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lunes, 17 de noviembre de 2014

CRÓNICAS DE UN FRIKI VIII



CRÓNICAS DE UN FRIKI VIII

LOS CÓMICS (o tebeos); séptima parte.
Del infierno al paraíso.

Seguimos adelante con la historia de un friki intentando superar los problemas que le surgen a la hora de intentar seguir adelante con su afición de leer y coleccionar cómics. O sea, mi historia, pero que pienso es similar en algunas cuestiones a las de tantas otras personas que hayan tenido mis mismas o parecidas aficiones. Ya en la anterior entrada comenté lo difícil que era, siendo un adolescente y encima en plenos años 80 del siglo XX en Madrid, el poder reunir dinero y seguir puntualmente las colección de cómics. Los puntos de venta eran los quioscos, pero estos normalmente no se preocupaban mucho del estado de los ejemplares o de si se los traían o no. Yo tuve la suerte de contar con un punto de venta donde el señor quiosquero al menos se preocupaba mínimamente por su material, procurando que ningún número faltara o pidiendo las novedades que salieran. Claro que esto era lo inusual. Lo normal era que se saltaran los números (con lo que tus colecciones se quedaban cojas) mes sí, mes no, o que los cómics estuvieran en un lamentable estado tras pasar por las despreocupadas manos de repartidores y quiosqueros. Además, los coleccionistas aumentábamos en número y, como era de prever, nuestras demandas también. Durante un tiempo fui prácticamente el único cliente de cómics del quiosco al que acudía, pero eso cambió y pronto tuve que espabilarme para ser siempre de los primeros en comprar los ejemplares so pena de quedarme sin el número de mis colecciones mensuales o quincenales. Y es que al quiosco llegaban dos ejemplares de Spiderman o Los Vengadores y resulta que ya éramos cuatro o cinco los coleccionistas que los deseábamos; que situación más chunga.
A la falta angustiosa de dinero para mantener el vicio se le sumaba la falta de ejemplares para contentar al personal. Pero también el lector de tebeos debía enfrentarse a otro gran problema que le supuso, nos supuso, quebraderos constantes de cabeza: el desprecio, la ignorancia y la falta de tolerancia de los demás.

¿Pero a tu edad todavía leyendo tebeos?

            Ese era el comentario más frecuente que escuchaba en las personas cuando me veían leyendo un cómic. Daba igual que les intentara explicar que un adolescente, o ya un muchacho de dieciocho años, tenía el derecho a leer lo que le diera la gana y que los cómics no eran para niños, y que incluso adultos los leían, pero era lo mismo. Hablar con una pared y con esta clase de gente era la misma cuestión. Automáticamente enlazaban el tebeo con la niñez y para ellos únicamente los niños (entiéndase de cinco a diez años como mucho) podían leer historietas. Una vez superada la edad que ellos “creían la correcta”, debías dejar de lado los cómics y centrarte en otra cosa; los libros, por ejemplo. Lo curioso de todo esto es que quienes me tachaban de niño por leer tebeos y me aconsejaban leer libros (los clásicos de la literatura española a ser posible) luego no leyeran ni un carajo; vamos, que eran unos analfabetos disfuncionales. Allá donde fuera siempre me tope con estas personas: en la escuela, en el instituto, en el trabajo, entre las amistades, entre los familiares… Siempre con la misma canción e intentando amargarme la vida. Mas ni caso que les hacía, porque para mí estar al tanto de las aventuras de Peter Parker, Conan, Reed Richards, Mortadelo y Filemón o Superlópez era lo más alucinante que me podía pasar aparte de ser nutriente para el cerebro. Y comentar que también leía muchos libros, cosa que no pueden decir la mayoría de individuos que me “aconsejaban” que dejara de leer cómics para leer libros.
            Lo más sangrante del asunto era cuando me topaba con mi círculo de amistades, donde también me encontraba con estos prejuicios de forma constante. Y cuando conocía chicas nuevas y estas se enteraban que leía cómics la cosa se complicaba. Más de una, cuando intentaba convencerla para que fuera mi novia, me echaba la bronca y me decía aquello de “o los tebeos o yo; elige”. Y seguía soltero, que le vamos a hacer. Durante muchos años tuve que soportar estas tonteras, y aunque uno era de hierro (y sigo siéndolo) también tenía su corazoncito y sufría con estos ataques injustificados.
            Afortunadamente, las opiniones que más me importaban, la de mis padres, eran positivas y siempre me alentaron a seguir leyendo cómics y coleccionarlos. De cuando en cuando mi madre alzaba una ceja ante los gastos monetarios, pero dado que era eso o darle duramente a las drogas, pues finalmente me dejaba hacer. Así que seguí, sigo, coleccionando y leyendo con avidez mis tebeos.
            Con la llegada de mi edad laboral (más pronto de lo que siempre me hubiera gustado, debido sobre todo a los graves apuros económicos de mi familia) prácticamente el problema monetario para los cómics se había solucionado. Seguía sin poder comprarme todos los que quisiera, y puesto que debía dar casi todo el sueldo a mi madre para ayudar en casa, tampoco tenía todo el dinero que deseara, pero sabiendo administrar bien y poseyendo paciencia a puñados pues todos los meses conseguía tener mi dosis de lectura. Pero todavía quedaba un grave problema por resolver: asegurar los ejemplares y no perder ni un número de las colecciones.

El hallazgo del siglo

            Como decía más arriba, el número de aficionados aumentaba pero no el de ejemplares de las colecciones de cómics, con lo que el problema estaba planteado. Al ser de Fuenlabrada, una gris y monótona ciudad-dormitorio del sur de la capital, ese problema era menos grave, porque no éramos tantos los coleccionistas. Pero a su vez, eran menos los quioscos donde se vendían los tebeos. A la que te despistaras te quedabas sin tu número y con la colección coja; problemón de los gordos. Más de una vez me ha pasado y tuve que solucionar el embrollo marchando a Madrid en busca de quioscos, dándome buenos paseos por sus calles hasta encontrar el cómic ansiado. Era necesaria una solución y esta llegó de manos de algunos pequeños empresarios audaces que importaron la idea de países como Estados Unidos o Inglaterra.
            Otra de las aficiones por aquel entonces, cuando tenía entre dieciséis y veinte años, era comprar discos de vinilo, LP o Maxi-Singles de mis grupos favoritos, que normalmente eran de música pop, disco y sobre todo house (que fue por esa época cuando comenzó a entrar en España) (y para que os ubiquéis temporalmente, fue cuando salió el “Bad” de Michael Jackson). Durante un buen tiempo, cogí la costumbre de acercarme al centro de Madrid una vez por mes, haciendo un recorrido que lo disfrutaba sobremanera. Era un paseo por la Gran Vía, comprar uno o varios Maxi-Singles, pasear por Sol, bajar por Atocha hasta la estación de RENFE y por el camino comprarme un par de donuts de chocolate (los de toda la vida) y un refresco de naranja y zamparlo todo sentado en la estación leyendo un libro o un cómic. Los Maxi-Singles y los LP los compraba en una tienda de discos que era referencia en toda la comunidad de Madrid, que se encontraba en lo que se conocía coloquialmente como los bajos de Gran Vía.
            Los bajos era en realidad un pequeño centro comercial que se encontraba en un edificio conocido (y que sigue existiendo) como Los Sótanos, un enorme bloque de diez plantas con hoteles, oficinas y tiendas. Poseía un nivel bajo, por debajo del nivel de la calle, al que se accedía por escaleras. Era un espacio diáfano con tiendas, locales de ocio, algún que otro restaurante y también salones de juegos. Fue muy famoso por la época y en los años 80 una de las referencias de “la movida” madrileña, ya que por allí los jóvenes solían acercarse mucho para escuchar música, jugar a las máquinas recreativas o tomar algo en los bares. El lugar fue tan famoso, que incluso salió en varias películas. Bueno, pues la tienda de discos era Discoplay y durante muchos años la tienda lugar de peregrinaje para todos los amantes de la música. Siempre me acordaré de entrar por las escaleras y contemplar una nube de humo en el techo por culpa del tabaco (antes éramos gente muy dura; se fumaba a todo pasto en todas partes y a tomar por saco la salud; del norte, tu), oler a humanidad y sentir que aquello era un sitio especial. Pues bien, erase una vez que yendo hacia Discoplay en busca del Pup up the volumen, de MARRS (pedazo temazo de house que fue el número uno durante meses y una de las canciones más versionadas de la música), al acercarme a la tienda de discos y girar el cuello a la derecha, así como si nada, mis ojos contemplaron algo que me cambiaría para siempre.
           Sonaron fanfarrias, las trompetas tocaron y arpas celestiales se escucharon mientras querubines descendían de los cielos junto a luces divinas, cayendo sobre mi persona el maná divino y los ángeles extendían una túnica blanca donde rezaba: “Enganchado para siempre”. Porque allí, ante mi persona, en una humilde esquina de aquellos sótanos de Gran Vía se encontraba ni más ni menos que la primera tienda especializada de cómics de Madrid que, como no podía ser de otra manera, se llamaba Madrid Cómics. Sí, amigos míos frikis, aquella era la respuesta para los coleccionistas. Era una tienda diminuta, como digo, en un local que era literalmente una esquina (mi cuarto de baño era más grande) con tebeos por todas partes, en cajones, cajas, estanterías, apilados hasta el techo porque aquel espacio no daba más de sí. No solamente te vendían los números del mes, sino que… ¡también los números atrasados! ¡Todos! ¡De todas las colecciones! (más música celestial y más querubines). Aquello era un sueño. Y también tenían posters, chapas, pegatinas, los primeros pasos en España de aquello que luego sonaría como marketing del bueno. Y los dependientes entendían de tebeos, eran capaces de seguirte la conversación y encima eran personas mayores, que sabían más que tu.
            Claro que no todo era tan bueno, porque ya desde el primer momento el mercado negro y la especulación en torno a los cómics nació junto con las primeras librerías especializadas. En Madrid Cómics descubrí que tenían todos los tomos de la colección Súper Conan, pero cada tomo te lo vendían por una barbaridad, en torno entre las tres y cinco mil pesetas, que para la época era muchísimo. Para que os hagáis una idea de lo que os digo, es como si hoy os compráis un X-Men por 1,90 euros, se agota ese número y cuando lo vais a comprar a una tienda os piden por él 10 euros; así, por la cara. Y es que Conan era el personaje que arrasaba en ventas y de ahí que sus tebeos fueran los más demandados, cosa que muchos vendedores aprovecharon para lucrarse. No todos fueron así, por supuesto, los hubo de todos los colores. Unos que subían un poco los precios porque al fin y al cabo era un negocio, y otros que se comportaban como auténticos usureros especuladores que abusaron de los aficionados. Muchos chalets y yates de lujo se han comprado estos fenicios a costa de los coleccionistas.
            Pero en general, las tiendas especializadas de cómics aportaron al mundo de los lectores y coleccionistas un lugar donde poder reunirse no solamente para comprar, sino para charlar de sus aficiones, conocer gente, realizar actividades lúdicas, conocer material y estar al día de las noticias acerca de sus gustos y personajes favoritos. En la próxima entrada de las Crónicas os hablaré de los primeros años de las tiendas especializadas en Madrid, el cambio sustancial que supuso, la expansión de Cómics Fórum y la proliferación de las tiendas sobre todo en el centro de Madrid. Esto iba evolucionando y nadie sabía hasta donde podríamos llegar (hasta que la burbuja se rompió). Continuará…

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