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miércoles, 15 de enero de 2014

CRÓNICAS DE UN FRIKI III



CRÓNICAS DE UN FRIKI III

LOS CÓMICS (o tebeos); segunda parte.
LAS PERIPECIAS DE UN LECTOR DE TEBEOS.


            Antes de pasar a hablar de los cómics Marvel, me gustaría hacer un inciso y tratar sobre un tema que conocemos todos aquellos que hayamos vivido los años 70 y principio de los 80 del siglo pasado. Me refiero a los afanes por conseguir nuestros tebeos favoritos y al ritual que suponía realizar el cambio. Hay que entender que por entonces España estaba creciendo tanto económica como socialmente, pero de todas formas la miseria todavía estaba muy extendida incluso en una gran capital como era Madrid. También hay que tener en cuenta que si bien los cómics, tebeos era como se les conocía entonces, eran muy conocidos desde hace décadas, no dejaban de ser un producto marginal para un muy determinado sector de la sociedad: los niños.
            De hecho, si entrabas en la adolescencia automáticamente debías dejar de leer los tebeos so pena de que tus padres te regañaran y castigaran o sufrir un ostracismo por parte de los demás. Ya que, como todo el mundo sabía por entonces, los tebeos eran cosa exclusiva de los niños y si de mayor los seguías leyendo es que no habías madurado, eras raro o cosas aún peores.
            Siendo tal el panorama, los tebeos no se encontraban en cualquier sitio, no señor. No todos los quioscos los tenían, y los que tenían eran más bien los típicos Mortadelo y Filemón semanales, el TBO y cosas así, o revistas para chicas, que también eran considerados tebeos. Por fortuna, existía por entonces unos pequeños negocios que prácticamente han desaparecido o han sido sustituidos por las tiendas que conocemos como “chinos”, o que simplemente se han convertido en otras cosas; me refiero a esos templos sagrados que en mi niñez se llamaban “los frutos secos”.

Los frutos secos; aquí hay de todo…

            Pero, ¿qué es, o era un frutos secos? 
Aunque el nombre nos pueda evocar, hoy en día, a esos comercios donde podemos comprar patatas fricas, avellanas, palomitas de maíz, almendras, cortezas de cerdo y otras exquisiteces, o nos hagan pensar en los carteles de color rojo de los establecimientos regentados por las personas de nacionalidad china, lo cierto es que en mi niñez un fruto secos era un pequeño local en donde, por lo general, se solía vender de todo un poco. Y ese de todo un poco eran golosinas, caramelos, palulú, helados o zumos, pipas, altramuces y quicos al peso (de ahí el nombre de frutos secos), quizás patatas fritas y cortezas de cerdo, revistas de toda clase, novelas de a duro o seis pesetas, sobres de muñequitos de plástico, bien soldados para los chicos, muñecas pequeñas para las chicas, cromos y álbumes de cromos y puede que también algunos juguetes de la época como peonzas, chapas, aros, pistolas de plástico o metal, petardos, canicas y cacharritos de cocinas; también podías encontrar tebeos. Pero lo más importante, y a lo que voy, es que en esos sitios podías cambiar tus cómics, costumbre que prácticamente ha desaparecido en toda España.
            Mi lugar de peregrinación  habitual cuando era niño era un pequeño frutos secos ubicado en una esquina de la calle Francisco Ruiz con la calle Ferroviarios, local que ya no existe. Era Francisco Ruiz la calle donde vivía, sita en el distrito de Usera, no muy lejos de la populosa Marcelo Usera, y zona a la que los que nos hemos criado o nacido allí llamamos Useras, con “s”, sí, y solamente nosotros sabemos por qué. Como decía, ese frutos secos era mi lugar favorito de crío, porque no solamente tenían sobres con soldaditos de plástico, otra de mis grandes aficiones de entonces pero que con el paso del tiempo cambiaria por los Playmobil (y de la que ya hablaré), o chucherías variadas como las “modernas” castañas de chocolate (todo un invento que revolucionó a la chiquillería: trozos de galleta en forma de castaña con un baño de chocolate; para los ositos de goma todavía quedaba un poco), sino porque allí se cambiaban los tebeos.

El noble arte del cambio.

            Todo aquel que haya sido coleccionista de cromos sabe de lo que hablo: el cambio. En Madrid, aparte del barrio y el patio del colegio, era muy habitual marchar los domingos por la mañana a El Rastro y buscar los puestos o personas que se dedicaban a cambiar cromos, normalmente de los equipos de fútbol o las fabulosas colecciones de Panrico de caballos, perros, gatos y pájaros. También eran muy famosas las colecciones de las series de dibujos animados de entonces (Mazinger Z, Heidi, Marco, Barrio Sésamo, La abeja Maya…), o las colecciones de los yogures Danone, por lo que era normal ver en las plazas a muchos chavales junto a sus padres efectuando trapicheos varios a los gritos de guerra de: “sile, sile, sile, sile, nole…”, “¡Nole!” (esto era que habías encontrado el último cromo de tu colección o aquel que tanto deseabas tener).
            Para los tebeos la cosa era algo diferente. Como ya he comentado, España, aunque modernizándose a marchas forzadas, todavía quedaba algo lejos de ser un lugar prospero donde el dinero abundara por todas partes (a día de hoy seguimos soñando con esa utopía), así que las economías familiares eran muy precarias y como tal la consecuencia inmediata era que las pagas de los niños, si es que la tenían, no fuera muy alta. Mi paga semanal comenzó siendo de diez pesetas, y si tenemos en cuenta que un sobre de soldaditos (mi inversión inicial casi siempre) costaba un duro, o sea, cinco pesetas, y un cómic Vértice unas treinta pesetas (dependiendo de la colección y formato), uno se hace a la idea de lo difícil que era poder seguir regularmente una colección de tebeos. ¿Cuál era la solución entonces? El cambio.

 
            Los frutos secos, no todos, pero sí muchos, te ofrecían la posibilidad de cambiar tus tebeos a muy módicos precios. Tu ahorrabas y te comprabas uno, que sé yo, un Olé de Mortadelo y Filemón, o un SúperMortadelo, o un Zipi y Zape, o un TBO, o un Roberto Alcázar y Pedrín, o un Spiderman, o un tomo Vértice de La Patrulla-X y cuando lo leías mil veces hasta saberte de memoria los diálogos y amarillear el papel con tus dedos pringados de palulú, entonces ibas al quiosco y lo cambiabas por otro. Pero existían sus reglas.
            Para empezar, no podías ir con un semanal de doce páginas de Mortadelo y cambiarlo por un Olé de Mortadelo y Filemón, como no podías cambiar un TBO por un Spiderman de Vértice y más adelante de Bruguera. El dueño del frutos secos, que no eran tontos, creaba montones de tebeos para cambiar: los Olé por un lado, los Aventuras Ilustradas por otro, los Vértice por aquel y los tomos de Vértice por allí y así con todas las clases de tebeos que existían por entonces; de igual forma se hacía con las novelas y revistas. Dependiendo del tebeo, debías pagar un dinero por realizar el cambio. Pongamos por ejemplo un Olé y un Capitán América de Vértice de treinta y dos páginas a blanco y negro formato colección mensual de grapa. El Olé te podía costar cambiarlo un duro, y el Capitán América diez pesetas. Pagabas, cogías el montón, mirabas y efectuabas el cambio. Dependiendo del frutos secos el precio podía variar, pero ya casi todos costaban lo mismo. Por supuesto, el tebeo que cambiabas debía encontrarse en  unas mínimas condiciones óptimas.

Las ventajas y desventajas del cambio.

            Las principales desventajas consistían en las siguientes. La primera era el estado de los tebeos. Si bien es cierto que el señor, o señora, de los frutos secos te pedía que tuvieras el tebeo en buen estado a la hora del cambio, no menos cierto es que eso no significaba que los cómics que te propusieran para cambiar lo estuvieran tanto. Yo era, y sigo siendo, un lector que cuida dentro de lo posible sus revistas, ahora y cuando tenía diez años, aunque los leyera mil veces y dentro de las posibilidades que era ser un niño, mis tebeos, por norma general, solían estar en buenas condiciones. Se me caía el alma a los pies cuando tenía que cambiar mi tebeo y no encontraba en la pila del cambio ninguno que estuviera a la altura del mío.
            Otra de las desventajas era la circulación de los tebeos, me explico. Si el dueño de los frutos secos no traía novedades o no se molestaba mucho en fomentar el cambio, te podías encontrar con que pasaban tres meses y en la pila del cambio seguían estando los mismos que la primera vez que fuiste a cambiar. Una vez leídos todos, sólo te quedaba la posibilidad de ir a buscar en otro sitio. Afortunadamente, recuerdo que los frutos secos de mi barrio sí cambiaba bastante los cómics y además no era el único chaval que hacía lo mismo. Pero claro, yo soy un lector ávido y solía estar, si no todos los días, al menos una o dos veces por semana en los frutos secos en busca de nuevos cómics. Me tiré buenas temporadas sin poder cambiar.

            La más clara de las desventajas era la continuidad. Esto no se aplicaba a ciertos tebeos. Por ejemplo, te leías un Olé de Mortadelo y Filemón con una aventura completa, digamos “La máquina del cambiazo” o “El caso del calcetín” y no importaba mucho. Lo malo era cuando lograbas cambiar un cómic de Spiderman de Lee y Ditko, llegaba el Duende Verde y le metía una paliza a Spiderman que no podía luchar porque Tía May estaba enferma y debía ir corriendo a verla. Spiderman huye del Duende Verde y todos creen que era un cobarde. ¡Dios mío! ¡Peter Parker no era un cobarde! ¿Cómo terminaba la aventura? A correr al frutos secos sólo para darte cuenta, horrible situación, que no está la continuación de ese cómic. Pasaron años hasta que supe como continuaba. Creo que este ejemplo aclara lo que digo.
            Pero las ventajas eran muy obvias. Primero, te ahorrabas un montón de dinero con el cambio. No era lo mismo conseguir un tebeo por cinco pesetas que tener que soltar treinta o cuarenta y cinco, precios muy alejados de mi exiguo presupuesto. Además, siempre tenías la posibilidad de comprar los cómics, y dado que eran usados, su precio era mucho menor.
            Aparte del bajo coste, la ventaja que también me solía entusiasmar era la posibilidad de encontrar un tebeo alucinante. Por ejemplo, los cómics de Superman y Batman de la época no me gustaban nada y poder cambiarlos por unos de Los Vengadores, Spiderman o La Patrulla X era, al menos para mí, una ventaja considerable. Lo mismo pasaba con los tebeos Olé de Zipi y Zape, Carpanta o El Botones Sacarino, que aún siendo divertidos no me gustaban tanto como Mortadelo y Filemón o El 13 rue del Percebe. Mi estrategia se basaba en intentar conseguir esos tebeos a muy buen precio y luego cambiarlos por los que realmente me gustaban, formando poco a poco un fondo de cómics que solía mantener más o menos fijo. Tampoco tantos, no creáis, que la cosa estaba muy pachucha.


            Y la gran ventaja consistía en encontrar el chollo, la ganga, el milagro. Era difícil, pero en contadas ocasiones te topabas con una oportunidad única. No todos los dependientes de los frutos secos controlaban esto de los tebeos. Para la inmensa mayoría solamente eran eso, revistas, y los colocaban en montones más o menos iguales sin tener exactamente ni idea de lo que estaban haciendo o el valor del cómic (tanto material como de interés para el lector y/o coleccionista). La señora del frutos secos de mi barrio sabía muy bien lo que se hacía con los cómics (el marido se los traía de otras partes o de El Rastro), pero ya le enganché el ojo a otro par de frutos secos allende mi barrio que no tenían tanto control. Así, yendo en una ocasión con un cómic inglés que publicaba Vértice por entonces (no me acuerdo del título, pero sé que no me gustaba nada), logré cambiarlo por cinco pesetas por un tomo Vértice de Spiderman donde se recopilaba de forma cronológica seis números de la edición americana de Spiderman de la etapa de Stan Lee y Steve Ditko, en concreto la primera aparición de Kraven el Cazador, los Forzadores aliados con el Duendecillo Verde y la huida de Spiderman antes comentada, en una edición de tapa semi rígida alucinante. En otro frutos secos logré cambiar un Mortadelo semanal de apenas veinte páginas por un Súper Olé con cuatro aventuras largas de Mortadelo y Filemón por el módico precio de seis pesetas, y también conseguí tebeos de Los Pitufos por un cambio de dos pesetas porque una señora se equivocó con los precios. Es decir, había que ser una hiena, un fenicio, un ferengui, pero esto era una pelea a vida o muerte, señores y señoras.
            Ya sabéis las peripecias de los lectores de tebeos en mi época, allá por finales de los 70 y principios de los 80 del siglo XX. Afortunados eran aquellos que poseían suficiente estipendio económico para poder costearse una o varias colecciones regulares. El resto de pobres mortales, a contentarse con los cambios, los chollos y las peripecias varias. No obstante, era increíblemente divertido y gratificante.

            Y ahora sí, ahora puedo hablar de cómo me inicie en los tebeos que cambiarían para siempre mi concepto del mundo de los cómics y me haría posicionarme en determinados gustos. Hablamos de los cómics Marvel. Pero, ah, esto ya para la próxima entrega de mis Crónicas de un Friki. ¡No te las pierdas!



            Si te gustan Crónicas de un Friki, no te puedes perder el siguiente enlace a mi blog:
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CRÓNICAS DE UN FRIKI (primer capítulo)
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lunes, 9 de diciembre de 2013

EL FANTASMA DE LAS NAVIDADES versión 2.11.5



EL FANTASMA DE LAS NAVIDADES versión 2.11.5


            Madre e hija discutían amargamente en el comedor mientras el padre intentaba pasar del asunto atendiendo con más intensidad a la televisión. Al fin y al cabo, su opinión estaba más que confirmada, aunque, desde luego, no aceptada por Gabriela, su hija de catorce años que no dejaba de insistir en que su causa era justa.
—Pero, mamá, yo lo quiero…
—Tú lo quieres, tu lo quieres… ¿Y qué hay de lo qué queremos nosotros? —replicó Lucía llevándose las manos a la cabeza— ¿Pero no te das cuenta que no tenemos dinero para todo lo que nos pides?
—Sólo os pido una tablet… —añadió Gabriela apretando con rabia los labios.
—Y un nuevo teléfono móvil de cuatrocientos euros con conexión a Internet, y ropa, y dinero para el Fin de Año… —continuó hablando Raúl, el padre, mirando a su hija.
—Pero, papá, es lo que tienen mis amigas. ¡Soy la única que no tiene nada de eso!
—Hija, pero es que no podemos darte todos los caprichos…
—No son caprichos, son mis regalos de Navidad, es lo justo.
            Lucía volvió a llevarse las manos a la cabeza, pero no dijo nada, porque comprendió que su hija se mostraba tozuda, lo propio a su edad, y no entraba en razones. Aunque llevaban toda la tarde discutiendo, a Gabriela no le acababa de entrar en la cabeza que sus padres no tenían tanto dinero y que tendría que limitarse a ropa y algo de dinero por regalos de Reyes Magos. Su padre le había intentado convencer de que los regalos en Navidad no eran un derecho, ni una obligación, sino un privilegio, y que debería sentirse agradecida de poder celebrar las fiestas.
            Cuando a Gabriela se la comunicó que no tendría lo que pedía, ésta entró en terrible cólera e imprecó a sus padres por lo que consideraba un injusto proceder. Sería el hazmerreir de sus amigas, todas con teléfonos móviles de última generación, y tablets y otras cosas tan insustanciales y banales como importantes para Gabriela. Sus padres no la podían  hacer esto, porque quedaría en ridículo entre la pandilla, como la tontita de padres pobres.
—¡Es qué es lo que somos, hija! —estalló de impaciencia Lucía— Bastante nos sacrificamos con tus estudios y con darte de comer.
—Y ni siquiera sacas buenas notas —añadió el padre.
—¡Siempre con la misma historia! —gritó Gabriela— ¡Para una vez que os pido algo! ¡Os odio! ¡Son las peores Navidades de mi vida!
—¿Qué nos pides una vez? —Lucía puso los brazos en jarras en la cintura y meneó la cabeza con disgusto— Tendrás ropa y un poco de dinero, y no se hable más.
—¡Esos regalos son pura basura! ¡No los quiero!
—Jovencita, ya estoy harta de ti. A tu cuarto y ya hablaremos mañana.
            Lucía señaló con el dedo el pasillo y Gabriela se marchó a gran velocidad encerrándose en su cuarto. Estaba furiosa, dolorida por la forma en la que la trataban sus padres. Al fin y al cabo, era su obligación hacerle regalos por Navidades. Sacó el teléfono móvil de su bolsillo, una “reliquia” que tenía un año, y conectó el WhatsAPP, dirigiéndose inmediatamente a su grupo. Allí estaba su mejor amiga, Janina. La mandó un mensaje pidiendo en voz baja que estuviera conectada.
++Hola++ —escribió Gabriela en la pantalla táctil del teléfono con rapidez.
++Hola++ —no tardó en responder Janina— ++K pasa?++
++Aqi en casa harta d mis padres++
++K pasa?++
++No me van a regalar la tablet ni tlf.++
++Ke putada++
++Sí, les odio. Tía, no digas nada++
++No, pero dijiste a Lucas que tendrías tablet!!!!++
++Sí, esto es una mier… Mis viejos me amargan la vida y Lucas no se va a fijar en mi por su culpa. Son unas Navidades horribles, mis padres no valen para nada. No conozco a nadie k pase una peor Navidad k yo. Y encima me vienen con discursos++
++Siempre los mismos rollos++
++La vida es un asco. No tengo nada y voy a ser la idiota del grupo con la asquerosidad de móvil k tengo ahora. Desafío a quien sea k me muestre a quien lo esté pasando peor k yo en estas Navidades++
++Hola++
            Gabriela se quedó sorprendida mirando su móvil. ¿Pero quien se había metido en mitad de su conversación con Janina? El usuario respondía al nombre de Fantasma. No conocía a nadie con ese nick. ¿Sería algún amigo gastándole una broma?
++Hola++ —insistió el tal Fantasma.
++Tía, le has dado mi WhatsAPP a un gili k se llama Fantasma????++
++No++ —respondió Janina con el icono que mostraba sorpresa.
++Quien eres? Y k haces con mi WhatsAPP???? Eres un salido???++ —nada más escribir eso y enviarlo Gabriela se arrepintió. Tal vez era Lucas haciéndose pasar por ese Fantasma.
++No, no soy un salido. Soy un fantasma++
++Sí, claro, d k vas????++
++Has lanzado un desafío y he recogido el guante++
++K??? Eres imbécil??? Tío, sal d aquí. T borro++
++No, no puedes borrarme. Prepárate++
++Para k? K cojones quieres, gilipollas???++ —Gabriela puso el icono de muy enfadado. Iba a apagar el móvil, pero tuvo tiempo de leer el último mensaje.
++Nos vamos de viaje++
            Gabriela sintió como la habitación se ponía a dar vueltas a una velocidad increíble, haciéndola sentirse extraña, aunque, cosa rara, no se mareó, sino que sintió una terrible pesadez en sus miembros y un sueño que la obligó a cerrar los ojos y caer de espaldas a la cama.

* * *

            Desde el primer momento que despertó, Gabriela se dio cuenta que ya no estaba en su casa. Ni tan siquiera le hizo falta abrir los ojos. Fue una sensación poderosa la que le dijo que su situación había cambiado y puede que no para mejor. Se incorporó de la cama y abrió por fin los ojos. No reconoció el lugar. Era una pequeña y medio destartalada habitación con una sola ventana por donde entraba una gran luminosidad. La pintura se encontraba desconchada por algunas partes de las paredes, pero debía ser normal a juzgar por el calor y la humedad que se apreciaba. 


            Gabriela se levantó y observó la cama, grande y con sabanas limpias pero muy gastadas y con remiendos. Un pequeño armario de madera oscura, una silla de cañas y un arcón tan deslustrado y gastado como el resto del mobiliario era todo lo que había allí. De la puerta, que se encontraba abierta, le vino el olor de algo que se estaba guisando, algo que Gabriela tampoco pudo reconocer, pero que estaba claro era comida. Y entonces vino el pánico. ¿Dónde estaba, qué era este lugar? Se puso en pie y casi se cayó al suelo porque le costó mantener el equilibro. ¡Era más pequeña! ¿Cómo era eso posible? ¡Y sus pies estaban descalzos! ¡Y la piel era muy morena! Y las manos, los brazos… Gabriela quiso gritar, pero antes de que pudiera hacerlo una voz potente y autoritaria dijo.
—Silencio. No grites. No pasa nada.
            Gabriela miró a todas partes, pero no había nadie. ¿Se habría imaginado la voz?
—¿Hola? —dijo no muy convencida. Se tapó de inmediato la boca con las dos manos. Su tono de voz era muy agudo, el propio de una niña de siete u ocho años, o quizás menos.
—Hola, no chilles, soy Fantasma.
—¿Fantasma? ¿Qué es esto? Quiero irme a casa. ¿Y porque no te veo?
—Eh, calma, no tantas preguntas. No me ves porque soy un fantasma, ya te lo dije, el fantasma de las Navidades, ja. No te puedes ir a casa.
—¡Voy a llamar a la Policía! ¡Quiero irme a casa! —gritó Gabriela alzando sus puñitos.
—¡Qué no, leches! —respondió Fantasma. Su voz retumbaba por la pequeña habitación y parecía salir de todas partes— ¿No querías conocer a alguien que pasara unas peores Navidades que tú? Pues hala, dicho y hecho. Y ya me puedes dar las gracias, que te podría haber mandado a sitios peores, pero como primera lección te vale. Bueno, me voy, que tengo mucho trabajo.
—¿Cómo qué te vas? ¿Esto qué es? ¿Pero dónde estoy? —a Gabriela el corazón parecía que se le iba a salir del pecho de la fuerza con la que latía. ¿Pero qué le estaba diciendo el loco ese que afirmaba ser un fantasma?
—Bienvenida a San Juan Cotzal, en Guatemala. Eres Martina, una adorable niñita de siete años. Pertenece a una familia humilde, tiene otros cuatro hermanos, dos de ellos mayores. Sus padres son pobres, pero trabajadores y honrados. En suma, valientes de verdad. Aquí te quedas y aquí vas a vivir la vida de Martina.
—¿Qué? —gritó loca de miedo Gabriela— ¡Es imposible! ¡Esto es una pesadilla!
—No lo es, y te recomiendo que te adaptes, porque vas a estar así mucho tiempo. Me voy, adiós.
—¡No, espera, no te vayas! ¿Hola? —pero ya nadie respondió a Gabriela/Martina.
            Gabriela/Martina estuvo mucho rato paralizada por el miedo, con los ojos cerrados y rogando que todo fuera un sueño. Seguro que cuando abriera los ojos todo estaría bien y en casa con sus padres. Pero no, porque al abrirlos descubrió que seguía en aquella humilde habitación. Se levantó, ya no parecía tener problemas de equilibrio, como si su mente se estuviera adaptando a su nueva situación espacio temporal. Con paso titubeante se dirigió al armario, no muy consciente sobre lo que hacer o actuar. Abrió una de las puertas y vio que en el interior había un espejo de cuerpo entero con una de las esquinas rajadas. Se pudo contemplar, una niña de pelo largo, espeso y muy liso, de color negro intenso, de rasgos infantiles y unos enormes ojos oscuros y almendrados. Su piel era oscura, de tonos cobrizos, y vestía con pantalones y jersey de lana de color verde. Gabriela/Martina se desmayó.

* * *

            Y así fue como Gabriela se convirtió en Martina y vivió su vida, que era muy diferente a la regalada que tenía con sus padres allá en España. Para empezar, todas las mañanas, muy temprano, debía levantarse para ayudar a su madre a preparar el desayuno, que, en el mejor de los casos, se componía de leche caliente y algunas galletas. Y es que la familia de Martina era muy humilde. La madre trabajaba en casa y también ayudaba al padre, que poseía unos pequeños huertos donde trabajaba, con otras personas y familiares, de sol a sol, como se solía decir. Y aún así, apenas entraba dinero en la casa más allá de para pagar los gastos corrientes y necesarios. Por eso no existían lujos ni cosas superfluas en aquella casita ni, por supuesto, televisión ni Internet. ¿Para qué? Allí no lo necesitaban.
            Claro, Gabriela se quejó los primeros días, pues al fin y al cabo no era Martina y quería irse a su casa, a la de verdad, pero nadie la creía. Todos se rieron de ella, pensando que eran cosas de una niña con mucha imaginación y ganas de gastar bromas. Así que a Gabriela no le quedó otra que aguantar la rabia e impotencia y vivir la dura situación en la que se encontraba. Después de ayudar a la madre a cocinar al colegio, a pie, nada de viajar en coches con aire acondicionado o calefacción, no, a pie, daba igual que hiciera Sol, lloviera o frío. Y en el colegio nada de ordenadores, ni lujos, ni restaurantes, ni salas especiales donde dar clases. Un pequeño edificio de piedra y ladrillo encalado, con un tejado de tejas rojas, un maestro y un par de cuadernos con sus lápices y a recitar la lección. Y todos tan agradecidos, porque sabían que era un lujo el poder dar clase y ser educados, derecho esencial en los niños.
            Y por la tarde, de vuelta en casa, a cuidar de los pequeños, que eran como lagartijas, nunca quietos y llevando la paciencia de Gabriela al límite. Y ya tan chiquita realizando labores del hogar, o ayudando al padre a limpiar judías, maíz o cualquier otra verdura o legumbre que trajera del huerto, pues normalmente esa solía ser la comida. Por las noches Gabriela lloraba desconsolada en la cama, porque su vida era horrible y porque no la soportaba. Echaba mucho de menos a sus padres y sus amigos, y también la vida, ahora se daba cuenta, de lujo que llevaba en España y que no aprendió a apreciar en su justa medida; ni a disfrutar. Pero tampoco podía llorar muy alto, porque compartía el lecho con su otra hermana pequeña, no había más espacio en la casita.


            Cuando salía a jugar a la calle con las amigas nada de irse a hamburgueserías, o al cine, o a compartir chismes con las amigas a través del WhatsAPP, ah, no señor. A jugar al campo, o al descampado, a un parque de tierra dura con columpios de metal que se antojaban máquinas de tortura, donde los críos se despellejaban las rodillas pero se lo pasaban súper divertido. Y juegos de saltar, esconderse, de imaginar y de utilizar palos, piedras y muñecas sencillas de trapo para simular cenas en casas de marqueses y adinerados, de princesas y unicornios, porque allí las niñas eran princesas y soñaban con terminar el colegio, seguir estudiando y convertirse en personas de gran valía para ayudar a sus vecinos, amigos y familiares. Y Gabriela pensaba que como era posible que Martina lograra vivir una vida con tantas carencias.
            Hasta que se dio cuenta que la única que tenía carencias en la vida era ella, Gabriela. Porque Martina podría ser pobre, le podrían faltar muchas cosas, pero vivía la vida con intensidad, sin rencor, sin culpar a nadie, con vigor, valor y honestidad. Porque Martina era luchadora, alegre y luminosa, y poseía una familia a la que quería mucho y que a su vez la querían también.
            Y cuando llegó el día de Navidad a Gabriela le regalaron un par de zapatos nuevos y una muñeca de trapo, con un vestido típico de la región. Y la familia comió dulces y hasta carne, y cantaron y rezaron al Señor, dando gracias por aquellas bendiciones y poseer techo, comida y los unos a los otros. Y Gabriela aquella noche volvió a llorar, porque comprendió cuales eran los verdaderos valores y las medidas en las que tasar a una persona. Se maldijo por estúpida, superficial y vanidosa. No sabía si había aprendido la lección, pero se juró que pasara lo que pasara, a partir de ese día valoraría lo que tuviera con el valor real, justo y lógico. Mucho le costó poderse dormir aquella noche.

* * *

            Cuando despertó, Gabriela notó algo raro, y es que seguía estando oscuro. ¿No era de día? Alargó la mano buscando el cuerpo de la hermana pequeña de Martina, pero no halló más que vacío. Se incorporó y entonces, con el corazón latiendo con fuerza, tuvo un presentimiento. Casi sin poder contener la alegría se echó a un lado de la cama, se acercó a la mesilla de noche y encendió la luz de la lámpara, revelando que, como sospechaba, se encontraba de nuevo en su habitación, en España.
            ¡Sí! Exclamó dando palmas. ¡Era su casa! Se levantó de la cama y se miró el cuerpo. Era otra vez el suyo, el de Gabriela. ¡Todo había sido un sueño! Un sueño extraordinariamente largo y vívido, pero sueño al fin y al cabo, porque el reloj calendario de la pared indicaba que no había pasado ni una hora. No pudo contenerse y las lágrimas salieron de sus ojos, porque sueño o no, lo cierto es que aprendió la lección. No sabía si Martina existía realmente o no, si todo fue fruto de su imaginación, si aquello fue algo inducido por Dios o es que no había explicación, pero las experiencias vividas cuando creyó ser Martina calaron fuertemente en su alma, corazón y mente. ¿Fue un sueño?
            El sonido de su teléfono móvil la sacó de sus pensamientos. Había entrado un mensaje a través de WhatsAPP. Gabriela cogió el aparato, que estaba sobre la cama, y miró en la pantalla.
++No ha sido un sueño. Ve a abrazar a tus padres, corre++ —y firmaba Fantasma.
            En esta ocasión Gabriela no tuvo miedo, sino que esbozó una gran sonrisa, salió a toda prisa de la habitación y marchó al comedor, encontrando a sus padres allí sentados viendo una película por televisión. Sin mediar palabra se abalanzó sobre ellos y les colmó a besos y abrazos, diciéndoles cuantos les quería y que daba igual que le regalaban por Navidad, porque el mejor regalo que podía tener era contar con su cariño.
            Lucía miró a su marido y este se encogió de hombros, pero los dos agradecieron los gestos de su hija. Gabriela, por su parte, pensó que sí, que había aprendido la lección, y que si Martina existía, ojalá tuviera una vida plena y dichosa, porque la Vida es un don del que debemos sentirnos agradecidos.



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       Este relato ha sido escrito por Juan Carlos Sánchez Clemares, a quien pertenecen todos los derechos de autor y de publicación. Si deseas colgar este relato en alguna página, o tomar una parte de él, antes pide permiso al autor.