LA BRUJA DE ORO.
Esto que te narro, hijo mío, es
la historia que mi padre me explicó a mí, que a su vez le fue explicado por su
padre y así sucesivamente, hasta remontarnos a épocas muy lejanas. Te cuento
esto para que aprendas lo que desees aprender y para qué, llegado el momento y
si Dios lo quiere, se lo cuentes a tus hijos.
Había una vez
una tierra rica en fértiles prados y tupidos bosques, sorteada por un poderoso
río de puras aguas y enormes recursos. Los inviernos eran suaves y los veranos
frescos en su calidez. Los frutos eran grandes y generosos. Y los animales
salvajes abundaban de tal manera, que si tirabas una lanza al azar, algo
habrías capturado cuando ésta tocara el suelo. Era una región bendecida con
todos los dones que la Madre Tierra pudiera otorgar. Un paraíso terrenal.
En esta rica y
hermosa tierra existía un pueblo llamado Bendición, cuyas gentes eran en su
mayoría granjeros o artesanos de la madera, el hierro o el cuero. Eran felices,
no podía ser menos, pues los campos labrados daban generosas recompensas y los
animales domésticos las mejores carnes, leches o pieles como nunca nadie había
visto. Y todo sin apenas esfuerzo, pues tal era la riqueza del lugar. Estas
personas se felicitaban por ser tan afortunadas y solían dar ofrendas a la
Madre Tierra como agradecimiento en forma de hermosos ramilletes de flores,
bailes u oraciones solemnes. Tal era la felicidad que reinaba.
Un día, llegó
al pueblo una mujer de vestidos negros y viejos y con un saco a la espalda.
Llegó precedida por un gran cuervo negro. La mujer era joven, pero no muy
agraciada. Una nariz ganchuda, unos ojos saltones y una piel pálida le daban el
aspecto de una bruja. Y como tal la tomaron los vecinos de Bendición. La mujer
se presentó en la plaza de la aldea y dijo así.
—Escuchad, oh buenas gentes, la
calamidad que asola a esta pobre mujer. Soy una persona que vaga de pueblo en
pueblo buscando un lugar donde vivir. En todas partes me rechazan porque no soy
agraciada. Y me acusan de brujería porque hablo con los animales y conozco
remedios para curar los males de ojos o los huesos partidos. Pero sólo soy una
pobre mujer que desea tener un lugar que llamar hogar y unos vecinos con los
que compartir una infusión y una agradable conversación. Os pido con humildad,
oh afortunados, que acogías en vuestro bello pueblo a esta desafortunada mujer.
La gente la
escuchó y se apiadó de la desdicha de la mujer, mas hablaron así.
—Pobre mujer, no tener un techo
donde cobijarse de la eterna noche. Nuestra tierra es rica y generosa. Nosotros
no vamos a ser menos. Que se quede. Pero también es cierto que es muy fea y
diferente de nosotros. Que se le dé una casa a las afueras del pueblo. Así ella
tendrá un hogar y nosotros nos evitaremos el mal trago de verla.
Y así
hicieron. Le dieron una casa sin techo y sin muebles y le dijeron que no se
entrometiera en sus vidas. Aparte de tan poca cosa, podía hacer lo que
quisiera. Los vecinos se alejaron satisfechos de haber cumplido su deber y la
mujer deshizo el saco y comenzó a arreglar el que sería su hogar.
Pasaron los
meses y la mujer construyó un tejado de paja y muebles de madera con los
árboles cercanos. En todo ese tiempo, ningún vecino vino a ayudarla o a verla,
pero la mujer estaba contenta ya que tenía un lugar donde vivir. Un día, un
niño, jugando, trepó a un árbol y se cayó de él con tan mala suerte que se
partió el hueso de una pierna. La madre lloraba pidiendo ayuda y la mujer de
vestidos negros que pasaba por allí atendió la súplica. Llevó el niño a su
casa, colocó el hueso, trató la herida, aplicó unos ungüentos de raro olor y
entablilló la fractura con suma habilidad. El niño curó a las pocas semanas sin
ningún tipo de problemas. Los vecinos se maravillaron del don de la fea mujer y
mostraron su satisfacción ante la cura, pero entre ellos susurraban que tal vez
sí fuese en realidad una bruja. Y así fue como se empezó a conocer a la mujer
que llevaba un cuervo negro en el hombro, como la bruja del pueblo.
Continuó
pasando el tiempo y los aldeanos solicitaban con frecuencia las atenciones de
la bruja, bien para sanar a un animal enfermo, bien para que curara una muela
picada, para que atendiera un parto, fabricara medicinas con hierbas y raíces o
para que protegiera los campos de pájaros. En todo ese tiempo, ningún vecino le
dio las gracias, ni pasó a visitarla o le dio un regalo como muestra de
agradecimiento. Por el contrario, más se afirmaban en su creencia de que era
una bruja y más susurraban a sus espaldas. Pero a ella no le importaba, pues
tenía un hogar donde vivir.
Y las
estaciones se fueron sucediendo. Los niños apedreaban los cristales de la casa
de la mujer y le gritaban bruja. Los adultos rehuían su presencia, pues era
repulsiva a sus ojos, pero siempre que tenían un problema acudían a ella para
que se lo solucionara. Mas como digo, nada de esto apremiaba a la mujer que era
feliz.
Una tarde de
primavera llegó al pueblo un hombre con aspecto de mendigo. Era un soldado de
fortuna venido a menos, escuálido en su hambre y con el horror pintado en su
rostro. Los vecinos al verle, pluguieron que explicara a que había venido a tan
bello lugar. El soldado dijo así.
—Soy una pobre alma, buenas
gentes, que nada posee pero que desea ser útil. Cansado estoy de mi ruin oficio
y busco un lugar donde pasar el resto de mi vida. Puedo realizar cualquier
tarea por ardua que sea y sólo pido a cambio un techo y una hogaza de pan.
Y los aldeanos
se apiadaron del soldado y dijeron.
—Da lástima este pobre hombre.
Nosotros, que somos afortunados por tener tan rica tierra, debemos socorrerle.
Pero es un mendigo y nada queremos de gente de esa calaña. Que se vaya a vivir
con la bruja. Así cumplimos con nuestro deber y nos quitamos el tener que
cargar con él.
Así se lo
dijeron y así el soldado fue a la casa de la bruja. La mujer se alegró de tener
un compañero de vivienda y le abrió sin más las puertas de su hogar. Le dio de
comer, vistió y tomó como ayudante sin pedir nada a cambio.
En las semanas
que transcurrieron, el soldado y la bruja trabaron una gran amistad. Iban
juntos a todos los lados, atendiendo las innumerables tareas que los vecinos
les imponían o paseando a luz de las estrellas. Pasaban noches hablando,
abriendo sus corazones y conociéndose de manera intima y personal. El soldado
pronto se dio cuenta del desprecio que los aldeanos profesaban por la bruja a
pesar de todo el bien que realizaba y se lo hizo notar. La mujer de negros
ropajes le contestó.
—Es porque soy fea y desagradable
a sus ojos. Pero no me importa pues soy feliz y tengo un propósito en la vida.
Y el soldado
replicó.
—Necios son por pensar eso. Para mí,
eres una persona magnifica, de bella alma y nobles sentimientos. Tu alma es
grande y hermosa, cálida y sincera. ¿Qué más da que por fuera seas o no
agraciada? Lo que cuenta es el interior de las personas. Me has demostrado tu
valía con creces y mi amistad, respeto y cariño hacia ti han aumentado con el
paso de los días. Ahora, aquí, te digo que te amo y que nada me importa lo que
digan los demás. Te seré fiel, te apoyaré en todo lo que hagas y estaré a tu
lado para siempre. Tu felicidad será la mía, y tu alegría aliviará mis
tristezas. Esto es lo que pienso y así es como lo digo.
Y la bruja
respondió.
—Ay, mi bravo soldado, que no
sabes lo que dices. ¿Cómo puedes amar a una mujer con este rostro y de cuerpo
tan horrible? No quiero que sufras por mí y deposita tu amor en otra doncella
que más lo merezca.
El soldado
volvió a decir.
—Yo no quiero a otra mujer. Te
quiero a ti. Pero no te presionaré ni te haré hacer algo que no quieras.
Esperaré a que me honres con tu amor y mientras seré tu más fiel servidor.
Y así hablaban
un día sí y otro no. Ocurrió un día que un niño enfermó y tornó muy pálido su
semblante y los padres, muy preocupados, acudieron a la bruja para que sanara
al pequeño como tantas veces había hecho con otros, pero la mujer de negros
ropajes, tras ver al crío, respondió.
—Nada puedo hacer por él, pues
temo que ha contraído una enfermedad mortal. Sólo puedo aliviar su sufrimiento.
Los padres,
ciegos de dolor, acusaron a la mujer de maligna por no querer ayudar a su hijo
y se marcharon amenazando con tomar medidas. La noche siguiente el niño murió.
Pronto otro infante contrajo la misma enfermedad, y otro, y otro más. Los
vecinos comenzaron a tener un miedo atroz y culparon de todos sus males a la
bruja. Se reunían en corrillos y comentaban lo siguiente.
— ¡Pobres de nosotros, que
acogemos a una víbora en nuestra bella tierra! Nosotros, que fuimos generosos,
ahora somos víctimas de una vil hechicería y de una maldad sin límites. Ella es
quien mata a nuestros hijos por envidia a nuestra felicidad y prosperidad.
Nunca tuvimos que darla techo.
Cuando el número
de niños muertos comenzó a ser dramático, tomaron palos, horcas e incluso algún
que otro arco y espada, y marcharon a la casa de la bruja decididos a terminar
con el mal que tan cruelmente les flagelaba. Pero en mitad del camino se
toparon con el soldado, que armado con un hacha de cortar leña, y sabedor de
los problemas que se avecinaban, hizo un esfuerzo por evitar que las cosas
tomaran un rumbo equivocado. El soldado recriminó a los aldeanos de esta
manera.
— ¡Deteneos, bellacos! ¡Qué
vuestras intenciones pronto se adivinan! ¡Volved a vuestros hogares, pues en
nada tiene la culpa esta mujer! La enfermedad que asola a vuestros hijos es
cosa de los dioses y éstos pondrán fin cuando lo deseen. Durante años habéis
maltratado a una bella persona que lo único que ha hecho ha sido ayudaros sin
pediros nunca nada a cambio, y ahora venís dispuestos a desearle mal. Es el
dolor lo que os conduce a esto, pero recapacitar y comprobareis que estáis
errando. Y si no lo hacéis, os aviso. No dejaré que la hagáis daño, pues la amo
y daría mi vida por ella sin pensarlo. ¡Volved a casa os digo!
Pero los
vecinos, demasiados furiosos y asustados, no hicieron caso a las palabras del
soldado y continuaron hacia delante. El soldado blandió el hacha y se lanzó
contra la gente. Hirió a uno, mató a otro, pero nada pudo hacer ante tanta
multitud y pronto fue herido de muerte. Un grito desgarrador surcó el aire y
todos se quedaron paralizados en el sitio. La mujer, de negros ropajes y con un
cuervo en el hombro, apareció señalando a los aldeanos. Su cara llena de furia
y dolor. Su voz como el trueno. Habló con poder.
— ¡Asesinos! ¡Cobardes! ¿Cómo os
habéis atrevido a dar muerte a un hombre tan bueno y generoso? ¡Durante mucho
tiempo he aguantado todas vuestras malicias y ruindades! ¡Pero esto se va a
acabar en este aciago día! ¡Es hora de que aprendáis una lección!
Dicho esto, la
mujer empezó a emitir una luz dorada de su cuerpo. Las ropas negras se
transformaron en vaporosos tejidos de áureos brillos. Las feas facciones se
convirtieron en el rostro más hermoso que jamás mortal pudo concebir, y el
cuervo de negras alas se reveló como una paloma de sedosas plumas. Los vecinos
cayeron postrados al suelo llenos de respetuoso temor. Pues la bruja ya no era
una mujer, sino una bruja de oro. Recriminó a los aldeanos de tal forma.
—Durante generaciones, habéis
gozado de los dones que esta tierra os ha dado. Pero lejos de convertiros en
personas de generoso talante, vuestros corazones se han tornado negros y
egoístas. Estáis llenos de soberbia y arrogancia, y despreciáis a los demás que
no se ajustan a lo que creéis es correcto. No merecéis este paraíso. Así que
tendréis lo que en verdad habéis sembrado.
En ese
instante, la paloma alzó el vuelo y sobrevoló todos los bellos campos y los
ricos bosques. De su pico caía una cascada de gotas doradas que sembraron todos
los contornos. Después, terminada la tarea, volvió a posarse en el hombro de la
bruja de oro. La hermosa mujer, por su parte, se arrodilló ante el cuerpo inerte
del soldado y habló así.
—Oh, mi hermoso
adalid. Ved en que apuro os hallo, más no temáis, que la Parca todavía no es
vuestra dueña. Que mi aliento os devuelva a mí y juntos partiremos a gozar de
nuestro amor en tierras más felices que esta.
La mujer de
hermoso rostro dio un beso en los labios del soldado y el bravo hombre se
reanimó de inmediato. Miró a la soberana de su corazón y le abrazó con amor y
pasión. La luz dorada comenzó de nuevo a surgir hasta convertirse en cegador
rayo, y la bruja de oro y el soldado desaparecieron ante la atónita mirada de
los vecinos de Bendición.
Ocurrió que en los días
siguientes un inesperado y tórrido verano sacudió las bellas tierras. Los
cultivos se angostaron, los frutos se marchitaron, los animales se marcharon y
el río, otrora poderoso, se secó. Tal fue el horrible calor que hizo. Y lejos
de terminar, continuó acosando con sus látigos de fuego a los vecinos, que
pronto vieron convertirse su antiguo paraíso en un infernal arenal.
Y es así, hijo
mío, como nuestra tierra es en la actualidad un seco desierto que apenas
produce frutos y nos hace la vida cruel y desesperante. Tuvimos todo en nuestra
mano, pero nuestra soberbia, nuestra maldad, nuestra ignorancia hizo que nada
nos haya quedado. Malditos a vivir en estos áridos parajes hasta el fin de
nuestros días. Esta es la historia, y así tendrás que contársela a tus hijos;
si es que los llegar a tener. Aprende la lección.
FIN
Juan Carlos S.
Clemares
Este cuento forma parte del libro
CUENTOS MARAVILLOSOS publicado por la editorial SLOVENTO y ha sido publicado por
Juan Carlos Sánchez Clemares, a quien pertenecen todos los derechos de autor y publicación.
Me ha gustado bastante esta obra. Aunque se parece mucho a "El Conde Lucanor" de Don Juan Manuel, respecto a que son cuentos cortos con una moraleja a aprender.
ResponderEliminarGracias, Cesar, por tu comentario. La esencia del cuento es dar una lección de moral, ética o lo que sea al lector, esa es su función principal. A través de las peripecias de los personajes se llama la atención del lector y la historia ayuda a que se asimile mejor la lección que se pretende inculcar. En realidad, se hace así desde el amanecer de los tiempos, Don Juan Manuel no lo inventó, ni tampoco lo hicieron los hermanos Grimm. Como te digo, es algo que se lleva haciendo desde mucho, pero que mucho tiempo. Me alegra que te haya gustado. Saludos.
ResponderEliminar