Hola, bienvenido a mi foro. Aquí encontrarás información sobre mis libros, eventos, consejos, experiencias,

avances y muchas cosas más relacionadas con mi profesión de escritor.

Soy Juan Carlos y espero que te guste lo que vas a encontrar.

lunes, 11 de enero de 2016

CRÓNICAS DE UN FRIKI XIV


CRÓNICAS DE UN FRIKI XIV

LOS PLAYMOBIL (o click); tercera parte.
De jugar con ellos a coleccionarlos.


            Llega un momento en la vida que uno pasa de niño a ser otra cosa, y es una verdadera lástima, porque en realidad no debería ser así. Aunque nuestro cuerpo crezca y la mente madure, aunque la Vida la veamos desde otra perspectiva, no deberíamos nunca dejar morir al niño de nuestro interior. A los adultos se nos olvida, casi siempre, que hemos sido niños y que esa parte de nuestra existencia no se borra, siempre está ahí. Otra cosa es que no la hagamos caso.
            Digo esto porque un coleccionista lo es por varios motivos, y en muchas ocasiones uno de ellos suele ser que lo que colecciona le despierta gratos recuerdos y le trae una suave nostalgia y melancolía del pasado que le hace sentir bien. Esos recuerdos suelen provenir de la infancia, cuando el mundo era más sencillo y luminoso, no porque los niños sean más sencillos que los adultos, sino porque son puros de mente, aún no se encuentran intoxicados por la mentira, la hipocresía, la cobardía y el cinismo que rodea el mundo de los adultos. En buena medida eso me ocurre a mí cada vez que compró o adquiero un Playmobil que formó parte de mi infancia. O cuando los estoy colocando para formar un diorama o simplemente cuando los miró o guardó en sus cajas. Y es que si bien dejé de jugar con ellos, nunca los abandoné, sino que ahora los colecciono.

Coleccionista de Playmobil

            Cuando salió a la venta la tercera renovación de la colección del Oeste de los clicks, allá por los 90 del siglo pasado, ya tenía una edad que, según los baremos actuales, no era la adecuada para andar jugando. Pero los Playmobil ya formaban parte de mi vida y no quería que salieran de ella. Es por eso que el siguiente paso a dar fuera el coleccionarlos. La tercera generación del Oeste era, quizás, la más bonita en cuanto a aspecto estético, pero no la más completa aunque pueda parecerlo viendo el catalogo que poseía. La colección de los 70 era mucho más completa y con mayor número de referencias. Lo que pasa es que, como he comentado en las otras entradas, en España no se puso a la venta toda la colección del Oeste, faltando muchas referencias que hoy en día a los coleccionistas nos vuelven locos pues son muy difíciles de encontrar. La colección de los 90 lo que traía era una novedad que impactó mucho en los coleccionistas: diferentes tipos de indios y los soldados de la Confederación.

            Antes los indios eran siempre iguales, pero en la nueva colección se podían distinguir claramente a los apaches de los otros, que bien podían ser comanches, navajos o sioux, vaya usted a saber, pero en todo caso, eran dos tipos de indios. En cuanto a los confederados, era un viejo anhelo por parte de los coleccionistas. También salieron varias referencias de diferentes tipos de carros, un nuevo modelo de salón (más grande y espectacular) y una nueva cárcel para el sheriff. Al igual que ocurrió en los años 80, la colección de los 80 convivió durante un tiempo con la de los 90 hasta que, finalmente, a medida que se fueron agotando las cajas quedaron únicamente las nuevas referencias.
            A mi me vino bien tal cosa, pues me dio tiempo a seguir comprando las cajas de los 80, aunque alguna que otra se me escapara. Pero con el paso de los años logré conseguir todas. De la colección de los 90, en el momento en que escribo esta entrada, me siguen faltando unas cuantas referencias, no muchas, pero son las más caras.

Ampliando la colección

            Cuando llegó el nuevo siglo, inexplicablemente, Playmobil dejó de sacar colecciones del Oeste o incluso novedades, y durante muchos años no se volvió a sacar más a la venta. No fue hasta 2013 que de nuevo surgió una nueva colección, con el cambio de estética en los clicks que les ha convertido en otra “cosa diferente”; esto ya lo explicaré en la siguiente entrada. Pero a los coleccionistas de mi quinta lo que nos atrae son las colecciones antiguas. Algunos únicamente coleccionan la de los 70, otros la de los 80… En fin, cada uno según sus gustos, manías o sentimientos. En mi caso, me hago la de los 70 porque fueron los clicks de mi niñez, la de los 80 porque fueron los de mi adolescencia y la de los 90 porque me convertí en coleccionista. La de 2013 ya no me llama la atención. Mis esfuerzos como coleccionista se centran en esas tres colecciones y en sus referencias, con la salvedad que ahora reseñaré. Como dato, decir que mi favorita es la colección de los 70.
            Dado que durante mucho tiempo Playmobil no sacaba nuevas referencias del Oeste, uno sentía la imperiosa necesidad de comprar playmobil para ampliar la colección. Y mi atención se vio centrada en una colección que se llamaba Special Playmobil. Eran cajas individuales, donde entraba un click con varios accesorios. Al principio no existía cierta regularidad en la venta de estas cajas, y el número de ellas que se ponían a la venta cada año variaba, hasta que finalmente la colección se centró y se sacaron doce referencias anuales divididas en dos lanzamientos de seis referencias cada uno, en primavera y en otoño. Si me fijé en esa colección fue porque cada caja era diferente, y entraban playmobil que nunca tuvieron una colección, por ejemplo una princesa egipcia o un soldado romano (que años más tarde sí tuvieron colección), o un guerrero de fantasía, o templarios, o bañistas… Vamos, que era una colección donde entraba de todo y, por supuesto, también clicks del Oeste. Indios y vaqueros, y así comencé a comprar las cajas, primero las del Oeste, y después todas las que iban saliendo porque me parecía curiosa la colección. 

            Lo mejor de esta serie es que te daba la oportunidad de ampliar tu colección. Por ejemplo, sacaron a la venta un soldado de la Unión y otro de la Confederación, con lo que comprando diez o quince de cada, cambiando pelucas y añadiendo o quitando accesorios te hacías con un destacamento. O varios indios, o varios vaqueros. También entraron bandidos que eran bastantes chulos. Cada caja era como un pequeño mundo y el precio era bastante asequible. Tuve la suerte de comenzar a hacer esa colección desde el principio, con lo que tengo todas las referencias que salieron en España (pero no todas en general, pues en cada país hubo referencias en exclusiva) y soy de los pocos, poquísimos, en tenerla completa.
 
Llegan los romanos

            Mientras ampliaba mi colección del Oeste gracias a Special Playmobil y seguía rastreando tiendas en busca de referencias antiguas del Oeste, una nueva serie vio la luz. Una colección que enlazaba con otra de mis pasiones: la Historia y la Historia de la Antigua Roma. En 2003 Playmobil ponía a la venta la tirada de los romanos, con referencias espectaculares como el circo romano, un trirreme, legionarios, torres de asedio, cuadriga, gladiadores, emperadores, etc. Obviamente, intenté resistir a la tentación, y tras cinco segundos de enconada lucha cedí al lado oscuro de la Fuerza y marché corriendo a las jugueterías en busca de todas las referencias que existieran. Me hice con todas y puedo decir que tengo la colección completa. No solamente eso, sino que además conseguí referencias de otros países que en España nunca se pusieron a la venta. Y gracias a Special Playmobil amplié la colección con guardias pretorianos, bárbaros o ciudadanos romanos. Con la mezcla de vikingos, medievales y celtas creé un ejército de bárbaros, y con la nueva serie de Egipto que salió al año siguiente las posibilidades aumentaron. Pero todo se fue al traste porque a pesar que fue todo un éxito la colección de Roma, Playmobil no volvió a sacar nuevas referencias ni a mejorar las que ya había; simplemente no hubo más. Quizás cuando pasen unos años veamos otra tirada de romanos.

            La cuestión es que coleccionando tanto los romanos como las cajas de Special Playmobil dejé de lado la del Oeste. No porque me olvidara de ella, sino porque estaba en un punto muerto. No me era posible encontrar referencias en las tiendas ni en las fábricas de Playmobil, ya que todo estaba descatalogado. Tampoco existían tiendas especializadas en Playmobil como sí ocurre en otros países, y aunque en Madrid ya tenía controladas a un par de tiendas de juguetes antiguos, su catálogo no era muy amplio y no poseían lo que buscaba. Estas tiendas terminaron por cerrar, una lástima.
            Cuando parecía que me tendría que contentar con lo que tenía y que encontrar referencias antiguas del Oeste era tarea imposible, sucedieron dos cosas que impulsaron mis posibilidades de poder completar mi colección. Una fue el descubrimiento de las ferias de Playmobil y el mundo de los coleccionistas-profesionales-vendedores de clicks, y la otra Internet y la compra venta de todo.

En el Walhalla

            Un día, mientras comía, ojeando las noticias de la tele en la sección de curiosidades, se anunció que en Madrid, en la Casa de Campo, durante un fin de semana se celebraría una feria-exposición de Playmobil. No era la primera vez que se hacía algo así. En Madrid era una cosa muy común que aficionados montaran exposiciones y dioramas, pero aquello no me interesaba mucho. Pero lo que me hizo agudizar las orejas fue escuchar la palabra “mercadillo”. ¿Cómo? ¿Qué era aquello? En la televisión no explicaron mucho más, pero encontré en un periódico local la noticia más ampliada. Se trataba tanto de una exposición como de una feria donde se vendería material playmobil en forma de piezas sueltas, cajas completas e incluso referencias antiguas. ¡Crom, Macha y Nemain! ¡Eso era lo que necesitaba! Un lugar donde poder comprar las referencias que me faltaban y además piezas sueltas para completar las referencias en las que me faltaban accesorios.

            Tampoco era la primera vez que una feria de este tipo se celebraba en Madrid. Al parecer era cada uno o dos años, en primavera, y ya llevaban unas pocas, pero como era una cosa marginal (al principio), no llamaba mucho la atención. Pero cada vez que se celebra el evento las exposiciones eran más espectaculares y la gente acudía en gran número. No solamente coleccionistas, sino también curiosos y familias enteras. Y eso sí terminó por llamar la atención de los medios de comunicación, y de esa forma me enteré y pude ir a la exposición de la Casa de Campo.
           Fue como entrar en el paraíso. Era una gran nave industrial plagada de stands donde los dioramas eran de todo tipo: medievales, del Oeste, de romanos, Verano Azul, incluso procesiones de Semana Santa o legionarios españoles desfilando. Vamos, una gozada. Y si eso era bueno, mejor eran los puestos donde se vendía de todo. Piezas sueltas, de todo tipo y de todos los tiempos, o playmobil completos en bolsas, cajas o al peso incluso. Cajas modernas, antiguas e incluso playmobil customizados (o sea, cambiados y manipulados para crear figuras que no existen en los catálogos oficiales), pudiéndote encontrar a Don Quijote y Sancho Panza en playmobil, o a Gandalf entre otros. Era una locura, no tenía ojos suficientes para mirar ni manos para coger, y mucho menos dinero para comprar todo lo que quería. Como fue la primera vez, pagué la novatada de no saber exactamente qué era lo que quería y como buscarlo de forma más optima y, sobre todo, más barata. Aún así, fue alucinante. Pude comprar montones de piezas, legionarios romanos para ampliar mi ejército y aunque no pude encontrar referencias antiguas del Oeste al menos pude completar algunas de las que ya tenía.
            Desde entonces he acudido a otras ferias, y ya he sabido comprar de forma más ordenada y concisa. El problema es que organizar este tipo de eventos no es fácil y los organizadores lo celebran ahora cada año en una ciudad diferente. Ya hace varios años que no se celebra en Madrid y espero con verdaderas ganas la siguiente feria. Hay que tener en cuenta que viene gente de toda Europa a vender y exponer sus playmobil en estas ferias. Son todo un punto de encuentro para coleccionistas, vendedores y aficionados.
            La otra cuestión que me ha hecho avanzar en mi faceta como coleccionista ha sido Internet. La red de redes ha posibilitado el contacto entre aficionados, compradores y vendedores y ha traspasado fronteras. No tienes porque comprar únicamente en España, desde Alemania me han enviado a casa referencias antiguas de Playmobil que me faltaban y a buen precio. Si bien siempre hay especuladores que abusan con los precios, es tanta la oferta en Internet que si se tiene paciencia siempre se puede encontrar a mejor precio. Pero lo mejor es que conoces gente con tus mismas aficiones y vendedores que te encuentran lo que buscas. Así me he formado un círculo de confianza de gente que me vende piezas o me busca lo que me interesa, mientras a mi vez voy consiguiendo a otros coleccionistas lo que andan buscando.
            Ya voy llegando al final de esta entrada y dejaremos para la siguiente, que será la última en el tema de los playmobil, el explicar porque dejé de coleccionar clicks modernos para centrarme en los antiguos, el cierre de la colección Special Playmobil y el cambio en la política mercantil de Playmobil que ha hecho que muchos coleccionistas dejen de comprar sus productos. Todo cambia, a veces para mejor, pero aunque así sea no tienes porque aceptarlo si crees que no te conviene.
            Nos vemos en la próxima entrada de mis Crónicas de un Friki. Hasta pronto.
            Continuará…


Si te gustan las Crónicas de un Friki, aquí tienes los enlaces para ir a la primera entrega y la penúltima. Únicamente pincha en los nombres.
También puedes leer:
Son mi iniciación en el mundo del Warhammer 40.000 y digamos una continuación de Crónicas de un Friki a partir del cierre de la tienda.



martes, 8 de diciembre de 2015

EL DÉCIMO



EL DÉCIMO

            
            Como todos los años, los parroquianos del bar “El tío Lucas” se reunieron para comprar el décimo de la Lotería. Apiñados alrededor de la barra, rieron, gastaron bromas y discutieron con el dueño y camarero, Juan, que número de la Lotería comprar. Unos decían que tenía que terminar en cinco, que era un número “bonito”, otros que en trece, aquel que en ocho, que lo había soñado, y el de más allá que en siete, que se lo había dicho una pitonisa. Guasa y rechifla, porque en realidad, en más de quince años desde que se iniciara la costumbre de comprar a medias los décimos de la Lotería nunca les había tocado nada al grupo de clientes y amigos. Pero en realidad lo importante no es que tocara, que sí, que gustaría y mucho, sino el tener una excusa para reunirse antes de Nochebuena y comer y beber algo. Si las empresas tenían sus cenas y fiestas para sus empleados en Navidad, pues ellos tenían su particular comida. No en vano se conocían prácticamente de toda la vida. Muchos incluso habían nacido en ese barrio madrileño, uno de los más antiguos y castizos, y allí seguían.
            Juan, el dueño del bar, era de todos conocidos, no era simplemente el dueño del local, sino que era un amigo, uno más del barrio, por tanto, la confianza era total. Pero en ese alegre grupo de cincuentones (más cerca de los sesenta que de los cincuenta, no vayan ustedes a creer) de barrigas plenas y satisfechas, calvas relucientes o canas solemnes, de manos arrugadas por una vida de duro trabajo, de miradas honestas y limpias existía una nota discordante, la oveja negra.
—Bueno, Benito —dijo con una sonrisa Juan mirando a la mesa algo alejada de la barra donde se sentaba Benito mareando una cerveza ya casi sin espuma y comiendo unas aceitunas (de las violás)—, ¿este año será por fin el año que te unas a nosotros en la compra de un décimo?
—Bah —exclamó con desdén Benito—. Todos los años la misma historia, cagüenendiez. Y todos los años te digo que no, que eso de la Lotería es un cuento.
—Anda, que si nos toca, no vas a rabiar tu ná —dijo uno de los amigos.
—Nunca toca, es un camelo. Un truco para sacarnos las perras.
—Lo que pasa es que aquí, el Benito, no es más que un agarraó, jo, jo, jo —se burló otro ante las risas de todos.
—Sí, sí, reíros —Benito señaló con uno de sus largos y sarmentosos dedos a la concurrencia—, pero cada año os gastáis el dinero ganado duramente, ¿y para qué? Para nada. Sois idiotas. Con ese dinero que os gastáis cada año, si lo ahorráis, os comprabais muchas de las cosas que decís queréis compraros con el Gordo de la Lotería.
—Pero Benito, hombre —exclamó alegre Juan—, que no es eso solamente. Es una forma de estar con los amigos, una bonita costumbre de la Navidad.
—La Navidad, bah, otro cuento para bobos.
—¿Cómo? —se picó uno de los parroquianos— ¿Es qué ya no crees en la Navidad?
—No en esta Navidad, toda falsa y llena de niñatos borrachos y malcriados. ¿Qué Navidades son estas? Ya no son como las de antes. Antes las costumbres eran más sencillas, pero más honestas. La Navidad se vivía como lo que era. No como ahora, no como ahora…
—Bueno, ya nos estas aguando la fiesta —se quejó Juan—. La Navidad es lo que es. Vale que ahora sea más comercial que otra cosa y que sea muy diferente a cuando éramos niños o jóvenes, pero los tiempos cambian, amigo, y hay que adaptarse.
—El cambio no siempre tiene porque ser a mejor. Pero para que discutir, copón. Mejor me marcho…
—¿Pero vas a comprar un décimo o no?
—No.
            Juan no insistió más y frotó con energía la barra con un trapo húmedo, gesto que hacía cada vez que estaba algo alterado o nervioso. Y es que Benito poseía el don de poner nervioso a todo el mundo con su agrio carácter. Benito dejó en la mesa el importe de la cerveza en monedas y salió del bar con paso lento y cansino, haciendo un leve gesto con la mano para despedirse. Atrás quedaron sus vecinos y amigos realizando comentarios, la mayoría para explicar que Benito era un tacaño incapaz de gastarse el dinero en algo como la Lotería.
            Benito era alto, casi un metro noventa, pero andaba encorvado y con las rodillas algo flexionadas, lo que le hacía aparentar ser más bajo. De pelo canoso pero abundante, patillas generosas y rostro anguloso y delgado, como todo su cuerpo. Tenía sesenta años y vivía solo en una casa en un bloque de pisos de cuatro plantas de altura, sin ascensor y con una escalera empinada que era el terror de las amas de casa que vivían en las plantas superiores cada vez que debían salir a realizar la compra. En el vecindario se le conocía como el pegamentos, porque parecía que tenía pegamento en las manos que le impedía soltar el dinero. Huelga decir que la fama de tacaño que tenía era inmensa.
            Pero Benito no era tacaño, tan sólo estaba amargado de la vida y no poseía ilusión alguna. Regentaba un pequeño taller de zapatero en una esquina del barrio, que le fue cedida por su padre que a su vez la recibió de su padre, el abuelo de Benito. A pesar de que en estos tiempos las tiendas pequeñas y los negocios familiares eran escasos, nunca le faltaban clientes a Benito. Y puesto que el local era suyo, obtenía beneficios que si bien no eran muchos eran lo suficiente para asegurarle gastos, comida, un modesto sueldo y poder ir ahorrando.
            Muchos se sorprenderían de saber el dinero que Benito tenía ahorrado en un banco, pero otros argumentarían que era lógico, puesto que al ser un tacaño nunca gastaba. Lo primero era cierto, pero no así lo segundo. Benito no gastaba no porque fuera un tacaño, sino porque nada le llamaba la atención. No poseía ilusiones, ni meta alguna más allá de abrir el taller a las ocho de la mañana y atender a los clientes. Su vida era una rutina de color gris pero que a Benito le satisfacía.
            Siempre estaba solo, aunque todo el mundo en la zona le conocía. Y tenía amigos, como los del bar de Juan, pero no era de reunirse con los conocidos y estar de francachela. Si acaso algún mus, un dominó o ver un partido del Real Madrid, de sus pocas aficiones. Los domingos a misa, y si hacía buen tiempo, quizás un paseo por el parque de la barriada o si se terciaba, por el centro de la ciudad simplemente por ver si las cosas cambiaban. Aparte de estas distracciones, la vida de Benito transcurría de su casa al taller, al bar a tomar el café o la cerveza, y a casa de nuevo. Una mujer venía dos veces a la semana y le limpiaba la casa a buen precio, y también le solía dejar comida hecha, pero Benito comía más bien poco. Y aunque nunca lo reconocería, le gustaban los menús que se servían en “El tío Lucas”. Los vecinos decían de él que era un viejo amargado, solitario y huraño que no gustaba de relaciones, pero nadie podía decir nada malo de él. Sus precios en el taller eran justos, nunca los subía y cobraba por el cambio de unas suelas lo mismo que hace diez años. Y si no tenías dinero no te cobraba al momento, sino que podías pagar más tarde. Una actitud extraña para quien se decía que era un tacaño. Pero todos sentían lástima por él, porque no era bueno que una persona estuviera siempre sola.
            Muy pocos conocían la vida pasada de Benito y el porqué de su abatimiento y tristeza, aunque realmente habría que describirlo como falta de ilusión y resignación. Ahora viejo, encorvado y arrugado, pocos podían imaginar en Benito a un mozo guapo y de pelo negro, de sonrisa fácil y picara mirada que tenía a las chicas locas de amor. Nunca le faltaron novias, y si dejaba a una enseguida tenía otra que caía rendida a sus pies. Hasta que conoció a María de los Dolores, nieta de una gitana, de pelo largo y negro como el ala de un cuervo, piel ligeramente oscura y ojos negros como la más oscura de las noches. El amor fue instantáneo entre los dos y, como mandaban los cánones de la época, se casaron por la Iglesia y se fueron a vivir juntos, dichosos y con mil planes. El taller de zapatero aseguraba a la pareja ingresos económicos y María entraría a trabajar como costurera en una fábrica donde ahora se alzaba un hospital. Fueron tiempos maravillosos plenos de luz, con dos jóvenes que se amaban con locura convencidos que la suya sería una historia de felicidad plena con altibajos, claro, pero satisfactoria.
            Hasta que llegó un invierno más frío de lo habitual en unos tiempos en que los inviernos eran ya inclementes. Y una neumonía que se complicó más de lo deseable se llevó a María en plena juventud y belleza. El mundo de Benito se derrumbó y con él las esperanzas de vivir una vida feliz. Sí, muy pocos sabían que Benito estuvo casado, pero ya no quedaba nadie con vida que supiera que no solamente murió la mujer de Benito, sino también su hijo, porque María falleció estando embarazada de dos meses. Solamente Benito cargaba con ese secreto y ese dolor, y desde aquel infausto día no volvió a ser el mismo. Pudo casarse tras el consabido luto, pero ya no había alegría o esperanza en el corazón de Benito y, por tanto, sitio para otro amor. Y Benito se encerró en la soledad y en la tristeza, en su vida y en el taller, y creó a su alrededor un muro para evitar que nunca en la Vida nada más le pudiera hacer daño. Y el tiempo pasó, y pasó, y pasó…
            Benito se apretó las solapas del abrigo con las manos y luego las metió en los bolsillos. Estaba anocheciendo y lo hacía rápido, cayendo la temperatura. Apretó el paso para llegar cuanto antes a casa y encender la estufa de gas y entrar en calor. En las calles había mucha gente yendo y viniendo a sus cosas, y coches que circulaban por la carretera principal que cortaba en dos el vecindario. Hace unos años eran pocos los automóviles, pero ahora estaban por todas partes haciendo ruido y contaminando. Aparcados en todas las aceras, encimas de ellas, provocando atascos en las carreteras, coches, coches…
            Las luces de Navidad brillaban en alegres colores de un lado a otro de las calles, y por todas partes los amigos y vecinos se saludaban y se deseaban lo mejor. Benito era creyente, y claro que creía en la Navidad, pero de una forma mucho más antigua y conservadora, tal y como le enseñaron sus padres. De todas formas, puesto que nada tenía que celebrar, tampoco es que le entusiasmara demasiado estas fechas. Es más, le ocasionaban ciertas molestias, pues tendría que cerrar el taller los festivos y se vería con días ociosos en los que no sabría qué hacer ni dónde ir.
            Caminando mientras refunfuñaba, algo habitual pero al menos había conseguido no hablar solo en la calle como lo hacía en casa, giró en una esquina y se internó por las calles camino de su casa. En esta zona el tráfico de coches ya era muy escaso, pues eran calles muy secundarias, estrechas y tranquilas. Y eso que por todas partes se podían ver carteles luminosos de tiendas de chinos, o de productos latinos, o de restaurantes turcos… Ah, como había cambiado todo desde que él era joven. Antes este barrio fue muy pobre y modesto, y duro, pues hubo mucha delincuencia, pero ahora era diferente. El barrio languidecía en una lenta pero inexorable decadencia, pero la entrada de inmigrantes había rejuvenecido la zona. Nuevas familias con nuevas ambiciones, nuevos negocios y nuevas ilusiones. Y el barrio fue adelante, subiendo y convirtiéndose en un buen lugar para vivir. Claro que todavía había cosas malas, pero era natural en sitios con tanta gente.
            A Benito ni le molestaba ni le alegraban los cambios o los nuevos vecinos, le daba todo igual. Mientras su mundo fuera igual que más daba lo que ocurriera a su alrededor. No se metía con nadie, tampoco es que ayudara mucho, pero a cambio no perjudicaba a nadie, que se le dejara en paz, eso es todo lo que pedía. Y en estas estaba, pensando en sus mismas cosas de siempre, cuando algo en el suelo le llamó la atención. Al principio pensó que era un billete, dado el tamaño quizás uno de cien euros, pero cuando se inclinó un poco, acercándose al coche estacionado, comprobó que era un décimo de Lotería tirado en el suelo, junto a la rueda delantera y en el arcén. Su primer impulso fue seguir caminando, pero al comprobar lo nuevo del décimo se decidió y lo cogió con manos ateridas por el frío. Ya era de noche y la temperatura bajaba cada vez más, de ahí que ya casi no hubiera gente por la calle. Vaya, claro que se veía nuevo el décimo, como que era del próximo sorteo de Navidad a celebrar en apenas un par de días. Algún despistado lo perdería.
—Bah, gastarse el dinero en esto para luego perderlo, que tontería…
            Se lo metió en un bolsillo del abrigo casi sin pensar y siguió camino. Un par de manzanas más y estaría en casa. Cuando llegó al portal ya ni se acordaba del décimo. Subió las empinadas escaleras (malditos arquitectos que diseñan escaleras que jamás utilizarían) despacio, vivía en el cuarto piso, pero cuando llegó al segundo escuchó voces que venían del tercero y se quedó quieto. Las reconoció al momento. Eran de su vecina, una joven que tenía dos hijas, una de ocho años y otra chiquita de apenas nueve meses, y un marido que se pasaba el día por las calles vendiendo pañuelos y chicles desde que perdiera el trabajo en la construcción. Eran latinoamericanos, quizás bolivianos, o peruanos, a Benito le daba igual, pues no se metía en los asuntos de nadie. Eran vecinos que no causaban problemas y ya. En ocasiones se escuchaban los típicos ruidos de la niña jugando, o del bebé llorando, pero eso no molestaba a Benito en nada. Para quien vivió durante muchos años al lado de un vecino borracho que cada vez que bebía le daba por imitar a Manolo Escobar o al Fary, aunque fuera de madrugada, aquello no era nada.
            La otra voz, con la que hablaba la mujer (ni siquiera sabía cómo se llamaba), también la reconoció. Era la de Genaro, el propietario de varios pisos del inmueble que alquilaba. Era un hombre algo más mayor que Benito, gordo y de cara redonda y con papada y un gran bigote. Benito agudizó el oído, aunque no era un cotilla, quiso saber de que hablaban. Genaro pedía a la mujer el pago de varios meses de alquiler, y que la situación era intolerable, había sido paciente y generoso pero debía afrontar pagos y necesitaba el dinero. Si no podía pagar, lamentándolo mucho, tendría que echarles del piso. La mujer decía que les diera algo más de tiempo, que su marido estaba buscando trabajo y que un amigo les había asegurado que para enero necesitarían gente en no sé qué sitio. Pero Genaro insistía e insistía y aseguraba que estaban abusando de su buena fe y que le obligaban a hacer algo que no quería.
            Benito gruñó de rabia en su interior. Genaro era un bufón y una mala persona. Benito le conocía desde hace mucho tiempo y sabía que era un avaro de corazón negro que ganaba dinero a base de alquileres altos y de una sastrería donde tenía a muchas mujeres trabajando a las que pagaba poco. La crisis, siempre ponía la misma excusa. La mujer intentaba convencer a Genaro y pedía un poco más de tiempo, pero Benito sabía que Genaro no se iba a ablandar puesto que ya se había visto en muchas situaciones como esta y nunca había mostrado clemencia. El alquiler que pedía por estos pisos de dos habitaciones era abusivo, y nunca los tenía en buen estado que se dijera, pero siempre evitaba las inspecciones y tenía a los inquilinos controlados.
—Por Dios, es Navidad… —fue la débil y última intentona de la mujer.
—Y cuando no es Navidad, es Semana Santa, y si no la fiesta del barrio —replicó con mal humor Genaro—. Ya he tenido mucha paciencia. Tienen quince días, si para entonces no he recibido al menos el cobro de tres meses tendrán notificación judicial y tendrán que irse.
—¿Y dónde iremos?
—Como comprenderá, señora, ese no es mi problema…
            Malditos usureros, pensó Benito, que comenzó a caminar y subir los escalones. En la televisión veía las noticias y a la gente quejándose que los bancos echaban a las personas de sus casas al no poder pagarlas, y culpaban a las entidades financieras de estos males. Pero Benito sabía muy bien que la inmensa mayoría de las casas en alquiler pertenecían a particulares, no a bancos. Madrid estaba repleta de Genaros que no dudaban en desahuciar en cuanto sus inquilinos se retrasaban un tiempo en los pagos. No eran bancos que nunca conocían personalmente a sus clientes, sino personas como Genaro los que echaban a la calle a familias o a ancianos, y sin que les importara lo más mínimo su situación actual. Cierto que algunos no eran más que caraduras que se gastaban el dinero en coches caros o viajes a todo lujo y luego no tenían dinero para el alquiler o la hipoteca, pero muchos no eran más que familias en apuros que únicamente necesitaban una oportunidad que no se les concedía porque los Genaros no lo permitían.
            Pero aquello a Benito no le concernía. Fiel a su máxima, no iba a meterse donde le llamaran. Cuando llegó al tercero vio a Genaro metiendo unos papeles en una cartera de cuero oscuro y a la mujer, pequeña y delgada, en la puerta de la casa con rostro angustiado. Genaro miró a Benito, saludó bruscamente con la cabeza y bajó las escaleras respirando muy fuerte.
—Buenas noches —dijo Benito.
—Vecino —respondió la mujer, que no debía tener ni tan siquiera treinta años.
            De repente, saliendo de detrás de la madre, hizo acto de aparición la chiquilla con alegre sonrisa, donde se apreciaba la falta de un par dientes, ya que los de leche se le andaban cayendo, y que daba a la niña la apariencia de un divertido duendecillo.
—¡Hola! —exclamó la niña con espontaneidad.
—Er… hola… —respondió no muy seguro Benito.
—¡Es Navidad!
—Sí, es Navidad…
—Cariñó, no molestes al señor. Vamos dentro…
            La madre tomó a su hija de la mano y la metió dentro de la casa mientras cerraba la puerta, pero aun tuvo tiempo la chiquilla de lanzar una última mirada alegre a Benito, que se quedó solo en el rellano de la escalera.
            Si había algo en este mundo que ablandaba realmente a Benito eran los niños. Inocentes, confiados y siempre alegres, motivaban su piedad y compasión, y le hacían suspirar al pensar cuan diferente hubiera sido su vida si hubiera tenido una familia. Con gesto resignado y cansado, Benito atacó las últimas escaleras y entró por fin a su casa.

                                                                     * * *

            La mañana del sorteo Benito se encontraba en el bar de su amigo Juan. Como todas las mañanas, solía cerrar la zapatería unos minutos e irse a tomar un café caliente con unas porras o tostadas. Allí estaba ya la televisión encendida a todo volumen, con los niños del colegio San Idelfonso cantando con sus cuidadas voces los números y los premios. Por la cara de Juan y de algunos de los parroquianos, el Gordo ya había salido y, como todos los años, no les había tocado. Juan maldecía su mala suerte, pues el premio había tocado en Madrid, y no muy lejos del barrio, pero eso, en una ciudad tan grande como la capital de España, era como decir al otro lado del mundo.
            Benito reía para su interior, satisfecho de tener razón otro año más.
—Ya te dije que es una tontería gastarse el dinero en estas cosas.
—Bah, que Cristo me confunda —exclamó Juan limpiando con furia el mostrador con su paño—. Casi cien euros tirados a la basura, ni la pedrea.
—Je, je, je —Benito sorbió lo que quedaba del café y miraba a la pantalla.
            En la televisión salieron unas personas gritando, riendo y dándose abrazos ante la puerta de un establecimiento de venta de Lotería. Eran los afortunados que poseían el número ganador. Descorchaban botellas de champan y pegaban saltos. Una rubia reportera les preguntaba que iban a hacer con el dinero y esas cosas. Un hombre puso ante la cámara de televisión su décimo premiado.
—¿Qué… qué número era ese? —preguntó Benito.
—¿Qué más te da? Si no juegas —respondió malhumorado Juan desde detrás de la barra mientras servía un café a otro cliente.
—Por curiosidad, rediez.
            Juan se lo dijo y algo emergió de las profundidades de la mente de Benito, pero al comprobar la hora y que debía volver al taller lo desechó de inmediato. Pagó y se marchó a su tienda.
            Por la noche, en casa, Benito volvió a acordarse del número del Gordo y entonces se metió la mano en el bolsillo interior del abrigo. Allí estaba. Era el décimo que se encontrara tirado en la calle. Un momento… ¿Qué número había dicho Juan que era? Se acercó al televisor y lo puso. Puesto que era la hora del noticiario, y la noticia del día, no le fue difícil encontrar el número del Gordo. El corazón le dio un vuelco. ¡No podía ser! Era el mismo número que el décimo que poseía. Benito lo comprobó hasta cuatro veces, dándose cuenta al final que por una de esas cosas de la Vida era el dueño de un boleto ganador. ¿Y cuanto le había tocado? Silbó largamente. Era un buen pellizco que, bien administrado, le daría para vivir el resto de su vida con comodidad e incluso lujos.
            Benito se sentó en su sofá, algo confundido. Podría cerrar el taller y no volver a trabajar más. Incluso viajar… Pero no, en su rutinaria y gris vida la zapatería era su ancla, su forma de vivir, no creía posible, al menos todavía, retirarse y cerrar el taller. Y bien pensado, era cierto que era mucho dinero el que le había tocado, pero, ¿para qué lo quería realmente? Ya tenía bastante en su cuenta de ahorros, y si lo que quería era tener algún lujo y viajar podía hacerlo perfectamente ahora y sin necesidad de premios. Si no lo hacía era porque no quería.
            ¿Quién iba a disfrutar de ese premio? No tenía a nadie. Su familia más cercana hacía mucho tiempo que ya había muerto. Sabía que tenía algún que otro primo, pero tras más de treinta años sin verlos a saber si tan siquiera seguían vivos. Estaba solo, comprendió de repente, tan solo y con tan pocas ilusiones que ni siquiera un premio tan estupendo como el Gordo de Navidad le causaba cierta alegría. Tristemente, comprendió que el dinero del premio iría a su banco donde vegetaría sin gasto alguno.
            Benito sintió una punzada de lástima por la persona que perdiera el décimo. Seguramente ese dinero le haría mucha más falta que a él. Aunque su mote fuera el de el pegamentos, no era un tacaño ni un avaro, y Benito tuvo la certeza que si supiera quién era el dueño del billete se lo entregaba. Pero…
            El llanto de un bebe le llamó la atención. ¿Cómo podía escucharlo? Ah, comprendió que la ventana de la cocina que daba al patio interior del edificio estaba abierta desde la tarde para que se ventilara un poco la casa. Con gesto cansino, Benito se levantó y fue a la cocina para cerrar la ventana. El niño seguía llorando. Era el crío de la vecina de abajo, la familia que tenía pendiente la amenaza de desahucio…
            El chispazo en su mente fue como el estallido de una estrella en la negrura de la noche. A su mente le vino el recuerdo de la niña graciosa con la sonrisa de duendecillo simpático y supo lo que tenía que hacer. De inmediato, rebuscó entre los cajones hasta que dio con un sobre. Metió en él el décimo y salió de casa.
            Bajó con cuidado los escalones para no hacer ruido. No quería que nadie le viera, porque si eso ocurría entonces sabía que nunca lo haría. Llegó a la puerta de la vecina, desde donde se escuchaba, aunque apagado, el llanto del bebé. Estaba dando la noche a sus padres. Benito se agachó y metió el sobre por la rendija de la puerta y el suelo. Lo empujó y adentro, el sobre desapareció. Satisfecho, se irguió y se dirigió a la escalera para ir a su casa. Entonces, a su espalda, el ruido de un cerrojo al descorrerse y de una puerta abriéndose le hizo quedarse en el sitio helado. Lentamente giró la cabeza y vio a la niña, que le sonreía y miraba. Tenía el sobre en la mano. El llanto del bebé era ahora más audible e intenso.
—¿Esto qué es? —preguntó la niña con acento gracioso.
—Eh… es para tu madre —respondió Benito—. Dáselo y cierra la puerta.
—¿Pero qué es? —insistió la chiquilla.
            Benito suspiró resignado. Se acercó un par de pasos y dijo en voz baja.
—Eso es un regalo para vosotros. Pero es un secreto, ¿vale? Entre tú y yo…
—¿Un secreto?
—Sí, un secreto. No le digas a nadie, ni tan siquiera a papá y mamá, que te he dado este sobre. Les dices que lo has encontrado en el suelo y ya, ¿de acuerdo?
—¿Por qué?
            “Eso, ¿por qué estoy perdiendo el tiempo aquí?”, pensó con fastidio Benito.
—Porque ya te lo he dicho. Es un regalo que… que… Papá Noel hace a tus padres. Soy un ayudante secreto de Papá Noel, ¿sabes? Nadie tenía que haberme visto, pero tú lo has hecho. Y si le dices a alguien que me has visto entonces os quedáis todos sin regalos porque Papá Noel se enfadará.
—¡No diré nada, señor! —exclamó la niña con los ojos abiertos como platos.
—Pues hala, para casa y cierra la puerta.
            La niña afirmó muy seria y preocupada con la cabeza y cerró de inmediato la puerta, pero la abrió rápidamente y dijo.
—Señor…
—¿Quéeeeeee?
—Gracias.
            Y cerró. Benito sonrió. Pues sí que había sido difícil.

                                                                         * * *

            Al día siguiente muchos curiosos y vecinos se acercaron al portal, y también cámaras y reporteros de televisión. Todos querían conocer a la afortunada familia poseedora de un décimo con el Gordo de Navidad. Pero era sobre todo la historia que contaban los padres lo que atrajo la atención de todo el mundo. Afirmaban que había sido un milagro, pues el boleto estaba en un sobre que su hija había encontrado en el suelo del pasillo de la entrada. Alguien lo había introducido por debajo de la puerta.
—¿Quién cree que ha podido ser tan generoso?
—¡Un alma bendecida por Dios! ¡O un ángel! —respondió emocionada y llorando la madre a la rubia reportera— ¡Qué Dios le bendiga para siempre!
            Porque la historia de la familia era de apuros intensos, y ese premio les sacaba de sus problemas y les arreglaba la vida. Cuando la niña fue preguntada como encontró el décimo, dijo.
—Lo trajo un ayudante secreto de Papá Noel…

            Pues menos mal que iba a guardar el secreto. Bueno, se consoló Benito, al menos no había dicho que era él ese ayudante secreto. Satisfecho, Benito salió del taller y caminó, como todos los días, al bar a por su café caliente. Su vida gris se vio salpicada por algo de luminosidad, pues al menos ya no era tan gris. No le importaba que nadie supiera que esa persona buena y generosa era él. ¿Qué importa la opinión de los demás? Solo importa la de uno respecto a sí mismo. Y es fácil hacer grandes acciones delante de todos y esperar las alabanzas. Lo difícil es hacer lo correcto simplemente porque sí y alejado de las miradas de todos y sin esperar nada a cambio, con tan solo un espontaneo “gracias” ofrecido de corazón como recompensa.
            Lo único que fastidiaba a Benito era el hecho que Genaro, ese ambicioso sin escrúpulos, también iba a salir ganando, ya que se le pagarían los atrasos, aunque ojalá que la familia se mudara a otro piso mejor. Ahora que lo pensaba, la próxima vez que Genaro le trajera zapatos para arreglar dejaría un clavo con la punta para adentro en el interior. Sí señor, sería digno de ver el salto que pegaría Genaro en cuanto pisara el clavo…


Si te ha gustado este cuento, seguro que te gustan estos otros:
Pincha en el nombre del cuento e irás a la entrada.

Este relato ha sido escrito por Juan Carlos Sánchez Clemares, a quien pertenecen todos los derechos de autor y de publicación. Si deseas colgar este relato en alguna página, o tomar una parte de él, antes pide permiso al autor.