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lunes, 23 de enero de 2012

AVANCE DIAMANTES DE LA CRUZ DE HIERRO


Hartman, Erich fue el campeón de todos los ases, sobreviviendo a la Guerra sin un rasguño pese a ser derribado en varias ocasiones. Era considerado una persona rara y extravagante por sus compañeros. No quería ni aceptaba ascender en la escalera de mando, porque eso le permitía seguir aumentando su número de derribos. Nació el 19 de abril de 1921 en Weissach, en Württemberg (Alemania). Pasó los primeros años de su vida en Changsha, China, donde su padre, que era doctor, había emigrado para huir de la depresión económica que azotó a Alemania después de la Primera Guerra Mundial. Vivió allí hasta que debido a la Guerra Civil China, la familia regresó a Alemania en 1928.

Hartman tomó parte en el programa de entrenamiento de planeadores de la Luftwaffe, que apenas empezaba a reconstituirse, donde aprendió a volar bajo la instrucción de su madre, que era instructora de vuelo. Los Hartmann eran dueños de su propio planeador, pero la mala situación económica los forzó a venderlo.

En 1939 Hartmann obtuvo su licencia de piloto aviador y comenzó su entrenamiento militar el 1 de octubre de 1940 en varios centros de la Luftwaffe, entre otros el 10° Regimiento de Entrenamiento, en Neukuhren, en Prusia Oriental, y la «Escuela de Guerra Aérea» en Berlín.

Su primera victoria aérea la consiguió el 5 de noviembre de 1942 al derribar un Ilyushin Il-2 Sturmovik. Durante el resto de 1942 sólo logró contabilizar una victoria más.Hartmann fue asignado al 7./JG52 para servir como escolta de Walter Krupinski (197 victorias), quien se convirtió en su mentor y amigo. Krupinski fue quien le dio el apodo de Bubi (que significa «Niño»), con el que sería conocido toda su vida y también fue quien le enseñó a tener paciencia y esperar hasta que estuviese a corta distancia del enemigo antes de abrir fuego. El 7 de julio de 1943 derribó siete aviones en un solo día durante los masivos combates aéreos que se dieron durante la Batalla de Kursk.

Hartmann se benefició siempre de combatir al lado de ases ya consolidados que le enseñaron sus tácticas: Josef Zwerneman (126), Hanss Dammers (113) que le fueron enseñando a acortar distancias antes de abrir fuego. Por ejemplo, cuando él era el blanco, para escapar tenía un método particular, como él mismo contó:
«Vuela derecho y pisa el pedal del timón de modo que se produzca un ligero derrape que no pueda ser advertido por el atacante. Si abre fuego, pica con g negativo a derecha o izquierda sin olvidar el timón durante toda la maniobra. Tu atacante se quedará colgado del cinturón con g negativo, incapaz de apretar el gatillo. Con esta maniobra he salvado muchas veces mi vida»

El 19 de agosto de 1943, el escuadrón de Hartmann recibió órdenes de apoyar un contraataque con Stukas liderado por el as Hans-Ulrich Rudel. Durante el combate, Hartmann derribó dos aviones enemigos, pero pedazos del fuselaje de una de sus víctimas impactaron a su avión, obligándolo a hacer un aterrizaje forzoso en territorio enemigo. Al ver Hartmann que soldados soviéticos se acercaban para capturarlo, fingió haber sido herido de gravedad.

Durante el mes de octubre Hartmann logró 33 victorias más y para el 29 de octubre de 1943 ya tenía contabilizadas 148 victorias, siendo condecorado con la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro. Terminó el año con 159 victorias. Durante los meses de enero y febrero de 1944, logró 50 victorias en 60 días. En el curso de 1944 Hartmann reivindicó 172 victorias, un total sólo superado por su amigo Wilhelm Batz. Esta impresionante cifra levantó sospechas entre el alto mando de la Luftwaffe y sus reclamos de victorias fueron cuidadosamente analizados. El 2 de marzo de 1944 alcanzó su victoria 202. Para esta época, los soviéticos también empezaron a notar los logros de Hartmann. El código de radio de Hartmann, Karaya 1, era constantemente escuchado alertando a sus compañeros para que verificaran sus derribos, y el alto mando soviético ofreció una recompensa de 10.000 rublos al piloto que lo matara.

El avión Messerschmitt Bf 109 que Hartmann volaba en esta época tenía la punta pintada de negro en forma de tulipán. Junto a la cabina estaba pintado además un corazón atravesado por una flecha con el nombre Usch (el apodo de su novia y futura esposa), y bajo el corazón estaba escrita la palabra Karaya, el nombre del escuadrón de Hartmann.

En marzo de 1944 Hartmann fue convocado junto con Gerhard Barkhorn, Walter Krupinski y Johannes Wiese para presentarse en Berchtesgaden y recibir de manos de Adolf Hitler las Hojas de Roble para la Cruz de Caballero.

En mayo de 1944 Hartmann derribó dos P-51 Mustang de las Fuerzas Aéreas del Ejército de los Estados Unidos sobre Bucarest, Rumania, siendo estos dos aviones sus primeras víctimas no soviéticas. El 1 de junio de 1944, derribó cuatro P-51 Mustang en un solo día sobre Ploieşti. Ese mismo mes, después de derribar dos P-51 más, su patrulla fue atacada por ocho cazas norteamericanos. Hartmann relata que durante el combate tenía un P-51 alineado en su mira, pero que al apretar el gatillo sólo escuchó que se había quedado sin munición.

Para empeorar la situación, su avión se quedó sin gasolina y se vio forzado a saltar en paracaídas. Mientras flotaba lentamente a tierra los aviones americanos volaron en círculos a su alrededor y uno parecía que se estaba alineando para dispararle...

Por orden de Hermann Göring se le prohibió volar, pues Göring temía las repercusiones en la moral soviética y alemana si Hartmann era derribado en combate. Posteriormente esta prohibición fue cancelada gracias a los esfuerzos del propio Hartmann. Por sobrepasar las 300 victorias, Hartmann fue condecorado con los Diamantes para la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro, nuevamente por Hitler en persona en el Wolfsschanze 85. Sólo veintisiete soldados recibieron los Diamantes durante toda la guerra.


Hartmann asistió al programa de conversión bajo Heinrich Bär, y Galland quería que Hartmann se incorporara a la legendaria unidad JV 44 que el mismo Galland mandaba. Algunas fuentes indican que la decisión final de permanecer con el JG52 se debió a una solicitud por telegrama de Hermann Graf.

Hartmann desobedeció una orden directa del general Hans Seidemann de que Graf y él volaran inmediatamente al sector británico para evitar así el ser capturados por los soviéticos, dejando atras al resto de la unidad y evitar así la suerte de sus antiguos compañeros de armas. Hartmann permaneció fielmente al lado de su unidad hasta el último día de la guerra. El 8 de mayo de 1945, logró cosechar su última victoria, la número 352, cuando logró derribar a un avión soviético de la clase Yak-9 cerca de la ciudad Brno, en la actual República Checa. El 24 de mayo de 1945 el ejército de los Estados Unidos entregó a Hartmann a los soviéticos, siguiendo los acuerdos de la Conferencia de Yalta, que especificaba que los soldados alemanes que pelearon contra los soviéticos tenían que rendirse a ellos. Si Hartmann se hubiera unido a la JV 44, este acuerdo no se hubiera aplicado a él, pues la unidad JV 44 luchó exclusivamente contra los aliados occidentales.

Después de diez años y medio de cautiverio en gulags rusos, fue liberado finalmente en 1955 cuando el gobierno de Alemania Occidental y la Unión Soviética alcanzaron un acuerdo de intercambio comercial que incluía cláusulas para la liberación de los últimos prisioneros de guerra alemanes en la Unión Soviética.

Erich Hartmann se alistó a la Luftwaffe (Bundeswehr) de Alemania Occidental, donde ostentó el mando de la primera unidad de aviones de reacción de la posguerra, el Jagdgeschwader 71 Richthofen. Posteriormente el JG71 Richthofen fue equipado con aviones Lockheed F-104 Starfighter. Hartmann se opuso fuertemente y de forma pública a que se adoptara este avión por considerarlo inseguro y mal diseñado. S

Erich Hartmann, máximo as de la Historia, murió el 20 de septiembre de 1993 a la edad de setenta y un años. A diferencia de Hans-Joachim Marseille, que era un gran tirador y maestro del tiro de deflexión, Hartmann era un cazador nato, que acechaba y sorprendía a su presa. Según él mismo admite, el 80% de sus víctimas cayeron derribadas sin tener tiempo de reaccionar. Aprovechaba el poder del motor de su Messerschmitt Me 262 y su velocidad en picado, para acortar distancia rápidamente, abriendo fuego solamente cuando estaba a menos de veinte metros de distancia del avión enemigo para causar el máximo daño posible. Luego aprovechaba la confusión que causaba la sorpresa del ataque para romper el contacto, antes de que sus enemigos se organizaran. Esta táctica de combate la aprendió volando como escolta de Walter Krupinski, quien utilizaba frecuentemente este método.
Su técnica era efectiva, pero tenía ciertos riesgos. En varias ocasiones las piezas que se desprendían de los aviones enemigos cuando eran alcanzados, impactaban contra el avión de Hartmann, dañándolo y obligándolo a hacer aterrizajes forzosos.
Hartmann no era un temerario como Hans-Ulrich Rudel, sino que era muy cuidadoso y prefería obtener una sola victoria a tomar riesgos innecesarios. Durante toda su vida estuvo muy orgulloso de que ninguno de sus escoltas muriera mientras volaron con él. Su credo de combate era: «Ver - Decidir - Atacar - Romper contacto». Para Hartmann, los combates de piruetas («dogfight» en inglés; «Kurvenkampf» en alemán) eran «una pérdida de tiempo».

El número de victorias aéreas reivindicadas por Hartmann ha sido discutido tanto por historiadores anglosajones como soviéticos. Sin embargo, un análisis objetivo de los datos revela que las victorias reclamadas por Hartmann, en proporción con el número de combates aéreos en los que participó, es modesto si se compara con los reclamos de victorias de docenas de pilotos de la Luftwaffe y de las fuerzas aéreas aliadas.

Este es un resumen de la biografía que puedes encontrar en DIAMANTES DE LA CRUZ DE HIERRO, libro escrito por Juan Carlos Sánchez Clemares y publicado por EDICIONES STUKA. A la venta el librerías de temática militar, grandes superficies o en la página Web de la editorial.

sábado, 7 de enero de 2012

DIAMANTES DE LA CRUZ DE HIERRO


Siguiendo con la colección de libros temáticos sobre la Segunda Guerra Mundial, que fue el segundo en el que trabajé, presento DIAMANTES DE LA CRUZ DE HIERRO, un complemento para los libros de divulgación sobre la II Guerra Mundial CABALLEROS DE LA CRUZ DE HIERRO. En esta ocasión encontraremos a los 27 héroes alemanes más condecorados, más valientes y decididos, premiados con la codiciada Cruz de Caballero con Hojas de Roble, Espadas y Diamantes. Nuevas biografías repletas de datos, detalles, operaciones y anécdotas sobre el conflicto más cruel y sanguinario de la Historia de la Humanidad. Además, las biografías aquí tratadas y que fueron ya ofrecidas en otras obras son más largas y cuidadas que en un volumen normal de la colección CABALLEROS DE LA CRUZ DE HIERRO, para premiar a los fieles seguidores de la obra.
El libro ya ha contado con excelentes críticas tanto por aficionados como por estudiosos de la Historia y sus ventas están siendo muy buenas. Tanto, que estos momentos va por la cuarta edición y sigue imparable.
De nuevo volví a reiterar que el libro no debía hacer apología del nazismo, y si algún personaje tratado y estudiado estaba condenado por crímenes de guerra o contra la Humanidad, como así fue en una biografía, reseñarlo y condenarlo.
Por tanto, DIAMANTES DE LA CRUZ DE HIERRO es un libro de divulgación que pretende arrojar más luz sobre la guerra más terrible y sanguinaria que ha librado hasta el momento la Humanidad. Es el perfecto complemento para la colección CABALLEROS DE LA CRUZ DE HIERRO.
Al contrario que en los otros libros, trabajar en DIAMANTES fue un poco más fácil. Primero, porque los 27 militares alemanes son muy conocidos y son múltiples los ensayos, estudios y libros sobre sus personas, y segundo, porque ya fui adquiriendo experiencia y sobre todo ya me iba familiarizando sobre la II Guerra Mundial y sus términos. Quizás, lo más difícil a la hora de trabajar con las biografías fue tener que seleccionar que poner y que no para evitar que nos salieran biografías de treinta páginas cada una. Un pequeño toque literario para amenizar la lectura, nuevos datos contrastados y estudios recientes hacen que las biografías de DIAMANTES posiblemente sean las mejores en lengua castellana hasta el momento sobre los 27 militares alemanes en la obra tratados.






Primera edición: noviembre de 2010
2ª edición: diciembre de 2010
3º edición: abril de 2011
Editorial Medea Ediciones
www.medeaediciones.com
ISBN: 978-84-96789-36-4








DIAMANTES DE LA CRUZ DE HIERRO ha sido escrito por Juan Carlos Sánchez Clemares y puedes adquirir la obra en librerías militares o en grandes superficies; o bien a través de la página Web de la editorial Medea.

domingo, 18 de diciembre de 2011

EL PASTOR



A la luz de la cálida hoguera los cuatro pastores se calentaban, sentados en piedras, intercambiando un odre hecho con piel de cabra en su exterior y el estómago del animal en su interior. Los hombres daban largos tragos de vino, lo que evidenciaba su nerviosismo e inquietud aquella noche, pues normalmente era frugales consumiendo el alcohol, pero es que aquella noche estaba demostrando ser tremendamente fértil en sorpresas… y algunas no muy agradables precisamente.
Miraban a la oscuridad, a la negrura que en ese momento les parecía más oscura que nunca a pesar que arriba, en el cielo, la Luna se encontraba casi llena y todo estaba tapizado por las estrellas; un hermoso firmamento, una obra maravillosa pero que no lograba sacar ni un solo vistazo por parte de los pastores. No querían mirar allá arriba por si de nuevo volvían a ver esa cosa dando vueltas y alumbrando con una luz que estaba claro no pertenecía a este mundo.
Más allá de donde alcanzaban a alumbrar las feroces llamas se escuchaban a las ovejas y las cabras, aunque ya la mayoría se encontrarían durmiendo, y también a los perros, patrullando por las inmediaciones en busca de lobos o chacales, y vigilando que ningún rumiante se alejara de los rebaños. Más tarde acudirían al lado de sus amos para reclamar su premio: una buena cena y quizás alguna caricia. En ocasiones los pastores no tenían con que llenar sus estómagos, pero sus perros siempre estaban bien alimentados y cuidados. Para un pastor, un perro guardián era el mayor de los tesoros, además de un leal y valiente amigo.
Aunque tampoco los canes se encontraban en la mente de aquellos hombres curtidos, de piel morena por el sol y las heladas nocturnas, de labios cuarteados, narices prominentes, afiladas y aguileñas, ojos profundos donde quizás no brillaba mucho la inteligencia, pero sí la astucia y la experiencia en su oficio, duro donde los hubiera, siempre al raso, empuñando un bastón nudoso y recorriendo campos y quebradas en busca de buenos pastos para sus rebaños. Sus cuerpos no eran grandes, pero sí fibrosos y fuertes por pura fuerza de voluntad, y sus manos callosas y ásperas, no pensadas para acariciar, sino para trabajar y sufrir. A veces pasaban frío, otras calor, o hambre, o sed, eran víctimas de los ataques de las fieras, de los bandidos, de los rapaces recaudadores de impuestos, ya fueron romanos o enviados por ese odioso rey edomita que siempre parecía necesitar más y más dinero. Pero con todo, eran libres, pues vagaban de aquí a allá, sin dar explicaciones más que a Dios y a sus mujeres. El cielo era su techo, y la foresta su hogar. Rara vez sentían miedo ante las adversidades, eran resignados ante los sufrimientos que les tocaban padecer, pues Dios así lo quería y al fin y al cabo la vida era de tal forma, como una mala ramera de Jerusalén, que te prometía placeres insospechados para luego darte una puñalada por la espalda.
Pero esa noche los cuatro pastores sentían miedo, sus cuerpos sudaban y miraban de reojo la oscuridad, temerosos de lo que pudiera salir de ella. Aquella noche era diferente, pues habían contemplando… no sabían el que. Y luego estaban las noticias que les trasmitieron otros pastores mediante el toque de cuernos, la forma que tenían de comunicarse entre ellos.
—Ah —exclamó Bosem, tras dar un largo trago de vino, pasando el pellejo a su compañero de la izquierda, Avimael, a quien le faltaba un trozo de la oreja derecha, perdido en Jerusalén, en la única visita que el pastor hizo a aquella ciudad. Nunca contó que le pasó para perder parte de la oreja, pero dejó bien claro que nunca más volvería a la ciudad—. Yo os digo que no deberíamos quedarnos aquí. Deberíamos marcharnos a otro lado —dijo con voz algo ronca pues tenía la garganta atenazada.
—¿Irnos? ¿A dónde? —preguntó Avimael tras terminar de beber y pasar el odre al siguiente pastor— ¿Has perdido el juicio? No podemos irnos y dejar aquí a nuestros rebaños. Además, opino que…
—¡Ya sé, ya sé! —interrumpió Bosem con un gesto seco de la mano. De los cuatro hombres, era el más áspero en el trato, de personalidad algo desagradable pues siempre andaba quejándose, era avaricioso y dado a decir demasiadas blasfemias en forma de insultos. Un poco violento, muy propenso a la mentira y le gustaba fornicar con las rameras del burdel del pueblo, para desesperación de su sufrida esposa. Era casi imposible que te hiciera un favor, por nimio que fuera, y escupía, feo vicio, y se decía que pegaba a su mujer con demasiada profusión, incluso mucha más de lo normalmente aceptado por todos. Poseía unos ojos pequeños, negros, duros y fríos, pero era el mejor pastor de los contornos y sus ovejas y cabras conseguían buenos precios en los mercados. Era solitario y huraño, como casi todos los pastores, pero Bosem más que nadie. No tenía amigos, el único que se le acercaba un poco era Avimael, pues se habían criado juntos casi como hermanos, pero nadie más. Casi todos le rehuían, pero esa noche no, y ahí estaban, intentando calentar con la fogata sus cuerpos ateridos no por el frío nocturno, sino por el miedo. Bosem escupió a un lado y continuó hablando— Quieres hacer como los otros, ir al pesebre ese y comprobar con tus ojos si es cierto eso de un niño nacido y alumbrado por… por la cosa esa… —y señaló con rapidez con el dedo el cielo estrellado, para bajar la mano a continuación con velocidad, como si por el sólo hecho de señalar ya hubiera cometido una falta muy grave.
—¿Y por qué no? —replicó Maran, un pastor pequeño pero de fuerte complexión y barba con hebras rojizas y pardas— ¿Qué podemos perder?
—Yo te digo que podemos perder —le interrumpió con ferocidad Bosem— ¡Una cabra, un queso, el vino! ¡Hasta nuestro tiempo podemos perder! Yo no pienso ir allí como todos esos idiotas que llevan ofrendas a ese mocoso y sus padres que no fueron demasiados listos como para buscarse otro lugar donde refugiarse antes de la caída de la noche.
—Pero, Bosem —habló en tono conciliador Avimael—, ese niño debe ser especial. Ya oíste a Ivri darnos la noticia. En ese pesebre, en las afueras de Belén, se han congregado al parecer tres reyes venidos de no se sabe donde, con ricas ofrendas y caros regalos, y otros pastores y gentes del lugar acuden también al lugar.
—Es indudable que algo importante debe estar ocurriendo allí, pues no es normal tales portentos —añadió Maran en voz baja y acercándose un poco al fuego. El cuarto pastor, el más mayor de todos, de pelo y barbas canas, no decía nada, sólo cortaba trocitos de pan y queso que masticaba lentamente y durante mucho tiempo porque le quedaban pocos dientes.
—Necedades, estupideces… —manifestó con un bufido Bosem—. Ivri está mal de la cabeza, está así desde que aquel asno le coceó en la cocorota. Reyes… ofrendas… ¿Estáis todos locos? Es un mocoso que ha nacido en un pesebre, eso ha llamado la atención de los vecinos y por eso van a ver, y los reyes esos, seguro que iban de camino a que sé yo y se toparon con el pesebre y picados por la curiosidad pararían para ver el porque de tantos idiotas congregados en un lugar por la noche.
—Eres injusto —contestó Avimael tomando agradecido un trozo de queso que Mevaser, el pastor de barba cana le pasó junto con un poco de pan—. Un pesebre no es un lugar para dar a luz a un pequeñuelo, piensa en los pobres padres y en el niño. Al parecer viajaban hasta aquí por el asunto del censo romano…
—¡Romanos! —escupió con desprecio Bosem a las llamas que titilaron con su odio— Me meo en su censo, sólo pensando en esquilmarnos a impuestos.
En esta ocasión los cuatro pastores cabecearon conformes. Si había algo que los hebreos odiaran más que al rey Herodes el Grande, ese algo era Roma, con sus gobernadores provinciales a la cabeza. El censo que los inspectores romanos imponían a los hebreos no era otra cosa que una forma mejor de controlar al pueblo para poder cobrar con mayor eficacia los impuestos. Y ese maldito asesino fornicador de Herodes, vasallo de Roma, ayudaba en la tarea. Cientos de miles de hebreos tuvieron que acercarse por decreto hasta los cuarteles administrativos romanos o los puestos de censar ambulantes en pueblos o pequeñas aldeas, según la cantidad de habitantes de la zona, para apuntarse tanto ellos como sus familias. El problema consistía en aquellos que siendo originarios de tal lugar se encontraran fuera de ellos por viaje de negocios o cualquier otro motivo, como el caso de la joven pareja refugiada en el pesebre. Siendo originarios de Belén, el marido, claro, pues la mujer no contaba para nada en estas cuestiones, tuvieron que viajar desde Nazaret hasta Belén para censarse. Lo que Bosem no podía comprender es como el padre había sido tan estúpido de echarse a los caminos con su mujer en tan avanzado estado de gestación. ¿Es qué tenía tanta prisa para censarse que no pudo esperar al parto?
Que más daba, se encogió de hombros el pastor, no era su problema. Malditos romanos y su manía de tenerlo todo controlado. Cierto era que desde que estaban dominados por Roma todo había cambiado, quizás a mejor, pues los ingenieros y legionarios romanos habían construido caminos y eficaces carreteras que serpenteaban por toda Palestina, incluyendo Judea, donde vivía Bosem, que permitían viajes más cómodos y rápidos. Habían limpiado campos y valles de bandidos, la seguridad era ahora mucho mayor, y también habían tirado acueductos y canales para que el agua llegara a todas partes, incluso habían reformado ciudades y campos, plantando todo tipo de productos importados de otras partes del extenso Imperio Romano. Y tampoco es que los hebreos estuvieran pagando más impuestos que antes, en realidad menos, pero lo que contaba es que eran dominados por infieles que adoraban a falsos dioses, una blasfemia increíble, un insulto para el pueblo elegido de Dios. Y lo peor era la falta de libertad. Los hebreos eran ferozmente orgullosos, y encontrarse subyugados bajo la férrea bota de aquellos romanos era algo que sencillamente no podían soportar. No importaban cuantas mejoras habían introducido los invasores, o que respetaran sus costumbres, incluso que hubieran terminado con los conflictos internos palestinos y que reinara la paz y el orden, no, lo que importaba es que les dominaban, que no reconocían al Señor como dios único y que eran invasores. Por eso el odio y el rencor se incubaban en los palestinos desde la cuna, pero, no podían hacer nada por obtener su libertad. Con Herodes, los jueces y los sacerdotes arrodillados ante Roma, y con los pocos que osaban levantarse en armas crucificados o muertos, ¿qué hacer? Entre los palestinos corría la esperanza de la llegada de un Mesías ya anunciado por varios profetas. Un Mesías que les liberaría de la dominación de los tan odiados romanos.
Los pastores permanecieron en silencio, cada cual con sus pensamientos. Fue Avimael quien volvió a hablar, como si hubiera adivinados las turbias meditaciones de su amigo de la infancia.
—Bosem, ¿crees que ese niño pudiera ser el Mesías?
—¡Idioteces! —sentenció el pastor con furia— Ivri está loco, no lo estés tu también haciendo caso a sus majaderías.
—Pero pudiera ser —intervino en la discusión Maran—. ¿Qué otro niño ha nacido en medio de tantos prodigios?
—¡Bah! —bufó con burla Bosem— ¿Qué clase de prodigios? ¿Nacer en un apestoso cobertizo es un prodigio?
—Ivri nos ha asegurado que es el elegido por Dios para traernos la libertad…
—¿Ah, sí? —Bosem miró a Maran con los ojos entrecerrados— ¿Y quién ha dicho a Ivri que ese mocoso es el elegido?
—El ser luminoso… —respondió Avimael apretando los labios con convicción e hinchando el pecho.
—El ser luminoso —Bosem escupió a un lado—. Esto es lo que pienso de tales cuentos. O sea, Ivri nos cuenta una idiotez acerca que un ser de luz se le acercó a él y otros pastores a su hoguera y les transmitió un mensaje acerca de ese niño y todos vamos a creer los cuentos de una pandilla de borrachos. El elegido por Dios… —Bosem se pasó su raída manta por los hombros— ¡Estupideces! Cuentos, eso os digo que son. Y dejad de decir tales cosas pues bien que podemos meternos en un lío con los sacerdotes. Esos borrachos creen haber visto algo y enseguida van corriendo a adorar a un mocoso. No seré yo el que vaya a hacer tal idiotez, os lo aseguro. No, yo soy más listo que todos vosotros, crédulos —y Bosem se golpeó en el pecho con su dedo para dar mayor énfasis a sus palabras.
—Pero, Bosem, ¿y la luz que todos hemos visto? —preguntó Avimael—. ¿También nosotros estábamos borrachos cuando vimos la luz, o son estupideces como dices, eh?
Bosem fue a replicar, pero calló de inmediato. Se arrebujó con fuerza en su manta y miró a las llamas. No podía decir nada pues no tenía ninguna explicación para el misterio de la luz. Él mismo la había visto. Los cuatro pastores se habían reunido para conversar y comer y beber algo cuando presenciaron el fenómeno. Una potente luz, más grande y brillante que cualquier estrella había cruzado lentamente el firmamento. Era un poco más pequeña que la Luna, pero su luminosidad al menos fue cuatro veces mayor. Se desplazaba en paralelo al suelo, emitiendo de cuando en cuando rayos de luz que iluminaban el suelo o parpadeos luminosos sumamente desconcertantes. Los pobres pastores, aterrados ante aquella fantástica visión, en un principio fueron incapaces de moverse, pero luego corrieron enloquecidos en todas direcciones, entre los rebaños o los arbustos, cayendo al suelo o tropezando con piedras en mitad de la oscuridad nocturna, ahora iluminada por aquella cosa del cielo que, ajena al ciego pánico de los hombres de abajo, continuó volando hasta desaparecer detrás de unas lomas. Bosem aún tuvo tiempo de echar un último vistazo a aquel punto de luz y creyó descubrir algo que le hizo tener más miedo todavía. En un parpadeo luminoso de aquella cosa por un momento creyó ver un contorno, como si eso fuera un objeto que emitiera su propia luz, ¡un objeto que volaba! La locura para su pobre y simple mente.
Por eso Bosem no podía responder a la pregunta de Avimael, porque no poseía explicación alguna a lo presenciado, porque todos lo habían visto y no estaban ni borrachos ni locos. Por si fuera poco, cuando toparon con otros pastores, campesinos y vecinos de la zona que seguían a la bola de luz, Ivri entre ellos, supieron que la luz se había detenido por unos instantes encima justo del pesebre donde ese niño había nacido. Iluminó con una potente y clara luz, pero que no hería los ojos, el lugar donde los padres y el niño se encontraban para a continuación desaparecer, desvanecerse como por un encantamiento. En un momento se encontraba ahí suspendida en lo alto y al instante siguiente no; así de simple. Un poco más tarde aparecieron esos tres supuestos reyesseguidos por sus pajes y servidores, y luego las historias de seres luminosos que iban por la campiña, desafiando los peligros de la noche, para avisar a todos que fueran a adorar al niño del pesebre, que traía un mensaje de paz y amor para todos los hombres.
Un mensaje de paz y amor. Eso era lo que exasperaba a Bosem, que creía que todo era un cuento inventado por esos reyes, que seguramente no eran tales, y los padres del crío para engañar y robar a los ingenuos de Belén y los alrededores. Eso era en realidad, un camelo, y los muy imbéciles se lo habían tragado, yendo con toda clase de ofrendas al pesebre. Pues él era más listo que todos esos idiotas, y no iba a regalar nada a esos padres. Mucho le costaba medrar en un mundo injusto y cruel, y bastante ya le quitaban los rapaces recaudadores de impuestos como para encima regalar algo a unos completos desconocidos. Además, que nunca antes nadie le había ayudado y no veía porque tendría que hacerlo ahora; que cada cual se apañara por sí solo, esa era una de sus formas de pensar.
Pero seguía estando la cuestión de la bola de luz. ¿Cómo explicar lo inexplicable? Si era cierto que la luz se había colocado encima del cobertizo, como anunciando el nacimiento… No, no podía ser, perjuró interiormente Bosem.
—¿No dices nada, Bosem? —preguntó Maran.
—¿Qué voy a decir? —preguntó a su vez el pastor alzando su desagradable voz— No sé que era esa luz, debo reconocerlo, pero no implica que tenga que ver con ese cobertizo. Para mi que son espíritus malignos que recorren el cielo, en algo hemos ofendido al Señor y de ahí que nos envíe estos terrores.
—¿Qué dices? —se escandalizó Avimael— ¿Cómo puedes decir tal cosas? Esa luz no era algo maligno, al contrario. Cierto es que nos asustamos, pero es normal. Yo pienso que…
—Tu que vas a pensar, deja de pensar, que es malo. Yo os digo que era una cosa maligna, y si se ha colocado encima del pesebre y del crío es porque allí está ocurriendo algo malo y ofensivo a los ojos del Señor. Deberíamos ir corriendo a las autoridades para denunciar lo que está ocurriendo…
—¡No! —Avimael se levantó de repente, tirando el odre de vino por los suelos. Maran se apresuró a tomar el pellejo y taponarlo antes de que se perdiera mucho líquido. Avimael se encaró con Bosem— No puedo estar de acuerdo contigo, y tampoco voy a ir a denunciar la maravilla que está ocurriendo delante de nuestros ojos. El que quiera negar la realidad allá él, pero pienso que el Mesías tan anunciando por nuestros santos profetas se encuentra en ese pesebre.
—Piensa un poco, Avimael. ¿Cómo va a nacer el Mesías en un simple cobertizo? ¿De qué manera va a liberarnos de los romanos y de ese rey odioso? ¿No tendría que ser el hijo de alguien poderoso, alguien con ejércitos a su mando y no un mocoso nacido de padres mugrientos que hasta para poder cenar esta noche necesitan del auxilio de idiotas como vosotros?
—Estoy harto de tus insultos —Avimael señaló furioso con el dedo a Bosem—. Piensa lo que quieras, pero voy a ir a ese pesebre. Demasiados prodigios he presenciado esta noche como para no creer lo que mi corazón me dicta.
—Entonces serás tan necio como los otros… —se bufó Bosem.
—Prefiero ser un necio que no un cínico amargado como tu que es incapaz de ver algo hermoso aunque se plante delante de sus narices.
—No te consiento que me hables así, Avimael —ahora fue el turno de levantarse de Bosem. Ambos amigos se miraron desafiantes, aferrando sus nudosos bastones de pastores, como si estuvieran dispuestos a golpearse.
Maran y Mevaser miraron sentados la tensa escena, no sabiendo si intervenir o decir algo, temerosos que si los dos hombres se enzarzaban en una disputa algún bastonazo les pudiera caer. Se estuvo así un buen rato, escuchándose el suave rumor del viento entre las hojas de los árboles cercanos. El seco crepitar de las llamas al morder un trozo de madera hizo parpadear a Bosem y Avimael y la tensión desapareció; al menos de momento. Bosem se sentó lentamente en la piedra sin dejar de mirar a su amigo y esbozar una sonrisa burlona. Avimael miró a los presentes, luego alzó la cabeza y oteó la negrura. Con resolución tomó un candil para guiarse por la oscuridad.
—Me voy al pesebre a presentar mis respetos a esa familia. Sé que hago lo correcto. El Señor nos está enviando un prodigio y soy afortunado por ser testigo de ello. La luz era buena, lo sentí a pesar del miedo que embargaba mi mente. El que quiera acompañarme es libre de hacerlo.
—¡Bah! —escupió con fuerza a la hoguera Bosem.
—¡Voy contigo! —exclamó Maran poniéndose en pie. Los dos hombres tomaron otro pellejo de vino sin abrir y un gran queso de cabra. Miraron a Bosem y se fueron alumbrando el camino con un candil y una antorcha.
—¡Eso! —gritó Bosem a los dos pastores mientras se alejaban— ¡Sed tan idiotas como los otros! ¡Llevar regalos a unos pordioseros! ¡El libertador! ¡Ja! ¡Ladrones, eso es lo que son, y vosotros unos pobres desgraciados que os creéis sus cuentos!
Mevaser se levantó de repente asustando a Bosem que calló de inmediato. El anciano miró intensamente al pastor, pero no dijo nada. Se limitó, con gestos lentos y solemnes a tomar su bastón y un zurrón con queso, pan y tortas. Miró una vez más a Bosem y con una antorcha en la mano fue tras los pasos de sus dos compañeros. Bosem le vio alejarse hasta que poco a poco sólo fue un punto de luz en la distancia y luego ya ni eso, seguramente al desaparecer tras unos árboles o la loma más cercana.
—¡Idiotas! —volvió a gritar con fuerza— ¡Eso es lo que sois! ¡Mañana me reiré de todos vosotros, cuando los romanos apresen a esos mendigos por ladrones y estafadores! Bosem es más listo que todos vosotros.
Se apretó más la manta en el cuerpo. De repente sintió más frío y no parecía que la hoguera le fuera a calentar a pesar que echara un par de ramas gruesas y secas. Maldijo su suerte y a sus tres compañeros. Ahora estaba solo, no es que le importara mucho, pero le molestaba especialmente la actitud de Avimael. Siempre había sido callado y supeditado a su autoridad. Nunca hubiera creído que le hiciera frente como esta noche.
—¡El libertador! ¡El Mesías! ¡Ja! —gritó otra vez, haciendo que los perros guardianes alzaran las orejas y husmearan por si había algún peligro en las cercanías.
Bosem se levantó y pateó con fuerza los leños de la fogata, echando a continuación arena para apagar el fuego, excepto un candil que llevaría encendido. Estaba de un humor de perros. Su carácter era agrio, pero ahora simplemente era devastador. Escupió y maldijo con fuerza, harto de todo y de todos, de los pastores de simples mentes, de los romanos, de su vida que sólo le reportaba amarguras y duro trabajo y nada de mieles y bonanzas. Su deber era guardar al ganado por la noche, pero ya no tenía ganas de cumplir con su deber. ¿No se iban esos imbéciles a ver al crío dejando atrás sus rebaños? Pues él se iría al pueblo a fornicar con una ramera y a beber vino del bueno. Después a casa, y si Meital, su mujer, le decía algo, la daría una buena paliza; y puede que también a Levana, su hija mayor, que ya comenzaba a replicarle, maldita moza, a él ninguna mujer le decía que hacer. Bosem maldijo a su esposa por darle solamente tres hijas, menuda desgracia para un padre, ningún varón robusto al que criar y educar como un hombre de verdad.
Con un silbido llamó a los perros, que acudieron con diligencia ante su dueño. Bosem les habló como si fueran personas, pues estaba convencido que sus canes eran más inteligentes que la mayoría de los hombres, y les conminó a guardar el rebaño hasta que volviera. Les entregó un poco de comida, les acarició y luego se marchó. En su duro corazón, el pastor entregaba su escaso cariño a sus perros, sus amigos de verdad. Iluminado por el candil, se dirigió hacia el pueblo con paso rápido y confiado, con la manta por encima, pues la temperatura cada vez bajaba un poco más. Con la Luna casi llena, prácticamente no necesitaba la iluminación, pero no estaba de más llevar algo de fuego por si salía alguien al paso. Bosen conocía tan bien los alrededores y la campiña que podía caminar en plena oscuridad sorteando con precisión todos los obstáculos. Mientras caminaba, no pudo evitar pensar en Avimael y los otros dos pastores. Lanzó una seca carcajada.
—Idiotas, mira que son idiotas —habló en voz alta, una costumbre que había adquirido con el paso de los años en soledad y que casi ni se daba cuenta que lo hacía— El Mesías, que nos va a liberar, dicen… ¡Pues qué nos libere de una vez! Los romanos, los sacerdotes, el rey asesino, sí, que nos libere de todo esto. Y de paso también del duro trabajo, del pasar hambre, frío o calor, de tener que trabajar de sol a sol por una miseria, de dormir en el duro suelo y sufrir enfermedades. ¡Qué me libre el Señor de todo esto! Y no un simple mocoso. Maldita sea su nombre…
Bosem caminaba furioso, notando como su cólera iba en aumento. Con el bastón golpeaba aquí y allá, a unos arbustos, a una piedra. Sentía como la rabia le hacía temblar las manos. Con sólo pensar en ese niño, su enfado aumentaba. Se volvió de repente, alzando el bastón en alto.
—¡Farsantes! —gritó a la noche— ¡Ladrones, eso es lo que sois! ¡Queréis robarme el fruto de mis esfuerzos! ¡Pues no os dejaré, pues soy más listo que vosotros, miserables! ¡Libérame de los romanos, líbrame de tener que trabajar más y entonces puede que me arrodille ante ti! ¡Ja! —escupió al suelo.
Se dio la vuelta y continuó el camino, pero enseguida se dio cuenta que no iba en la dirección correcta. Se detuvo y alzó el candil, pero no estaba seguro de donde se encontraba. ¿Habría equivocado el camino? Era imposible, conocía la zona como la palma de su mano y estaba seguro que iba en la dirección correcta, pero no lograba reconocer el terreno. Incrédulo, pero no asustado, caminó con grandes zancadas, confiado en retomar la dirección correcta, pero al cabo de unos momentos le entró la ansiedad y en seguida acudió el miedo al comprender que aunque pareciera increíble se había perdido. ¿Cómo había sucedido tal cosa? ¿Había sido su enfado tan grande que le había hecho perder el sentido de la orientación? Con el corazón latiendo con fuerza caminó más rápido, mirando a la oscuridad. Sintió que el suelo cedía bajos sus pies, o más bien, que realmente no había suelo que pisar. Cayó hacia delante perdiendo totalmente el equilibrio. Tras un breve como eterno momento, cayó entre las negras sombras hasta que se golpeó con algo duro. Rodó a un lado con violencia y se volvió a golpear. Sintió un dolor intensó en la cabeza, luces explosivas aparecieron ante sus ojos y Bosem creyó que iba a morir, hasta que el siguiente golpe le hizo reanimarse de repente.
Primero escuchó un sonoro y seco chasquido, seguido al instante de un tremendo dolor que le recorrió todo el cuerpo subiendo primero desde la pierna derecha. Gritó con espanto y dolor, tragando polvo, dándose cuenta que estaba boca abajo. Estúpido, se decía a sí mismo, se había caído por un agujero o un desnivel. Había cometido el error de un niño, echar a correr en la noche sin conocer el terreno. Algo caliente y pegajoso le caía por la frente. Se había abierto una brecha en la cabeza, sentía el dolor, palpitante, pero al menos estaba vivo y consciente. Intentó levantarse, pero el terrible dolor que como espadas al rojo vivo clavándose en su carne se lo impidió. Gritó otra vez. Se había roto la pierna.
—¡Maldita sea, maldita sea! —gritó, perjuró y maldijo al destino. La pierna derecha fracturada. Debido a la oscuridad apenas se la podía ver, pero casi la vislumbraba torcida de forma antinatural. Ahora sí que estaba en un apuro de verdad. Con un tremendo esfuerzo, apretando los dientes para no gritar por el dolor, logró incorporarse un poco y darse la vuelta, aunque eso le supuso sufrir mucho más. El más mínimo movimiento le suponía una tremenda agonía.
Bosem miró hacia arriba. Vio el firmamento estrellado y los bordes de un agujero a unos tres pasos hacia arriba. No era una gran altura, hasta un niño podría salir, pero con la pierna rota era otra cosa. No veía ninguna luz, el candil debía estar arriba, tirado por el suelo. Maldijo con ferocidad. No iba a quedarse allí parado por mucha pierna rota que tuviera. Se apoyó con las manos en el suelo e intentó ponerse en pie. El dolor casi le hizo desmayarse. Fue tal la violencia del sufrimiento, que cayó a plomo al suelo y le costó muchísimo respirar; un poco más y se muere de asfixia.
—No, no, no… —gimió angustiado cuando por fin pudo respirar aire con grandes bocanadas. Le entró el pánico. No podía moverse, por tanto, no podía salir de aquel agujero— ¡Socorro! —gritó con todas sus fuerzas— ¡Auxilio! ¡A mí, el Señor me asista! ¡Socorro!
Estuvo demandando auxilio mucho tiempo, hasta que la voz se le quedó ronca y ya no pudo gritar más. Luego vinieron los llantos y las suplicas a Dios. Bosem se daba cuenta que estaba en un apuro muy grave. Tirado en un agujero que a saber donde estaba, nadie podía escuchar sus desgarradores gritos. Además, cada vez tenía más frío y tiritaba con violencia, mientras que de la pierna le seguía subiendo un dolor intenso que aumentaba con cada mínimo movimiento, hasta por respirar un poco más fuerte.
—Señor, socórreme en esta negra hora. No quiero morir aquí, Señor… no quiero morir aquí… Sálvame, Señor, te suplico que me salves…
A pesar de sus suplicas nada ocurría, y cada vez sentía más frío y debilidad. Iba a perecer en un infecto agujero, olvidado por todos. De repente sintió ganas de estar en casa con su mujer e hijas. La perspectiva de no verlas más le hizo darse cuenta de que quería en verdad a Meital, su pequeña y regordeta mujer. Lo que daría por estar en su humilde hogar ante el fuego con un trozo de queso y de pan caliente que Meital le habría preparado. Lloró angustiado, pero luego sintió rabia.
—¡Tu! ¡El elegido! ¿No eres el enviado de Dios? Pues libérame de este agujero. Libérame de los romanos, de los impuestos, de trabajar, y también libérame de aquí, ja, ja, ja… El elegido, ja, ja, ja… Libérame. ¡Libérame te digo!
Gritó, rió, volvió a gritar y luego tosió, sintiendo nuevas punzadas de dolor que le impedían respirar. Ya le costaba mantenerse despierto. Bosem se obligó a mantenerse consciente mediante movimientos, pues así le dolía la pierna. Si se dormía, sabía que no despertaría más. El dolor le mantendría alerta.
Por el borde del agujero se vislumbró una tenue luminosidad. Bosem pestañeó con fuerza, creyendo que la visión le estaba jugando una mala pasada. No, la luz se hacía más intensa. El pastor gritó con las escasas fuerzas que poseía, no muchas, pero lo suficiente para alzar un poco la voz. La luz se hizo más fuerte y por el borde del agujero apareció un hombre luminoso.
—El Señor me proteja —exclamó con pánico Bosem.
Ese hombre, si era tal, poseía un noble rostro, hermoso, de facciones delicadas, pelo largo hasta los hombros, pero no se podía adivinar el color, pues un halo de luz dorada rodeaba la fantástica figura. Iba vestido con una simple túnica, puede que amarilla, quien sabía, porque la luz confería a la figura solamente tonalidades doradas. El hombre se acercó al borde y miró abajo. Bosem entonces pudo contemplar mejor ese rostro. Ya no estaba tan seguro si era un hombre o una mujer. ¿Qué era? ¿Un espíritu maligno, un demonio, una aparición? ¿O era Bosem quien alucinaba por el dolor, por la debilidad?
—No… —Bosem lo comprendió. Esa figura luminosa era la misma aparición de la que hablaron los pastores. Ivri había hablado de una figura luminosa que recorría los campos avisando a todos que el niño había nacido. ¿Era entonces esa cosa la misma figura luminosa de los pastores?— ¡Tu! —gritó Bosem con unas fuerzas que no creía poseer— Sé quien eres. Eres ese que va diciendo por ahí que ese mocoso ha nacido. Al parecer es el elegido de Dios para liberarnos. Pues comienza por liberarme a mi. ¡Vamos! ¡Sácame de aquí!
—¿Por qué debería hacerlo? —la figura habló con una voz suave, melodiosa, que bien pudiera ser de un hombre o una mujer. No había maldad en su forma de expresarse, ni indiferencia, tan sólo preguntaba.
—¿Qué porque? ¡Maldita sea! ¡Sácame de aquí ya, maldito impostor! ¡Libérame, te lo exijo!
—Bosem, Bosem… Estas muy equivocado. No estoy aquí para liberarte de este agujero.
—¿No? —gimió de miedo el pastor.
—No. Igual que Él no ha venido al mundo para liberarte de los romanos, ni de los impuestos, ni del trabajo, ni de tus miserias.
—¿Entonces para qué ha venido, eh? ¡Maldigo a toda tu ralea! ¡Escupo en ti, demonio! —Bosem escupió en un intento de acertar a la figura de arriba, pero aunque hubiera estado pletórico de fuerzas tampoco lo hubiera conseguido. Durante unos momentos el pastor gritó e insultó, exigiendo con fuerza que se le sacara del agujero.
Pero ya las fuerzas de Bosem eran pocas y quedó ronco. El ser luminoso estuvo quieto, silencioso, escuchando la enloquecida diatriba del pastor. Cuando Bosem terminó, agotado, de gritar, el ser lanzó un sonoro suspiro, se encogió de hombros y habló con voz suave.
—Bosem, Él ha venido no para liberarte de todo aquello que dices, sino para liberarte de ti mismo, ¿comprendes?
El pastor miró hacia arriba, resoplando por el esfuerzo que le costaba ya respirar. Tartamudeó un poco e intentó replicar, pero no supo que decir. ¿Liberarse de uno mismo? ¿Eso qué significaba? ¿Y qué importaba aquello si iba a morir en ese agujero olvidado del Señor? El ser luminoso se dio la vuelta y se marchó, volviendo la oscuridad al lugar.
—No… —gimió Bosem. Quiso gritar, pero no pudo más que emitir murmullos quedos—. No te vayas… sácame de aquí… libérame, por favor… por favor…
La voz vino de todas partes, o de ninguna, pero el pastor la pudo escuchar con total claridad.
—Pero Bosem, si ya eres libre.
El hombre atrapado lloró amargas lágrimas de desesperación. El ser luminoso le hablaba en términos que no podía entender. ¿Pero qué quería decir? Lo único que entendía Bosem es que era su fin, y no quería morir, así no…
Despertó con un sobresalto. Las llamas de la hoguera todavía ardían con fiereza y su calor había sido el causante de que Bosem se durmiera. El pastor abrió y cerró los ojos con fuerza, medio aturdido, hasta que pudo darse cuenta que se encontraba en la fogata. ¡Había sido una pesadilla! No se había levantado ni marchado al pueblo, por tanto, la caída en ese agujero nunca ocurrió. ¡Gracias a Dios! Todo fue un sueño. Bosem se rió con ganas, contento, pero muy asustado en realidad. Todavía recordaba la desesperación y al ser luminoso como si hubiera pasado en realidad. De hecho, sudaba con profusión debido al pánico sufrido durante la pesadilla. Se pasó la mano por la frente. ¡No era sudor! Era sangre que manaba de una brecha en la frente.
Bosem se levantó de la piedra con los ojos abiertos y el corazón desbocado. Tenía una brecha en la cabeza. La misma herida que se había producido en su caída al agujero. Pero la pierna no estaba rota. Desconcertado, miró a todas partes. ¿Fue un sueño en realidad? ¿O el ser luminoso le rescató, curó y trajo a la hoguera? El humilde pastor no sabía ya que pensar. Durante unos momentos sintió ganas de correr y gritar, pero poco a poco una fiera determinación fue creciendo en su mente. Tomó un candil y su zurrón y marchó a vivo paso.
Caminó rápidamente, sin miedo, con decisión. Ya no le daba miedo la noche ni los peligros que portaba. Tras una larga caminata llegó a su destino, las afueras de Belén. Allí, al borde un camino, se encontraba un pesebre profusamente iluminado, y muchas personas congregadas alrededor. Bosem se encaminó al lugar mirando al cielo. La bola de luz no estaba, tampoco vio a los supuestos tres reyes, pero a medida que se acercaba al sitio descubrió a sus amigos, sentados en el suelo tranquilamente observando una escena en el interior del pesebre. Avimael también vio a su amigo y sonrió, saludando con la cabeza. Bosem respondió y avanzó un poco más, sorteando a vecinos, pastores, campesinos y otras gentes. Su decisión dio paso a una sorprendente timidez. Delante suya se encontraba un hombre de porte noble, pero se le notaba cansancio en el rostro, aunque sus ojos eran firmes. Una joven y hermosa mujer, sentada en una silla de madera de tres patas, con los cabellos tapados con una pequeña manta, sostenía un bebe bien arropado entre sus amorosos brazos.
Bosem miró a la mujer y esta le devolvió la mirada. Sus ojos eran muy hermosos, con una infinita capacidad para amar, para mostrar nobles sentimientos, fuertes, fieros e inteligentes. El pastor vio en esos ojos el eterno y desinteresado amor de todas las madres de la Creación. La mujer, una muchacha más bien, adelantó un poco al bebe para mostrarlo. Era un crío sano, de mejillas coloradas, que sonreía. Bosem miró al recién nacido, y en sus ojos lo vio todo. Esos ojos…
El pastor, sollozando, se arrodilló y presentó sus respetos. Esa noche el duro corazón de piedra de Bosem se resquebrajó un poco; lo suficiente.
FIN
Este cuento ha sido escrito por Juan Carlos Sánchez Clemares. También lo puedes encontrar en la revista RED publicada por Editora Digital.



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