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sábado, 10 de diciembre de 2011

AVANCE CARNIS VORAX

Cada año, tanto en España como en el resto de la Unión Europea, se registran más de dos millares de inexplicables desapariciones de personas de diferente condición, sexo o creencias. Gente que desaparece sin dejar rastro ni sospecha sobre que motivos llevaron a dicha desaparición. No están relacionados con asesinatos pasionales, ni secuestros, ni tráfico de órganos, ni prostitución obligada… Simplemente desaparecen con lo puesto y sus familiares no saben más de ellos; en la soledad del campo o en la masificación de las ciudades. Sin testigos. Sin saber nunca lo ocurrido.

La Policía, sin pistas y sin saber que hacer, archiva estos casos como “Inconclusos”, con la esperanza de que, con el tiempo, aparezca algún dato que pueda reabrirlos y llegar a su resolución.

Nunca sucede tal cosa.

PRÓLOGO.

Madrid era una ciudad que por la noche estaba abarrotada de gente. Pero esto no era del todo cierto. Sólo las avenidas principales estaban a rebosar de noctámbulos, vividores, trabajadores o delincuentes, pero el resto era como una ciudad cualquiera; calles tranquilas, silenciosas, algunas peor o mejor iluminadas, pero todas desiertas, desprovistas de la seguridad de la multitud; donde una persona podía sentirse desamparada en mitad de la oscuridad.

Como le ocurría a Carolina. No tenía que haberse quedado hasta tan tarde en la fiesta, pero es que Jorge se ponía tan mono cuando bebía, que no pudo resistir la tentación de dejarse abrazar y tocar por su novio. Pero ahora llegaba tarde a casa por eso. Y sus padres la iban a matar; o a castigar sin salir a la calle durante un mes. No sabía que era peor.

La joven aceleró el paso. La minifalda negra se le subía más allá de lo que su decencia consideraba como normal, pero a Carolina le daba igual. A estas horas las calles estaban vacías y nadie le iba a ver las sugerentes braguitas blancas. Miró el reloj de muñeca: eran las doce y cuarto de la noche. Su padre estaría furioso, porque seguro que estaba despierto esperándola con los nervios a flor de piel.

El sonido de los tacones de las botas de Carolina resonaba en las tranquilas calles, haciendo ecos entre los altos edificios oscuros y silenciosos. El aliento de la muchacha se recortaba en el frío nocturno, pero a pesar del clima, ella notaba como sudaba por culpa de la frenética marcha. Si no se había puesto a correr era por los malditos tacones de aguja fina. Tan altos y estilizados servían para realzar la figura y poner cardiacos a los chicos, pero lo que era para andar un poco más deprisa, eran todo un engorro. No importaba, ya que sólo le quedaban un par de calles para llegar al calor de su hogar.

Su padre debía estar dando vueltas por el comedor como un gato enjaulado. La gritaría y diría que estaría castigada. Por supuesto, no podría decir que llegaba tarde porque había estado en una fiesta bebiendo, fumando y besándose con un chico; sería su sentencia definitiva. Tendría que inventarse una excusa. ¿Se le había parado el reloj? ¿La culpa era del autobús? ¿La película había terminado más tarde de lo que se pensaba? ¿Había acompañado a Marta a su casa? Ya pensaría en algo cuando estuviera delante de sus vociferantes padres.

Se echó el aliento en la palma de las manos y aspiró profundamente. El chicle de fresa ácida había logrado enmascarar el olor de los cubatas bebidos. Esperaba que la colonia hiciera lo mismo con la ropa. El alcohol —sobre todo el barato—, tendía a impregnarlo todo con su fuerte olor.

Avanzó con determinación entre los coches aparcados y cruzó la carretera. A lo lejos se veía un camión de la basura y a los operarios manipulando los cubos de los desperdicios. Estaban demasiado lejos para ver a Carolina y obsequiarla con algunos desagradables comentarios sobre sus grandes pechos o esbeltas piernas. “Son todos unos salidos”, pensó la chica mientras doblaba la esquina de su calle. La bronca iba a ser de órdago, pero se lo había pasado realmente bien y merecía la pena estar unos días castigada. Además, dentro de siete meses cumpliría dieciocho y podría llegar a la hora que quisiera.

Una figura surgió de improviso de un oscuro soportal y se cruzó en el camino de Carolina. La muchacha ahogó una exclamación de miedo y notó como el corazón se le aceleraba por la adrenalina descargada. Ya había olvidado que, en esta ciudad, había que mantenerse siempre alerta ante los depredadores. Imágenes de horribles situaciones desfilaron en su mente en apenas una décima de segundo, pero todo terminó cuando la luz de una farola cercana reveló el rostro del sujeto. Una sonrisa de alivio afloró en el bello rostro de Carolina. “Menos mal”, suspiró visiblemente reconfortada. Ya sabía ella que nada malo podría pasarle en la calle que la había visto crecer.

Una furgoneta de gran tamaño, aparcada y parada a un lado de la calle, oculta en su vulgaridad y suciedad, encendió los faros y el motor con un potente rugido que hizo estremecerse a la joven. Carolina no llegaría nunca a su casa.

CAPÍTULO I. UNA LLAMADA AL FINAL DEL DÍA.

Mató al centinela ahogándolo con un cable, rápido y silencioso. El hombre intentó luchar, pero Víctor era muy fuerte y apretó con tanta rabia que el fino hilo de metal atravesó la carne oscura de la víctima y le provocó un corte profundo por donde manó sangre. Entre agónicos movimientos de brazos y piernas el soldado murió. Víctor, sin pensar para nada en el crimen cometido, ocultó el cadáver en el espeso follaje de la selva e hizo unos gestos con la mano a los camaradas para indicar que el paso estaba libre.

Eran todos mercenarios, en su mayoría negros de diferentes tribus enfrentadas al general que ostentaba en esos momentos el poder en esa nación africana, tan acostumbrada en los últimos años a golpes de estado, sangrientas guerras civiles y limpiezas étnicas causantes de decenas y decenas de miles de muertos ante la pasividad de las llamadas naciones ricas y democráticas, que miraban hacia otro lado sencillamente porque allí no existían beneficios. No todos eran negros, los había blancos, un griego y un ruso, e incluso un turco, pero todos eran lobos de la guerra, duros y crueles, luchando en las guerras de los demás por dinero; mejor dicho, por mucho dinero.

Víctor ya llevaba actuando como mercenario en África al menos dos años, y había obtenido muchos beneficios, pero ya comenzaba a hartarse de los interminables conflictos, los horrores que traían y que azotaban a esta parte del continente negro y más de una vez había pensado en dejarlo todo y volver a España, retomar su vida. Solo se lo impedía su sentido del deber y del honor, ambos empeñados y pagados por el adversario político del general.

Camuflados tanto por los uniformes como por el entorno selvático, los soldados avanzaron lentamente hacia el poblado, donde se suponía hallarían un destacamento fuertemente armado y el premio gordo: una de las hijas del general, originaria de dicha aldea. Si lograban capturarla sería un valioso rehén y una baza que daría considerable ventaja a M’Botu, el enemigo del general. El día comenzaba a despuntar y la claridad iba desterrando las sombras, haciendo peligrar el avance de los mercenarios, pero para cuando ya terminó de amanecer los mercenarios cayeron sobre el poblado con hoscas miradas y crueles sonrisas.

Los centinelas encargados de vigilar ya habían sido eliminados y durante el trayecto hacia el centro del poblado, atravesando chozas de barro y caña, hasta el hospital-escuela-ayuntamiento, único edificio de piedra y cemento del poblado, no se toparon con más soldados. Previamente repartidos en grupos, los mercenarios tomaron posiciones y dieron comienzo al asalto. Víctor, que marchaba con un sub-fusil de gran calibre, iba el primero, entrando por la puerta principal apuntando con el arma y vigilando atentamente las ventanas. No vio a nadie en recepción y se preguntó donde estarían los soldados y porque no habría centinelas, pero aquello parecía despejado de enemigos; algo no marchaba bien.

Como para llevar la contraria a sus pensamientos, un soldado emergió por una puerta lateral con una ametralladora colgando del hombro y en su rostro apareció un gesto de estupor al contemplar los hombres armados. Fue a gritar, pero Víctor disparó y el proyectil impactó en la cabeza del soldado, reventándola y esparciendo sangre y restos de cerebro en todas direcciones. Perdida la cautela, pero con la sorpresa de su parte, Víctor, el ruso, de nombre Karamazov, y tres mercenarios entraron en la sala principal dispuestos a todo. Fueron recibidos con disparos de dos soldados, que hirieron de muerte a uno de los negros mercenarios; el resto se dispersó para buscar refugio detrás de muebles, sillas o mesas. Detrás de un archivador, Víctor pudo apreciar que los soldados se encontraban tras el marco de una puerta que daba a otra sala, a salvo tras las paredes y disparando una lluvia de balas con la intención de mantener a raya a los atacantes.

El ruso gritó algo y se puso en pie abandonado la mesa en la que se refugiaba. Víctor apoyó con sus disparos el avance de su compañero mientras que el ruso, sin dejar de gritar, abrió fuego con su fusil de asalto contra la puerta donde se ocultaban los soldados. Los proyectiles abrieron en las paredes huecos del tamaño de un puño y atravesaron los cuerpos de los soldados causándoles grandes destrozos y la muerte, excepto a uno, que cayó al suelo con la pierna derecha arrancada de cuajo por una bala de la potente arma. El hombre gritaba espantosamente mientras alzaba el horrible muñón por donde salían chorros de sangre.

Los mercenarios corrieron a la puerta y entraron al asalto en la siguiente sala, pero allí no había nadie más.

— ¡Hay que taponar la herida de este hombre! —gritó Víctor en inglés mientras intentaba poner su propio cinturón en el muslo del herido para cerrar la hemorragia.

— ¿Y porque íbamos a hacer tal cosa? —preguntó un negro enorme, de cabeza afeitada y al que le faltaba un ojo que se tapaba con un parche de cuero negro.

—Porque nos puede dar información, por eso. Ahora cierra la puta boca y tráeme algo que nos sirva como vendas.

El gigantesco negro se encogió de hombros pero hizo lo que se le ordenó, rasgando del muerto trozos de la ropa que luego pasaba a Víctor para que este los aplicara a la herida. El soldado seguía gritando y removiéndose, así que el ruso tuvo que sujetarle de los brazos. Mientras tanto, el resto de mercenarios ya habían tomado el edificio y constatado que allí no había nadie. Siendo líder del grupo, Víctor recibió los informes y de nuevo volvió a pensar que las cosas no eran como se había pensando en un principio. ¿Dónde se encontraba la escolta de la hija del general? ¿Y la mujer? Terminada la tarea de auxiliar al soldado, Víctor contempló su obra y pensó que no ayudaría en nada al desdichado, que moriría por la grave hemorragia, pero al menos había ganado algo de tiempo. En el dialecto local, que Víctor hablaba con relativa fluidez, preguntó por la hija del general.

El soldado no dejaba de gritar y el ruso, harto ya, le propinó dos sonoras bofetadas. Víctor, también algo impaciente, volvió a preguntar en tono duro y amenazante.

— ¿Dónde está la hija del general Natonga Bulu? ¿Dónde están el resto de los soldados? Habla y te llevaremos con nuestro médico para que te curen.

— ¡Mi pierna, por mis ancestros! ¡Mi pierna!

— ¡Te cortaré la otra si no me cuentas lo que quiero saber, desgraciado! ¡Habla o te dejo morir aquí!

— ¡La hija del general se fue hace dos días! ¡Con ella se marcharon el resto de los soldados! Quedamos aquí unos pocos para vigilar la aldea por unos días. Ah, por piedad, no me dejen morir.

Víctor se incorporó furioso y lanzando maldiciones. Así que la hija del general se había marchado hace dos días. Habían asaltado una aldea en la que el objetivo ya no se encontraba en ella, perdiendo recursos, tiempo y hombres en el ataque. No podía creer que el comandante N’Agora no supiera que la mujer había abandonado la zona, y como no podía creer en tal cosa, ¿entonces para qué demonios habían iniciado un ataque al poblado?

—Mantened la posición y permanecer alertas —ordenó Víctor a los mercenarios. Marcharía a ver ahora mismo al comandante para que le explicara el porqué de la actual situación; pidió al ruso que le acompañara. El negro del parche, tranquilamente, sacó de la vaina que le pendía a un lado de la cintura un enorme machete y mató a golpes al herido en medio del crujir de huesos y los gritos de piedad del soldado.

No fue llegar al exterior del edificio cuando escucharon disparos, el tableteo de ametralladoras y gritos de pánico y dolor. Víctor salió con el arma preparada, por si estaban sufriendo un ataque por soldados leales al general, pero no era nada eso. Los mercenarios estaban sacando a los habitantes del poblado de las chozas entre empujones, patadas y golpes con las culatas de los rifles, y luego les disparaban en las cabezas o tripas, o los acuchillaban con los grandes machetes amputándoles brazos o piernas, o las dos cosas. Unos llevaban a rastras a mujeres a una mísera cabaña para violarlas repetidas veces, otros tiraban recién nacidos al aire y jugaban a dispararles y ya empezaron a arder varias casas. Muchos mercenarios comenzaban a tomar pastillas para drogarse junto con alcohol del barato y reían sin control mientras miraban a los prisioneros con ojos inyectados en sangre y cruel mirada, dispuestos a cometer atrocidades y divertirse de paso.

— ¡Por Dios bendito! —rugió Víctor mientras andaba más deprisa hacia la zona del poblado donde sabría se hallaría el comandante— ¿Qué está pasando aquí?

—Estos malditos negros —habló Karamazov en inglés con su marcado acento—, ya están con sus revanchas tribales. No van a dejar a nadie vivo —el ruso se encogió de hombros siguiendo a Víctor en su carrera— ¿Qué podemos hacer nosotros? Nada, no hagas el tonto.

Víctor no respondió y apretó con fuerza el fusil de asalto. Mucho tuvo que luchar para contener las ganas de disparar contra sus propios compañeros, porque a medida que se iba internando al centro del pueblo las escenas de horror iban aumentando. Grupos de niños, de cabezas rapadas y por ropa un trozo de tela de color indefinido, eran obligados a ponerse en fila y un mercenario, tranquilamente, les iba disparando con una pistola en la sien; las niñas serían violadas y luego asesinadas. Los hombres y viejos eran asesinados sin más o quemados vivos, o torturados.

Dos camiones y un jeep se encontraban en la mísera plaza de la aldea, y varios soldados custodiaban al comandante N’Agora, hijo del enemigo del general. En estas tierras antiguas y oscuras no existían lazos más inquebrantables que los de la sangre, por eso los familiares solían ocupar los puestos de mayor responsabilidad o importancia. El comandante, a su vez, poseía su propia guardia personal, soldados escogidos por su imponente físico, habilidad en la lucha y ningún escrúpulo a la hora de matar. También contaba entre sus leales a varios niños y adolescentes, convertidos en soldados y embotados sus cerebros por las drogas y los excesos, pero que morirían por N’Agora si este se lo pidiera. Víctor se acercó al comandante con decisión y los soldados le dejaron pasar, ya que sabían que N’Agora le tenía en estima y le permitía ciertas confianzas. Karamazov, no obstante, tuvo que quedarse unos pasos atrás.

El comandante se encontraba de pie en el interior de una choza con techumbre de caña pero sin paredes, y tenía un enorme mapa de la zona desplegado sobre una vetusta mesa de madera negra. Estaba organizando grupos para batir toda la selva y encontrar a la hija del general; era un sabueso que no daba por perdida la presa. Los gritos, alaridos y disparos no perturbaban a N’Agora, acostumbrado a estas atrocidades por verlas normal y justas. ¿No era acaso el deber de su tribu exterminar a los enemigos? A no más de veinte pasos se estaban ejecutando a unos cuantos aldeanos, menos a un par de muchachas de rostros angustiados que no cesaban de llorar y gritar; no tendrían más de veinte años y habían sido seleccionadas por N’Agora para que le calentaran el lecho esa noche, luego se las entregaría a sus hombres para que hicieran con ellas lo que quisieran.

—Ah, español —dijo el comandante en inglés cuando vio a Víctor—, buen trabajo, buen asalto, apenas un par de bajas, ¿sí? Bueno, muy bueno.

—Comandante —saludó Víctor al estilo militar muy respetuoso. De repente ya no se encontraba tan seguro de su acción, pues se encontraba rodeado de no menos de veinte leales a N’Agora, todos ellos feroces y carentes de piedad, ni con sus enemigos ni entre los suyos.

—La hija de nuestro enemigo escapar, ¿sí? Me dicen que por la selva. Español, tu eres el mejor, tu ir a buscarla, ¿sí?

—Señor, si el objetivo no se encuentra en el poblado, ¿por qué matar a los habitantes?

—Porque son el enemigo; son nuestros odiados enemigos, ¿sí? Ellos matar a mi gente, nosotros matarlos a ellos, solo que no dejar a nadie vivo para que más tarde busquen venganza —N’Agora sonrió ferozmente mostrando una dentadura perfecta y blanca— Y mis hombres podrán divertirse un poco, mucho tiempo en la selva, ¿sí?

— ¡No! Esto está mal y no lo puedo permitir… —Víctor calló ante el ruido de pistolas y ametralladoras apuntándole directamente. Había ido demasiado lejos y los soldados le podían matar allí mismo por dirigirse al comandante en ese tono. Supo que, o media bien las próximas palabras, o no salía vivo.

—Español, tú me caes bien, pero nadie me habla de esta manera. Tu no saber que así son las cosas, ¿sí? Hacer lo que se te dice, estar con nosotros o contra nosotros. Tú decides.

—A mi no se me pagado por esto —replicó Víctor muy airado. Un par de soldados amagaron con disparar, pero N’Agora les detuvo con un gesto de la mano y rió con ganas.

—Ah, entiendo, claro, tu luchar por dinero. Es justo, tu cobrar por matar, ¿sí? El doble por matar y el triple si capturas a la zorra.

Víctor meditó un momento para decidir su curso de acción. Desde luego que no iba a unirse a la matanza, pero sabía que una negativa le valdría un disparo en la cabeza o algo peor. Miró a Karamazov, pero el ruso se volvió a encoger de hombros como diciendo que con él no iba la cosa, pero Víctor no dudaba ni por un momento que Karamazov le apoyaría en lo que fuera que hiciese, porque los dos compartían una amistad forjada en la miseria, los avatares de la guerra y el salvarse incontables veces la vida. Se volvió hacia N’Agora y dio su conformidad con un movimiento de la cabeza. El comandante rió y ordenó que trajeran a una de las dos muchachas. Un soldado trajo a la chica arrastrándola por el pelo; la infeliz se debatía y chillaba, pero no le sirvió de nada.

—Bien, español, entonces puedes empezar. Mata a esta mujer y luego vete a buscar a la hija del general, ¿sí?

La sonrisa de N’Agora se ensanchó más y Víctor sacó la pistola de la cartuchera con cuidado, consciente de que los soldados no perdían de vista ni uno solo de sus movimientos. La muchacha le miraba con sus ojos negros muy angustiada, le temblaba el cuerpo de manera incontrolable y gruesas lágrimas le surcaban su rostro de ébano.

—Por favor… —suplicó en perfecto castellano— No me mate, por favor…

— ¿Qué? —dijo Víctor muy confuso.

—No me mate…

Se despertó sudando y se incorporó aturdido y sin saber exactamente donde se encontraba. Tuvo que permanecer así un rato mientras la pesadilla se iba diluyendo en el olvido y la memoria acudía a él. Estaba en su casa y todavía no había amanecido, la boca la tenía seca y los malos sueños de nuevo le habían vuelto a fastidiar una noche de descanso. Miró el reloj despertador que marcaba con sus números fluorescentes las 5:45 de la mañana. Todavía era muy temprano, pero intuía que ya no volvería a dormirse. En fin, al menos no llegaría tarde a su cita con su compadre. Maldiciendo, Víctor echó las mantas a un lado y abandonó la cama.

***

­­­­­­­­­­­­ Víctor apuntó con la pistola automática a la diana situada a más de quince metros y disparó con seguridad. El tiro fue preciso y pegó casi en el centro del corazón del dibujo de una figura humanoide.

—Joder —blasfemó Manolo ante la exhibición de puntería de su amigo. Ya había perdido la partida y le tocaría pagar las cervezas y la cena de una futura noche de diversión.

Ambos hombres estaban en un campo de tiro en las proximidades de un pueblo llamado Griñón, situado a unos treinta kilómetros de Madrid. El lugar, un descampado enorme cercado por una valla metálica, con un pequeño aparcamiento y un bar, se encontraba desierto, pero era el sitio ideal para practicar con pistola, escopeta o fusil. Una gran colina de tierra de más de diez metros de altura y cuarenta de largo, situada tras las dianas, impedía que los proyectiles pudieran causar algún daño. Era un campo de prueba donde los policías, guardias civiles o de seguridad, venían a entrenar y el acceso a él estaba restringido. Víctor no era agente, era detective privado. Manolo era sargento de la Guardia Civil.

—Bueno, chaval —comentó Víctor con humor—. Te toca pagar ¿Otra ronda de disparos? —Víctor sacó el cargador vacío de la automática de nueve milímetros y cargó uno lleno con pericia y rapidez. Con sus treinta y cuatro años, Víctor era un hombre en su plena madurez. Un metro y ochenta centímetros de altura, noventa kilos de músculo y nervio, ojos grises acerados, pelo negro corto peinado hacia atrás y con entradas a los lados, frente ancha y rasgos suaves. Todo en él indicaba que le gustaba cuidar su aspecto físico y practicar el deporte. Mas el detective también atendía otra parte de su persona que le gustaba mucho más: su inteligencia. A pesar de que hacía una mañana soleada y relativamente caldeada, portaba botas, pantalones vaqueros y jersey liso negro. Siempre vestía de negro, tanto si hacía frío como calor. Era muy malo a la hora de combinar colores, hasta que un día descubrió que, teniendo siempre ropa oscura en el armario, daba igual lo que sacara para ponerse que siempre le quedaba bien. Miró a su amigo con sorna y dejó la pistola en el suelo; con la recámara hacia arriba en el suelo y el seguro puesto—. No me digas que ya te has rajado.

—Vete a la mierda, cabronazo; y eso que según me has dicho has pasado mala noche —maldijo Manolo con buen humor. Sabía que otra ronda lo único que lograría hacer sería que volviera a perder. La puntería de Víctor era endemoniada; rara vez fallaba el blanco. Sería un tirador de elite del ejército o la Policía si no hubiera tenido problemas en el pasado y más adelante se hubiera convertido en detective privado. Manolo, al contrario que su compañero, era de piel negra, pero su familia llevaba ya algunas generaciones aposentada en España y de su pasado sólo quedaban algunos recuerdos de madera oscura africana colgados en el comedor de su casa. Manolo disfrutaba de una buena vida que se enriqueció con la llegada de su hijo hacía ya un año. Vestía con prendas deportivas muy holgadas de color azul suave.

— ¿Recogemos entonces? —Víctor se palpó el estomago— Tengo hambre.

—Mejor que sí. Luego me tengo que ir a trabajar. ¿Nos tomamos algo en el bar de mi barrio?

—Bueno, por qué no.

Los dos hombres recogieron las armas. Manolo se la guardó en una funda apropiada y después metió todo en su amplio monedero. Víctor tomó la suya, sacó el cargador y vació la recamara. Nunca guardaba la pistola cargada, y sólo la llevaba cuando intuía que su vida podía correr peligro. Era ilegal que un detective privado portase armas en España —al contrario que en otros países—, pero el oficio de un investigador a veces se tornaba peligroso. Pero lo cierto era que Víctor nunca había tenido necesidad de usar la automática. Manolo hurgó en su mochila de deporte y sacó una caja blanca que lanzó hacia Víctor. El detective la cogió al vuelo con pericia y observó su contenido. Eran balas del calibre nueve y medio.

—Toma, más munición. Te tiene que durar al menos tres meses. No te la gastes toda de un golpe, que sé que te gusta mucho practicar.

Víctor dio las gracias a su amigo y se guardó la caja en su mochila; negra, por supuesto. Nunca preguntaba de donde sacaba la munición, pero sabía que su amigo se jugaba la carrera, e incluso la cárcel, si algún día le pillaban. Casi todo el material se lo proporcionaba Manolo; la pistola —presumiblemente de algún delincuente—, las balas, esposas, una porra eléctrica, incluso botes pequeños de gas para defensa personal. Manolo tenía muchos y muy buenos contactos, no sólo en el cuerpo de la Benemérita, sino también en el Ejército, donde sirvió como profesional durante cinco años en la Legión. Un negro entre legionarios. Víctor sacaba muchos chistes a costa de eso.

Los dos hombres eran amigos desde hacía mucho más tiempo del que ambos recordaban con exactitud. A veces la vida les separaba durante meses —e incluso años—, pero siempre tendían a reunirse de nuevo. Su amistad se basaba en una confianza total y una lealtad a prueba de cualquier cosa. Podían no estar de acuerdo en todo, pero siempre se apoyaban y respetaban. Su amistad era un bálsamo para ambos y los dos lo sabían. Y lo apreciaban como lo que era: un privilegio.

—Voy a pagar el alquiler de las dianas —dijo Manolo dirigiéndose al bar. Víctor fue a protestar, pero Manolo lanzó un taco malsonante y atajó la discusión. El detective agradeció en silencio la invitación. La verdad era que andaba mal de dinero; no, mejor dicho, no tenía dinero. Cosas como tomar un refresco o irse a cenar eran lujos que rara vez se podía permitir. Su éxito profesional y sus remuneraciones no eran muy buenas que dijéramos, y ya llevaba muchos meses teniendo una mala racha en cuanto a trabajo. Alejando de la mente tales pensamientos, tomó las dos mochilas y fue tras Manolo.

Pagado el alquiler de los blancos y las cervezas consumidas, volvieron a Fuenlabrada —donde vivía Manolo—, en el coche familiar del guardia civil. Escuchando música funky, Manolo preguntó a su amigo que tal le iba el negocio. Víctor, con un resoplido de resignación, le contestó que mal.

— ¿Qué vas a hacer esta tarde? —volvió a inquirir Manolo con una risita. Víctor ya intuía que tocaba charla, pero respondió de igual forma.

—Clases de alemán e Informática. Como no tengo ningún caso, supongo que después iré al gimnasio.

—Ahí lo llevas. Vamos, que no tienes nada que hacer. ¡Joder! ¿Y para qué quieres hablar más idiomas? Si ya hablas seis.

— ¿Vas a volverme a decir que tenía que haberme metido a Policía?

— ¡Sí!

—Venga ya. Ya hemos hablado mucho sobre esto. Ya sabes que no puedo ser policía por mucho que tu digas que tienes contactos que borrarían mi expediente. Siempre me repites lo mismo.

—Y no me cansaré de repetírtelo todas las veces que haga falta —Manolo maldijo en voz alta. No llevaban ni diez minutos y ya se habían topado con el primer atasco de coches a la salida de Humanes. Redujo la velocidad hasta detener el automóvil.

—Paciencia. Es así todos los días.

— ¡Paciencia y un huevo! A ver cuando cojones hacen algo aquí. A lo que iba. Tío, mírate. Ni un puto duro y más solo que la una.

—Pero es lo que me gusta…

— ¡Y a mí me gustan las mujeres y no me las puedo tirar a todas porque estoy casado! —Manolo dio un bocinazo a los coches de delante. Lo único que logró fue caldear aún más el ambiente entre los impacientes conductores. De la guantera extrajo unas gafas oscuras para el Sol y se las colocó antes de continuar hablando —. Mira, yo sólo te digo que no puedes seguir así. ¿O me vas a negar qué te gusta realmente lo que haces?

—No…

— ¡Claro que no! Seguir a putas que engañan a sus maridos o a maricones que se la pegan a sus mujeres con otros tíos es una mierda. Tú vales más que eso. ¿Cuál fue tu último caso?

—No me apetece hablar de ello —Víctor desvió la mirada a la ventanilla de su lado. No le disgustaba esta clase de conversación con su amigo, sólo le cansaba por repetitiva. A unos metros de distancia, unos obreros levantaban la acera con martillos hidráulicos; la explicación al atasco. Manolo golpeó con el dedo en el hombro a Víctor.

—Oye, mírame cuando te hablo.

—Cuando te quites las gafas, que pareces un chulo de playa.

Los dos compañeros rieron con ganas y camaradería. Manolo lanzó un grito de júbilo. Los coches se movían. Tres minutos después volvieron a pararse; un obrero con chaleco reflectante naranja y con un cartel de STOP les detuvo. El guardia civil se acordó de los padres del hombre.

—Paciencia, capullo. Ellos no tienen la culpa.

—Pero están ahí, que se jodan. Se nos hace tarde y no vamos a poder ir al bar, joder. Que me cuentes tu último caso. ¿Crees qué se me ha olvidado?

—Ya veo que no —Víctor resopló resignado. Si no se lo contaba no le iba a dejar en paz, pero ya sabía que Manolo diría “Vaya mierda”—. Unos padres me contrataron para averiguar si su hija se prostituía o vendía drogas.

— ¡Ja, ja, ja, ja, ja! —Manolo golpeó divertido el volante— ¡Vaya mierda! ¡No me jodas! ¿En serio? ¿Y qué era?

—Ninguna de las dos cosas. Se lió con un tío veinte años mayor que ella, rico y que le pagaba todos sus caprichos.

— ¡Ja, ja, ja, ja! Vamos, una puta.

—No es lo mismo.

—Sí.

—No.

— ¡Qué te calles, coño! ¡Ya estás defendiendo a los pobres! ¿Ves lo qué te digo? ¿Eh?

Víctor cruzó los brazos sobre el pecho. Señaló a su amigo con el mentón que el obrero les daba vía libre.

— ¿Eh? Ah, sí. Ya va, ya va, joder. Ahora con prisas.

Ya no volvieron a detenerse hasta entrar en Fuenlabrada, una de las muchas ciudades-dormitorios que poblaban la periferia sur de Madrid; modernas y con todas las utilidades posibles: transportes públicos, carreteras que enlazaban de un lugar a otro, parques, universidades, hospitales… Maravillosas en su igualdad de condiciones y vulgaridad urbanística. Manolo enfiló con el automóvil por una de las arterias principales del tráfico de la ciudad.

—Mira, chaval —continuó hablando Manolo—. Lo que digo es que eres un tío inteligente, culto… ¡Estás de mogollón preparado, joder! No deberías estar perdiendo el tiempo haciendo de detective.

—Para mí sería perder el tiempo ser policía.

— ¡Venga ya! ¿Me vas a negar qué haces realmente lo que quieres?

—Bueno… —Víctor se mordió el labio inferior de rabia, sólo porque Manolo tenía razón. Le gustaba su trabajo, adoraba ser detective, como su gran héroe de ficción, el increíble Sherlock Holmes, pero la realidad era muy distinta de la fantasía. Todo el romanticismo, la aventura, la emoción, moría en sus largas vigilias fotografiando mujeres adúlteras o hijos alcohólicos. En los años que llevaba ejerciendo la profesión sólo había aprendido una cosa: que la infidelidad matrimonial era una constante. Que lejos estaba todo de sus sueños. ¿Pero iba a abandonar porque las cosas no transcurrían como a él le gustaba? No, su idea era seguir adelante, labrarse un nombre y relanzar el oficio de detective privado. Pero había veces que se cuestionaba todo lo que hacía y porque lo hacía. Manolo intuyó que el silencio de su pasajero era un debate interior producido tal vez por sus palabras. Puso la mano en el hombro de su amigo y comentó con voz suave.

—Tranquilo, amigo. Perdóname. Ya sabes que me preocupo por ti.

—Lo sé, no pasa nada.

—La verdad es que te tengo envidia.

Víctor miró a su colega con asombro. ¿Qué le tenía envidia a él? El guardia civil llegó a su barrio y dio un par de vueltas a la manzana para aparcar. Poseía una plaza de garaje, pero como tenía que irse a trabajar después de comer, quería tenerlo más a mano. La verdad es que por lo que tardó en ubicar el coche, hubiera ganado más tiempo en dejarlo en el parking.

— ¿De verdad me tienes envidia? —preguntó Víctor cuando los dos se bajaron del vehículo.

— ¡Coño! ¡Pues claro que sí! Haces lo que quieres y eres fiel a tus sueños. Que no me guste tu trabajo no significa que no me guste tu actitud. Eres un luchador, tío. Y eso lo respeto.

—Vaya, gracias.

—Cojones. Hala, a comer. Ya tomaremos una cerveza en el bar otro día.

Durante el trayecto del coche al portal, Manolo compró en el quiosco el periódico del día y un fascículo del coleccionable “Cine de aventuras” que se hacía desde algún tiempo. En la puerta del portal se encontraron con un vecino y durante unos minutos estuvieron hablando de la familia, el tiempo y cosas del trabajo de cada uno. Tras la cortesía (que a Víctor se le antojó interminable), el vecino se marchó y Manolo pudo por fin entrar a su casa tras subir los escalones hasta la primera planta.

En el interior del confortable piso estaba su mujer Agneiszka con el pequeño Daniel en brazos. La mujer esbozó una sonrisa y saludó con efusividad a los dos hombres, en especial a su marido. Agneiszka era de nacionalidad polaca, de piel muy blanca, pelo rubio y ojos azules. Todo contraste con Manolo, pero ambos se querían con locura y habían logrado superar muchos prejuicios; no de ellos, si no de los demás. Fruto de su amor era Daniel, un crío hermoso de tez cobriza, pelo oscuro y ojos azules. Un futuro rompecorazones, en palabras de su orgulloso padre. Víctor pensó que Manolo estaba equivocado. Si había alguien que tuviera envidia, ese era él. Porque su amigo tenía todo lo que anhelaba en secreto: una familia y un hogar, alguien que te quiere y estaría a tu lado siempre.

El resto de la tarde fue muy tranquila y agradable, y Víctor se relajó en compañía de sus amigos.

***

Cuatro horas más tarde y tras agradecer a sus amigos la buena comida, Víctor estaba en el tren de Cercanías viajando rumbo a la estación de ferrocarriles de Atocha en Madrid. El vagón estaba a rebosar de personas que salían o iban a trabajar, pero como Fuenlabrada era la primera estación de la línea, el detective se pudo sentar. No así los viajeros que subieron en las siguientes paradas. Víctor tenía coche, pero no acostumbraba a sacarlo excepto en contadas ocasiones o para utilizarlo en sus casos. Era un pequeño utilitario color gris oscuro de lo más corriente para no llamar excesiva atención. Pero cuando no estaba trabajando, dejaba el vehículo quieto y tomaba el transporte público, infinitamente más económico.

Su móvil empezó a sonar con la melodía de “Star Trek” que se bajó por Internet como buen aficionado a la serie que era. Miró la pantalla y esbozó una sonrisa: era Santiago.

—Hola, granuja —saludó tras descolgar el teléfono—. Hacía tiempo que no me llamabas.

Muy buenas, Víctor. ¿Qué tal, hombre?

—Bueno… Oye, estoy en el tren. En cuanto pase por el túnel se irá la cobertura.

Vale, seré breve. Te llamaba para ver si quedábamos un día de estos para vernos y tomarnos algo.

—Estupendo. ¿Qué tal el miércoles?

¿Qué tal el jueves?

—Vale. Te llamo y confirmo. Mira, ya entra el tren en el túnel.

Venga. Nos vemos. Adiós.

—Adiós, Santi.

Víctor guardó el pequeño móvil en el bolsillo de sus tres cuartos de cuero negro. Hacía tiempo que no veía a su amigo Santiago, que, al igual que Manolo, era también guardia civil, sólo que residía en Valdemoro, otra pequeña ciudad más al sur de Fuenlabrada. Santiago y Víctor se conocieron hacia seis años en una librería de comics y desde entonces quedaban una o dos veces al mes para hablar de sus aficiones comunes: el cine, los libros, Star Trek y los comics de superhéroes. Y de Sherlock Holmes, del que los dos hombres eran seguidores. Santiago estaba casado y tenía dos hijos, un lujoso piso y un buen puesto en las oficinas de contabilidad de la Guardia Civil. Era un hombre feliz y satisfecho, pero que no tenía a nadie con quien hablar de sus pasatiempos. Víctor le estimaba mucho y agradecía las distendidas conversaciones frente a una taza de café o un refresco. Curiosamente, ni Santiago ni Manolo se conocían.

El tren pasó dos estaciones más y los viajeros comenzaban a apretujarse unos contra otros. Cómodamente sentado, el detective abrió su mochila para sacar un libro con el que entretener el viaje. Era un gran lector y siempre que podía, leía sobre cualquier cosa; un libro de fantasía, clásicos, historia, filosofía, psicología o criminología. No sólo por el placer de leer, sino porque también consideraba que un buen detective tenía que poseer una buena base de cultura y conocimientos generales. Nunca se sabía cuando se podía necesitar un dato o que te ayudara conocer una historia. Abrió el libro por donde llevaba leído —una detallada crónica sobre la conquista de México por Hernán Cortes—, y se dispuso a gozar de la lectura.

Antes dio un vistazo alrededor suyo. Suspiró algo fastidiado. A tan solo cinco metros, entre los apretados viajeros, estaba de pie una mujer embarazada. Y como no, nadie le cedía el asiento. Caballero hasta la médula —tanto por su educación como por su honor personal—, Víctor llamó la atención de la gestante y le dijo que se sentara en su sitio. La mujer, una joven de treinta y tantos años, pelo rojo y ojos verdes con el rostro lleno de graciosas pecas, agradeció al hombre su amable gesto con una sonrisa y un gracias que desbordó de satisfacción al detective.

Víctor guardó el libro de nuevo en la mochila. Odiaba leer de pie porque se mareaba.


Si te gusta y quieres seguir leyendo, puedes comprar la novela en Editora Digital a través de su página Web. CARNIS VORAX ha sido escrita por Juan Carlos Sánchez Clemares.

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