1943, el escuadrón de Hartmann recibió órdenes de apoyar un contraataque con Stukas liderado por el as Hans-Ulrich Rudel. Durante el combate, Hartmann derribó dos aviones enemigos, pero pedazos del fuselaje de una de sus víctimas impactaron a su avión, obligándolo a hacer un aterrizaje forzoso en territorio enemigo. Al ver Hartmann que soldados soviéticos se acercaban para capturarlo, fingió haber sido herido de gravedad.

Durante el mes de octubre Hartmann logró 33 victorias más y para el 29 de octubre de 1943 ya tenía contabilizadas 148 victorias, siendo condecorado con la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro. Terminó el año con 159 victorias. Durante los meses de enero y febrero de 1944, logró 50 victorias en 60 días. En el curso de 1944 Hartmann reivindicó 172 victorias, un total sólo superado por su amigo Wilhelm Batz. Esta impresionante cifra levantó sospechas entre el alto mando de la Luftwaffe y sus reclamos de victorias fueron cuidadosamente analizados. El 2 de marzo de 1944 alcanzó su victoria 202. Para esta época, los soviéticos también empezaron a notar los logros de Hartmann. El código de radio de Hartmann, Karaya 1, era constantemente escuchado alertando a sus compañeros para que verificaran sus derribos, y el alto mando soviético ofreció una recompensa de 10.000 rublos al piloto que lo matara.

El avión Messerschmitt Bf 109 que Hartmann volaba en esta época tenía la punta pintada de negro en forma de tulipán. Junto a la cabina estaba pintado además un corazón atravesado por una flecha con el nombre Usch (el apodo de su novia y futura esposa), y bajo el corazón estaba escrita la palabra Karaya, el nombre del escuadrón de Hartmann.

En marzo de 1944 Hartmann fue convocado junto con Gerhard Barkhorn, Walter Krupinski y Johannes Wiese para presentarse en Berchtesgaden y recibir de manos de Adolf Hitler las Hojas de Roble para la Cruz de Caballero.

En mayo de 1944 Hartmann derribó dos P-51 Mustang de las Fuerzas Aéreas del Ejército de los Estados Unidos sobre Bucarest, Rumania, siendo estos dos aviones sus primeras víctimas no soviéticas. El 1 de junio de 1944, derribó cuatro P-51 Mustang en un solo día sobre Ploieşti. Ese mismo mes, después de derribar dos P-51 más, su patrulla fue atacada por ocho cazas norteamericanos. Hartmann relata que durante el combate tenía un P-51 alineado en su mira, pero que al apretar el gatillo sólo escuchó que se había quedado sin munición.

Para empeorar la situación, su avión se quedó sin gasolina y se vio forzado a saltar en paracaídas. Mientras flotaba lentamente a tierra los aviones americanos volaron en círculos a su alrededor y uno parecía que se estaba alineando para dispararle...

Por orden de Hermann Göring se le prohibió volar, pues Göring temía las repercusiones en la moral soviética y alemana si Hartmann era derribado en combate. Posteriormente esta prohibición fue cancelada gracias a los esfuerzos del propio Hartmann. Por sobrepasar las 300 victorias, Hartmann fue condecorado con los Diamantes para la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro, nuevamente por Hitler en persona en el Wolfsschanze 85. Sólo veintisiete soldados recibieron los Diamantes durante toda la guerra.


Hartmann asistió al programa de conversión bajo Heinrich Bär, y Galland quería que Hartmann se incorporara a la legendaria unidad JV 44 que el mismo Galland mandaba. Algunas fuentes indican que la decisión final de permanecer con el JG52 se debió a una solicitud por telegrama de Hermann Graf.

Hartmann desobedeció una orden directa del general Hans Seidemann de que Graf y él volaran inmediatamente al sector británico para evitar así el ser capturados por los soviéticos, dejando atras al resto de la unidad y evitar así la suerte de sus antiguos compañeros de armas. Hartmann permaneció fielmente al lado de su unidad hasta el último día de la guerra. El 8 de mayo de 1945, logró cosechar su última victoria, la número 352, cuando logró derribar a un avión soviético de la clase Yak-9 cerca de la ciudad Brno, en la actual República Checa. El 24 de mayo de 1945 el ejército de los Estados Unidos entregó a Hartmann a los soviéticos, siguiendo los acuerdos de la Conferencia de Yalta, que especificaba que los soldados alemanes que pelearon contra los soviéticos tenían que rendirse a ellos. Si Hartmann se hubiera unido a la JV 44, este acuerdo no se hubiera aplicado a él, pues la unidad JV 44 luchó exclusivamente contra los aliados occidentales.

Después de diez años y medio de cautiverio en gulags rusos, fue liberado finalmente en 1955 cuando el gobierno de Alemania Occidental y la Unión Soviética alcanzaron un acuerdo de intercambio comercial que incluía cláusulas para la liberación de los últimos prisioneros de guerra alemanes en la Unión Soviética.

Erich Hartmann se alistó a la Luftwaffe (Bundeswehr) de Alemania Occidental, donde ostentó el mando de la primera unidad de aviones de reacción de la posguerra, el Jagdgeschwader 71 Richthofen. Posteriormente el JG71 Richthofen fue equipado con aviones Lockheed F-104 Starfighter. Hartmann se opuso fuertemente y de forma pública a que se adoptara este avión por considerarlo inseguro y mal diseñado. S

Erich Hartmann, máximo as de la Historia, murió el 20 de septiembre de 1993 a la edad de setenta y un años. A diferencia de Hans-Joachim Marseille, que era un gran tirador y maestro del tiro de deflexión, Hartmann era un cazador nato, que acechaba y sorprendía a su presa. Según él mismo admite, el 80% de sus víctimas cayeron derribadas sin tener tiempo de reaccionar. Aprovechaba el poder del motor de su Messerschmitt Me 262 y su velocidad en picado, para acortar distancia rápidamente, abriendo fuego solamente cuando estaba a menos de veinte metros de distancia del avión enemigo para causar el máximo daño posible. Luego aprovechaba la confusión que causaba la sorpresa del ataque para romper el contacto, antes de que sus enemigos se organizaran. Esta táctica de combate la aprendió volando como escolta de Walter Krupinski, quien utilizaba frecuentemente este método.
Su técnica era efectiva, pero tenía ciertos riesgos. En varias ocasiones las piezas que se desprendían de los aviones enemigos cuando eran alcanzados, impactaban contra el avión de Hartmann, dañándolo y obligándolo a hacer aterrizajes forzosos.
Hartmann no era un temerario como Hans-Ulrich Rudel, sino que era muy cuidadoso y prefería obtener una sola victoria a tomar riesgos innecesarios. Durante toda su vida estuvo muy orgulloso de que ninguno de sus escoltas muriera mientras volaron con él. Su credo de combate era: «Ver - Decidir - Atacar - Romper contacto». Para Hartmann, los combates de piruetas («dogfight» en inglés; «Kurvenkampf» en alemán) eran «una pérdida de tiempo».

El número de victorias aéreas reivindicadas por Hartmann ha sido discutido tanto por historiadores anglosajones como soviéticos. Sin embargo, un análisis objetivo de los datos revela que las victorias reclamadas por Hartmann, en proporción con el número de combates aéreos en los que participó, es modesto si se compara con los reclamos de victorias de docenas de pilotos de la Luftwaffe y de las fuerzas aéreas aliadas.

Este es un resumen de la biografía que puedes encontrar en DIAMANTES DE LA CRUZ DE HIERRO, libro escrito por Juan Carlos Sánchez Clemares y publicado por EDICIONES STUKA. A la venta el librerías de temática militar, grandes superficies o en la página Web de la editorial.

sábado, 7 de enero de 2012

DIAMANTES DE LA CRUZ DE HIERRO


Siguiendo con la colección de libros temáticos sobre la Segunda Guerra Mundial, que fue el segundo en el que trabajé, presento DIAMANTES DE LA CRUZ DE HIERRO, un complemento para los libros de divulgación sobre la II Guerra Mundial CABALLEROS DE LA CRUZ DE HIERRO. En esta ocasión encontraremos a los 27 héroes alemanes más condecorados, más valientes y decididos, premiados con la codiciada Cruz de Caballero con Hojas de Roble, Espadas y Diamantes. Nuevas biografías repletas de datos, detalles, operaciones y anécdotas sobre el conflicto más cruel y sanguinario de la Historia de la Humanidad. Además, las biografías aquí tratadas y que fueron ya ofrecidas en otras obras son más largas y cuidadas que en un volumen normal de la colección CABALLEROS DE LA CRUZ DE HIERRO, para premiar a los fieles seguidores de la obra.
El libro ya ha contado con excelentes críticas tanto por aficionados como por estudiosos de la Historia y sus ventas están siendo muy buenas. Tanto, que estos momentos va por la cuarta edición y sigue imparable.
De nuevo volví a reiterar que el libro no debía hacer apología del nazismo, y si algún personaje tratado y estudiado estaba condenado por crímenes de guerra o contra la Humanidad, como así fue en una biografía, reseñarlo y condenarlo.
Por tanto, DIAMANTES DE LA CRUZ DE HIERRO es un libro de divulgación que pretende arrojar más luz sobre la guerra más terrible y sanguinaria que ha librado hasta el momento la Humanidad. Es el perfecto complemento para la colección CABALLEROS DE LA CRUZ DE HIERRO.
Al contrario que en los otros libros, trabajar en DIAMANTES fue un poco más fácil. Primero, porque los 27 militares alemanes son muy conocidos y son múltiples los ensayos, estudios y libros sobre sus personas, y segundo, porque ya fui adquiriendo experiencia y sobre todo ya me iba familiarizando sobre la II Guerra Mundial y sus términos. Quizás, lo más difícil a la hora de trabajar con las biografías fue tener que seleccionar que poner y que no para evitar que nos salieran biografías de treinta páginas cada una. Un pequeño toque literario para amenizar la lectura, nuevos datos contrastados y estudios recientes hacen que las biografías de DIAMANTES posiblemente sean las mejores en lengua castellana hasta el momento sobre los 27 militares alemanes en la obra tratados.






Primera edición: noviembre de 2010
2ª edición: diciembre de 2010
3º edición: abril de 2011
Editorial Medea Ediciones
www.medeaediciones.com
ISBN: 978-84-96789-36-4








DIAMANTES DE LA CRUZ DE HIERRO ha sido escrito por Juan Carlos Sánchez Clemares y puedes adquirir la obra en librerías militares o en grandes superficies; o bien a través de la página Web de la editorial Medea.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Avance CABALLEROS DE LA CRUZ DE HIERRO EN GUERRA


Allerberger, Josef "Sepp", nació cerca de Steiermark, Austria, el 24 de diciembre de 1924. Hay que hacer constar que en sus memorias, Allerberger indica que nació en septiembre, pero su partida de nacimiento está fechada en diciembre, quizás por retraso de los padres en inscribir al recién nacido en la localidad. Hijo de un carpintero local, su niñez y adolescencia fue normal, sin nada especial que reseñar más allá de su particular carácter.
A los dieciocho años ya estaba familiarizado con la profesión de su padre, y posiblemente hubiera trabajado el resto de su vida en el taller si el estallido de la 2ª Guerra Mundial no hubiera dado al traste con la situación de Austria y Alemania. De todas formas, Allerberger no se enroló en el ejército hasta diciembre de 1942, para comenzar ya a reforzar los ejércitos nazis que operaban en múltiples frentes de batalla.
El 18 de julio de 1943, tras el periodo de instrucción, fue enviado al Frente del Este con el 2º Batallón de la 144ª División de Montaña. En un principio comenzó actuando como operador de ametralladora, lo que parecía indicar que Allerberger pasaría la guerra como un simple soldado más de Infantería, hasta que un incidente cambió radicalmente su destino y le convirtió en uno de los tiradores más letales y peligrosos de toda la guerra, con 257 bajas acreditadas en su hoja de servicios.
Sólo estuvieron a su altura en cuanto a efectividad su amigo y compañero de unidad, Matthaüs Hetzenauer en las filas alemanas, y en las rusas hubo varios tiradores que sí le superaron, pero sin embargo Vasily Zaitsev, el tirador ruso más famoso de toda la contienda quedó por debajo de Allerberger en 32 objetivos. Durante las terribles batallas que se dieron por dominar la ciudad rusa de Stávropol, que comenzaron el 3 de agosto de 1942 y concluyeron el 21 de enero de 1943 (Allerberger entraría a mediados de la campaña), que causaron enormes daños entre la población civil y luchas encarnizadas entre alemanes y soviéticos, Allerberger entró en contacto con la cruda realidad y los horrores de la guerra, como él mismo nos relata en sus memorias:
«Tras cinco días de intensos combates perdí los últimos vestigios de mi inocencia juvenil. Los horrores de la guerra dejaron huellas en mi rostro, envejecí diez años. Nuestra unidad se vio reducida de veinte a tan sólo siete compañeros. Del grupo inicial al que pertenecía quedábamos el comandante y yo. Perdí la noción del tiempo, al igual que el miedo. Ya no mostraba compasión hacia el enemigo. Me convertí en un producto de la situación que me tocó vivir, siempre impulsado por el primitivo instinto de supervivencia, eternamente hambriento y sediento.»
En un momento determinado del combate resultó herido de manera leve en una mano, pero lo suficiente para que tuviera que ser evacuado a un hospital de campaña para recuperarse. Allerberger se propuso no tener que volver a ser a operador de ametralladora, ya que le parecía un destino realmente duro. Siendo carpintero, logró entrar al servicio del oficial armero como ayudante para reparar las armas.
Mientras se curaba de las heridas, en el taller de reparaciones, curioseó entre el material tomado a las tropas rusas, bien de sus muertos o cogido del campo de batalla abandonado por los soviéticos en sus retiradas. Le llamó la atención un fusil de tirador, un rifle Nagant 91/30 con mira telescópica de PU 3.5x y de cerrojo, un arma con una gran historia pues ya se utilizaba con anterioridad a la Primera Guerra Mundial y que era mundialmente conocido por su fiabilidad y robustez de diseño. La Unión Soviética producía el Nagant por millones y equipaba con él a sus soldados, pero pronto cobraría fama por ser el arma preferida de los tiradores de élite. A modo de anécdota, el mayor tirador de la 2ª Guerra Mundial, Simo Häyhä (505 bajas), que militaba en las filas finlandesas, utilizaba un rifle Nagant sin mira telescópica y cuando sus oficiales le dieron la posibilidad de que tuviera otros fusiles mucho más potentes y modernos, Häyhä, rotundo, se negó a desprenderse de su Nagant. El mismo Allerberger nos cuenta que pasó por su cabeza al tomar el arma:
«Por supuesto, era una señal del destino que entre las armas de ese tipo, me encontrara con un fusil de francotirador ruso. Nada más verlo, me apresuré a preguntarle al sargento de armas si era posible practicar con él.»
Allerberger aprovechó para practicar con el rifle, tirando a varias dianas en un campo de tiro y haciendo blanco prácticamente siempre, realizando increíbles dianas que llamaron de inmediato la atención de los oficiales. Le hicieron repetir una serie de ejercicios de disparo y cuando se comprobó que no era fruto de la casualidad, se dieron cuenta que en el soldado existía un talento bruto que debía ser pulido cuanto antes. No obstante, debido a las exigencias de la guerra que demandaba constantemente más soldados, Allerberger fue enviado de nuevo al frente, pero esta vez llevó con él el fusil Nagant, con el que causó 27 muertos entre las filas rusas, varios de ellos oficiales.
Estos éxitos volvieron a llamar la atención de sus superiores y enviaron al soldado a la escuela de tiradores de Seetaleralpe, campamento militar con una extensión de 30 kilómetros de largo y unos 12 de ancho situado cerca de Seetaler, en Los Alpes, donde comenzó de inmediato su formación y entrenamiento para convertirse en un letal tirador. Su entrenamiento lo llevó a cabo con un fusil alemán Mauser K98 equipado con un visor de 6 aumentos. Para entonces, gracias a sus valerosas acciones, Allerberger fue premiado con la Cruz de Hierro de 2ª y 1ª clase, además de la Medalla de Asalto de Infantería (Infanterie Sturmabzeichen).
Aunque de esto ya se hablara en el anterior volumen de CABALLEROS, no está de más aclarar que un tirador de la 2ª Guerra Mundial no es lo mismo que un francotirador tal y como lo conocemos hoy en día. Los francotiradores actuales, además de causar bajas entre la tropa enemiga, también se emplean en ocasiones para llevar el terror a la población civil, sin importar a quien se dispare, como por ejemplo pasó en la guerra de la extinta Yugoslavia entre los años 1991 y 2001. Un tirador de la 2ª Guerra Mundial no disparaba a objetivos civiles (excepto en contados casos y siempre contraviniendo las órdenes) sino que su preferencia eran los oficiales enemigos y en menor medida los soldados rasos. También se empleaban para frenar determinadas ofensivas del enemigo, ya que un sólo tirador era capaz de efectuar varias bajas en apenas dos minutos y causar el pánico y desorientación en las unidades enemigas.
Nueve meses más tarde, tras finalizar el periodo de instrucción, Allerberger es enviado al frente ya como tirador de campo. Utilizó diferentes modelos de fusil durante la contienda. Se sabe que empleó en varias ocasiones armas soviéticas, aunque luego terminaría usando un rifle modificado Mauser 98 con mira telescópica de recarga manual, muy lento, pero mucho más fiable para disparar con precisión que el modelo automático. Otras veces utilizaría un rifle semi-automático Gewehr 43 o Karabiner 43, también bastante fiable y de robusto diseño. Con estas armas era sencillamente letal en distancias que rondaran de 100 a 400 metros. No obstante, el mismo Allerberger nos explica en sus memorias que siempre que le era posible sus víctimas eran oficiales superiores, aquellos tan odiados tanto por alemanes como por los propios rusos. No gustaba de disparar a los soldados rasos, a quienes veía como "compañeros" de armas, pero desde luego no le temblaba el pulso a la hora de hacerlo si con ello le iba la vida y la de sus camaradas alemanes. Fue amigo personal de Matthaüs Hetzenauer, el tirador ya mencionado, y entre ambos existía cierta rivalidad amistosa a propósito de una competición llevada entre los dos a cuenta de quien podría abatir a más rivales. A veces llegaron a trabajar juntos, llevando el terror y la muerte a los escuadrones rusos que prácticamente soñaban pesadillas cuando escuchaban la tan fatídica palabra de "¡Tirador!".
Para poner un ejemplo de la terrible efectividad de estos dos temibles tiradores, en cierta ocasión Allerberger y Hetzenauer estaban destinados en un pequeño pueblo en un bosque del Frente del Este con las órdenes de frenar el avance de una numerosa columna de infantería rusa que pasaría por allí en breve. Los dos alemanes causaron múltiples bajas con tiros certeros a lo que los rusos respondieron con dos cargas de infantería contra las posiciones de los tiradores que fueron rechazadas cuando los rojos flaquearon en su ímpetu. Finalmente, los rusos se retiraron incapaces de pasar por el pueblo al creer que numerosos alemanes estaban emboscados allí y que serían exterminados si se empeñaban en conquistar la posición.
El propio Allerberger nos vuelve a explicar en sus memorias el porque de tantos éxitos. Se debía a una serie de principios fundamentales para la supervivencia del tirador que le inculcaron durante su entrenamiento y que él procuró llevar siempre a rajatabla: elección de la posición ideal para el disparo, la capacidad para salir de dicha posición con la mayor rapidez y seguridad posible, la posibilidad de tener otra posición en caso de que la primera no pudiera ser utilizada, varias vías de escape y el abatir a un blanco de un solo disparo, a lo sumo dos; si se falla, nunca empecinarse y darlo por perdido. Por supuesto, el camuflaje era esencial, junto con un buen equipo que pudiera soportar todo tipo de daño en todo tipo de terreno y clima. Eso, unido al coraje, la precaución, a una mente fría y el saber elegir el blanco adecuado hicieron de Allerberger uno de los mejores tiradores del conflicto pero, sobre todo, le permitieron sobrevivir y contarlo.
Uno de los métodos favoritos de Allerberger para camuflarse era un paraguas, que aunque suene raro leerlo era bastante sencillo de utilizar y muy práctico. Pegaba en el paraguas todo tipo de ramas, hojas, hierba o lo que fuera menester, luego lo abría y se parapetaba detrás de él tumbado o subido a un árbol. De esta manera tan simple, era capaz de camuflarse con el entorno y ser invisible ante los ojos del enemigo incluso a corta distancia. Los paraguas de Allerberger fueron famosos en toda Alemania y en varias entrevistas que concedió para la propaganda nazi de entonces explicó que además eran muy fáciles de llevar a cuestas.
Otras de las cuestiones que Allerberger solía tener a la hora de combatir era dejar atrás los remordimientos de conciencia ante su macabro trabajo. La preparación psicología era fundamental para poder asesinar a una persona con un fusil de tirador de manera fría y metódica. En esta cuestión, Allerberger, en su libro, fue muy crítico con los modernos francotiradores, a los que se les enseña más que nada a camuflarse, manejar el equipo y poco más, pero no se les prepara a ser personas fuertes, con un marcado honor que les impida enseñarse con la población civil. No obstante, el mismo Allerberger, pese a sus reparos a disparar a soldados rasos, no tuvo más remedio que emplear en ocasiones tácticas brutales para poder seguir con vida o rechazar las no menos brutales oleadas del enemigo, un enemigo aún más implacable y sangriento que el mismo soldado nazi, lo que ya era mucho decir.
Según la experiencia de Allerberger, en combate real sólo el 90% de los disparos eran factibles entre distancias de 500 a 150 metros. Para más de 800 metros era casi un milagro poder acertar en el blanco, aunque él lo consiguiera en más de una ocasión, pero era debido a una serie de aciertos encadenados: buena visibilidad, la víctima permanecía quieta, sin viento, etc. Los tiradores de ambos bandos solían disparar de forma masiva al cuerpo, no a la cabeza, pues así la probabilidad de acertar de un disparo era mucho más elevada, dando la oportunidad de poder moverse a otra posición y escapar con vida. No hay que olvidar que una vez localizado un tirador era muy difícil que este pudiera escapar con vida del apurado trámite. Disparando al bulto se eliminaban factores como la visibilidad y la distancia por ejemplo, aunque desde luego era algo que no gustaba demasiado a Allerberger dado que no era seguro que la víctima muriera rápidamente, sino que era más normal que antes agonizara. Una vez más, la dura y cruel realidad de la guerra golpeaba a Allerberger endureciendo su corazón y alma. Allerberger nos cita decenas de ejemplos en los que el fuego de los tiradores les permitía detener el ataque de fuerzas enemigas muy superiores. Para poder realizar tales acciones, era necesario emplear tácticas brutales pero efectivas.
«Yo no prestaba atención a las primeras tres o cuatro líneas de enemigos que se abalanzaban a la carga contra nuestras posiciones, pobremente defendidas, sino a los soldados que avanzaban detrás de dichas líneas. Les disparaba al estómago, caían al suelo dando espantosos gritos. Sus compañeros que marchaban en retaguardia sentían pánico al ver a sus camaradas caídos en el suelo desangrándose, mientras las primeras líneas, al escuchar los alaridos a sus espaldas, perdían el ímpetu de la carga y solían detenerse. Entonces disparaba a la primera línea de soldados enemigos a la cabeza o al corazón. En ese momento el miedo se apoderaba de los rusos y sólo deseaban huir lo más rápido posible, abandonando a veces incluso a los heridos. Así he detenido cargas soviéticas, aunque los gritos de los heridos eran espantosos y me acompañarán para siempre. Es el horror de la guerra y mi alma en ese momento era de piedra, amoldada a las circunstancias terribles que me tocaron vivir. Además, sabía de sobra lo que nos esperaba a los soldados alemanes que caíamos prisioneros de los rusos. Eso me hacía tener menos piedad de ellos.»
En verano de 1944 su comandante de regimiento le recompensó con unas merecidas vacaciones en Alemania, para que dejara atrás por unas semanas los horrores del frente. Ese tiempo Allerberger lo empleó para seguir formándose como tirador en diferentes cuerpos especiales. Debido a sus éxitos no pudo escapar de la fama, ya que Joseph Goebbels, a través del Ministerio de Propaganda nazi, publicó varias de sus fotografías en diferentes medios de comunicación. Allerberger se vio obligado a realizar conferencias, charlas, entrevistas por la radio y a atender las numerosas jóvenes alemanas que le escribían cartas de admiración. No obstante, ese período terminó, las exigencias de la guerra hacían imposible que el tirador se ausentara por más tiempo de la batalla.
De nuevo, Allerberger marchó al Frente del Este para luchar contra los rusos, aumentando su cuenta particular de objetivos. Pero la guerra ya estaba perdida y sólo era cuestión de tiempo que Alemania capitulara. Al igual que otros tiradores, Allerberger intentó no caer prisionero de los rojos. Sabía que por su condición de tirador no tendría juicio ni sería tratado con humanidad, todo lo contrario, fusilado de inmediato o conducido a un gulag para ser torturado y encarcelado de por vida. Con otros soldados y oficiales alemanes, Allerberger se internó en los profundos bosques de Prialpiyskih, donde estuvieron vagando durante dos semanas hasta que se enteraron del fin de la guerra. Luego, con mucha precaución, cada cual logró llegar a su ciudad o pueblo natal. Allerberger consiguió llegar a su región y escapar de la cárcel o de un destino peor. Tomó el negocio de su padre y fue carpintero hasta el fin de sus días.
Meses más tarde recibiría una grata sorpresa: el 20 de abril de 1945 le fue concedida por sus méritos en combate la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro por el mariscal de campo Ferdinand Schörner, comandante del grupo de Ejércitos Centro. El problema es que días más tarde terminó la 2ª Guerra Mundial y el mariscal Schörner se vio incapacitado para tramitar (mediante formulario legal) la concesión de la Cruz de Caballero, algo que no era de extrañar pues no sólo le ocurrió a Allerberger. Durante los últimos días de la Alemania nazi se concedieron diferentes medallas, en ocasiones en el mismo campo de batalla soportando el fuego enemigo. Algunos soldados pudieron ser dueños de su condecoración, otros tuvieron que esperar un tiempo hasta que la tuvieron en su poder y unos menos nunca las llegaron a recibir.
Biografía recogida en la obra CABALLEROS DE LA CRUZ DE HIERRO EN GUERRA. Este libro ha sido escrito por Juan Carlos Sánchez Clemares y editado por MEDEA EDICIONES. Se puede adquirir la obra en librerías especializadas o en grandes superficies; también a la venta en la página Web de la editorial.