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jueves, 8 de diciembre de 2016

EL PASTOR (segunda edición)



EL PASTOR



            A la luz de la cálida hoguera los cuatro pastores se calentaban, sentados en piedras, intercambiando un odre hecho con piel de cabra en su exterior y el estómago del animal en su interior. Los hombres daban largos tragos de vino, lo que evidenciaba su nerviosismo e inquietud aquella noche, pues normalmente era frugales consumiendo el alcohol, pero es que aquella noche estaba demostrando ser tremendamente fértil en sorpresas… y algunas no muy agradables precisamente.
            Miraban a la oscuridad, a la negrura que en ese momento les parecía más oscura que nunca a pesar que arriba, en el cielo, la Luna se encontraba casi llena y todo estaba tapizado por las estrellas; un hermoso firmamento, una obra maravillosa pero que no lograba sacar ni un solo vistazo por parte de los pastores. No querían mirar allá arriba por si de nuevo volvían a ver esa cosa dando vueltas y alumbrando con una luz que estaba claro no pertenecía a este mundo.
            Más allá de donde alcanzaban a alumbrar las feroces llamas se escuchaban a las ovejas y las cabras, aunque ya la mayoría se encontrarían durmiendo, y también a los perros, patrullando por las inmediaciones en busca de lobos o chacales y vigilando que ningún rumiante se alejara de los rebaños. Más tarde acudirían al lado de sus amos para reclamar su premio: una buena cena y quizás alguna caricia. En ocasiones los pastores no tenían con que llenar sus estómagos, pero sus perros siempre estaban bien alimentados y cuidados. Para un pastor, un perro guardián era el mayor de los tesoros, además de un leal y valiente amigo.
            Aunque tampoco los canes se encontraban en la mente de aquellos hombres curtidos, de piel morena por el sol y las heladas nocturnas, de labios cuarteados, narices prominentes, afiladas y aguileñas, ojos profundos donde quizás no brillaba mucho la inteligencia, pero sí la astucia y la experiencia en su oficio, duro donde los hubiera, siempre al raso, empuñando un bastón nudoso y recorriendo campos y quebradas en busca de buenos pastos para sus rebaños. Sus cuerpos no eran grandes, pero sí fibrosos y fuertes por pura fuerza de voluntad, y sus manos callosas y ásperas, no pensadas para acariciar, sino para trabajar y sufrir. A veces pasaban frío, otras calor, o hambre, o sed, eran víctimas de los ataques de las fieras, de los bandidos, de los rapaces recaudadores de impuestos, ya fueron romanos o enviados por ese odioso rey edomita que siempre parecía necesitar más y más dinero. Pero con todo, eran libres, pues vagaban de aquí a allá, sin dar explicaciones más que a Dios y a sus mujeres. El cielo era su techo, y la foresta su hogar. Rara vez sentían miedo ante las adversidades, eran resignados ante los sufrimientos que les tocaban padecer, pues Dios así lo quería y al fin y al cabo la vida era de tal forma, como una mala ramera de Jerusalén, que te prometía placeres insospechados para luego darte una puñalada por la espalda.
            Pero esa noche los cuatro pastores sentían miedo, sus cuerpos sudaban y miraban de reojo la oscuridad, temerosos de lo que pudiera salir de ella. Aquella noche era diferente, pues habían contemplado… no sabían el qué. Y luego estaban las noticias que les trasmitieron otros pastores mediante el toque de cuernos, la forma que tenían de comunicarse entre ellos.
—Ah —exclamó Bosem, tras dar un largo trago de vino, pasando el pellejo a su compañero de la izquierda, Avimael, a quien le faltaba un trozo de la oreja derecha, perdido en Jerusalén, en la única visita que el pastor hizo a aquella ciudad. Nunca contó que le pasó para perder parte de la oreja, pero dejó bien claro que nunca más volvería a la ciudad—. Yo os digo que no deberíamos quedarnos aquí. Deberíamos marcharnos a otro lado —dijo con voz algo ronca pues tenía la garganta atenazada por el miedo.
—¿Irnos? ¿A dónde? —preguntó Avimael tras terminar de beber y pasar el odre al siguiente pastor— ¿Has perdido el juicio? No podemos irnos y dejar aquí a nuestros rebaños. Además, opino que…
—¡Ya sé, ya sé! —interrumpió Bosem con un gesto seco de la mano. De los cuatro hombres, era el más áspero en el trato, de personalidad algo desagradable pues siempre andaba quejándose, era avaricioso y dado a decir demasiadas blasfemias en forma de insultos. Un poco violento, muy propenso a la mentira y le gustaba fornicar con las rameras del burdel del pueblo, para desesperación de su sufrida esposa. Era casi imposible que te hiciera un favor, por nimio que fuera, y escupía, feo vicio, y se decía que pegaba a su mujer con demasiada profusión, incluso mucha más de lo normalmente aceptado por todos. Poseía unos ojos pequeños, negros, duros y fríos, pero era el mejor pastor de los contornos y sus ovejas y cabras conseguían buenos precios en los mercados. Era solitario y huraño, como casi todos los pastores, pero Bosem más que nadie. No tenía amigos, el único que se le acercaba un poco era Avimael, pues se habían criado juntos casi como hermanos, pero nadie más. Casi todos le rehuían, pero esa noche no, y ahí estaban, intentando calentar con la fogata sus cuerpos ateridos no por el frío nocturno, sino por el miedo. Bosem escupió a un lado y continuó hablando— Quieres hacer como los otros, ir al pesebre ese y comprobar con tus ojos si es cierto eso de un niño nacido y alumbrado por… por la cosa esa… —y señaló con rapidez con el dedo el cielo estrellado, para bajar la mano a continuación con velocidad, como si por el sólo hecho de señalar ya hubiera cometido una falta muy grave.
—¿Y por qué no? —replicó Maran, un pastor pequeño pero de fuerte complexión y barba con hebras rojizas y pardas— ¿Qué podemos perder?
—Yo te digo que podemos perder —le interrumpió con ferocidad Bosem— ¡Una cabra, un queso, el vino! ¡Hasta nuestro tiempo podemos perder! Yo no pienso ir allí como todos esos idiotas que llevan ofrendas a ese mocoso y a sus padres que no fueron demasiados listos como para buscarse otro lugar donde refugiarse antes de la caída de la noche.
—Pero, Bosem —habló en tono conciliador Avimael—, ese niño debe ser especial. Ya oíste a Ivri darnos la noticia. En ese pesebre, en las afueras de Belén, se han congregado al parecer tres reyes venidos de no se sabe donde, con ricas ofrendas y caros regalos, y otros pastores y gentes del lugar acuden también al lugar.
—Es indudable que algo importante debe estar ocurriendo allí, pues no es normal tales portentos —añadió Maran en voz baja y acercándose un poco al fuego. El cuarto pastor, el más mayor de todos, de pelo y barbas canas, no decía nada, sólo cortaba trocitos de pan y queso que masticaba lentamente y durante mucho tiempo porque le quedaban pocos dientes.
—Necedades, estupideces… —manifestó con un bufido Bosem—. Ivri está mal de la cabeza, está así desde que aquel asno le coceó en la cocorota. Reyes… ofrendas… ¿Estáis todos locos? Es un mocoso que ha nacido en un pesebre, eso ha llamado la atención de los vecinos y por eso van a ver, y los reyes esos, seguro que iban de camino a qué sé yo y se toparon con el pesebre y picados por la curiosidad pararían para ver el porqué de tantos idiotas congregados en un lugar por la noche.
—Eres injusto —contestó Avimael tomando agradecido un trozo de queso que Mevaser, el pastor de barba cana le pasó junto con un poco de pan—. Un pesebre no es un lugar para dar a luz a un pequeñuelo, piensa en los pobres padres y en el niño. Al parecer viajaban hasta aquí por el asunto del censo romano…
—¡Romanos! —escupió con desprecio Bosem a las llamas que titilaron con su odio— Me meo en su censo, sólo pensando en esquilmarnos a impuestos.

            En esta ocasión los cuatro pastores cabecearon conformes. Si había algo que los hebreos odiaran más que al rey Herodes el Grande, ese algo era Roma, con sus gobernadores provinciales a la cabeza. El censo que los inspectores romanos imponían a los hebreos no era otra cosa que una forma mejor de controlar al pueblo para poder cobrar con mayor eficacia los impuestos. Y ese maldito asesino fornicador de Herodes, vasallo de Roma, ayudaba en la tarea. Cientos de miles de hebreos tuvieron que acercarse por decreto hasta los cuarteles administrativos romanos o los puestos de censar ambulantes en pueblos o pequeñas aldeas, según la cantidad de habitantes de la zona, para apuntarse tanto ellos como sus familias. El problema consistía en aquellos que siendo originarios de tal lugar se encontraran fuera de ellos por viaje de negocios o cualquier otro motivo, como el caso de la joven pareja refugiada en el pesebre. Siendo originarios de Belén, el marido, claro, pues la mujer no contaba para nada en estas cuestiones, tuvieron que viajar desde Nazaret hasta Belén para censarse. Lo que Bosem no podía comprender es como el padre había sido tan estúpido de echarse a los caminos con su mujer en tan avanzado estado de gestación. ¿Es qué tenía tanta prisa para censarse que no pudo esperar al parto?
            Que más daba, se encogió de hombros el pastor, no era su problema. Malditos romanos y su manía de tenerlo todo controlado. Cierto era que desde que estaban dominados por Roma todo había cambiado, quizás a mejor, pues los ingenieros y legionarios romanos habían construido caminos y eficaces carreteras que serpenteaban por toda Palestina, incluyendo Judea, donde vivía Bosem, que permitían viajes más cómodos y rápidos. Habían limpiado campos y valles de bandidos, la seguridad era ahora mucho mayor, y también habían tirado acueductos y canales para que el agua llegara a todas partes, incluso habían reformado ciudades y campos, plantando todo tipo de productos importados de otras partes del extenso Imperio Romano. Y tampoco es que los hebreos estuvieran pagando más impuestos que antes, en realidad menos, pero lo que contaba es que eran dominados por infieles que adoraban a falsos dioses, una blasfemia increíble, un insulto para el pueblo elegido de Dios. Y lo peor era la falta de libertad. Los hebreos eran ferozmente orgullosos, y encontrarse subyugados bajo la férrea bota de aquellos romanos era algo que sencillamente no podían soportar. No importaban cuantas mejoras habían introducido los invasores, o que respetaran sus costumbres, incluso que hubieran terminado con los conflictos internos palestinos y que reinara la paz y el orden, no, lo que importaba es que les dominaban, que no reconocían al Señor como dios único y que eran invasores. Por eso el odio y el rencor se incubaban en los palestinos desde la cuna, pero no podían hacer nada por obtener su libertad. Con Herodes, los jueces y los sacerdotes arrodillados ante Roma, y con los pocos que osaban levantarse en armas crucificados o muertos, ¿qué hacer? Entre los palestinos corría la esperanza de la llegada de un Mesías ya anunciado por varios profetas. Un Mesías que les liberaría de la dominación de los tan odiados romanos.
            Los pastores permanecieron en silencio, cada cual con sus pensamientos. Fue Avimael quien volvió a hablar, como si hubiera adivinado las turbias meditaciones de su amigo de la infancia.
—Bosem, ¿crees que ese niño pudiera ser el Mesías?
—¡Idioteces! —sentenció el pastor con furia— Ivri está loco, no lo estés tu también haciendo caso a sus majaderías.
—Pero pudiera ser —intervino en la discusión Maran—. ¿Qué otro niño ha nacido en medio de tantos prodigios?
—¡Bah! —bufó con burla Bosem— ¿Qué clase de prodigios? ¿Nacer en un apestoso cobertizo es un prodigio?
—Ivri nos ha asegurado que es el elegido por Dios para traernos la libertad…
—¿Ah, sí? —Bosem miró a Maran con los ojos entrecerrados— ¿Y quién ha dicho a Ivri que ese mocoso es el elegido? 
—El ser luminoso… —respondió Avimael apretando los labios con convicción e hinchando el pecho.
—El ser luminoso —Bosem escupió a un lado—. Esto es lo que pienso de tales cuentos. O sea, Ivri nos cuenta una idiotez acerca que un ser de luz se le acercó a él y otros pastores a su hoguera y les transmitió un mensaje acerca de ese niño y todos vamos a creer los cuentos de una pandilla de borrachos. El elegido por Dios… —Bosem se pasó su raída manta por los hombros— ¡Estupideces! Cuentos, eso os digo que son. Y dejad de decir tales cosas pues bien que podemos meternos en un lío con los sacerdotes. Esos borrachos creen haber visto algo y enseguida van corriendo a adorar a un mocoso. No seré yo el que vaya a hacer tal idiotez, os lo aseguro. No, yo soy más listo que todos vosotros, crédulos —y Bosem se golpeó en el pecho con su dedo para dar mayor énfasis a sus palabras.
—Pero, Bosem, ¿y la luz que todos hemos visto? —preguntó Avimael—. ¿También nosotros estábamos borrachos cuando vimos la luz, o son estupideces como dices, eh?
            Bosem fue a replicar, pero calló de inmediato. Se arrebujó con fuerza en su manta y miró a las llamas. No podía decir nada pues no tenía ninguna explicación para el misterio de la luz. Él mismo la había visto. Los cuatro pastores se habían reunido para conversar y comer y beber algo cuando presenciaron el fenómeno. Una potente luz, más grande y brillante que cualquier estrella había cruzado lentamente el firmamento. Era un poco más pequeña que la Luna, pero su luminosidad al menos fue cuatro veces mayor. Se desplazaba en paralelo al suelo, emitiendo de cuando en cuando rayos de luz que iluminaban el suelo o parpadeos luminosos sumamente desconcertantes. Los pobres pastores, aterrados ante aquella fantástica visión, en un principio fueron incapaces de moverse, pero luego corrieron enloquecidos en todas direcciones, entre los rebaños o los arbustos, cayendo al suelo o tropezando con piedras en mitad de la oscuridad nocturna, ahora iluminada por aquella cosa del cielo que, ajena al ciego pánico de los hombres de abajo, continuó volando hasta desaparecer detrás de unas lomas. Bosem aún tuvo tiempo de echar un último vistazo a aquel punto de luz y creyó descubrir algo que le hizo tener más miedo todavía. En un parpadeo luminoso de aquella cosa por un momento creyó ver un contorno, como si eso fuera un objeto que emitiera su propia luz, ¡un objeto que volaba! Era la locura para su pobre y simple mente.
            Por eso Bosem no podía responder a la pregunta de Avimael, porque no poseía explicación alguna a lo presenciado, porque todos lo habían visto y no estaban ni borrachos, ni locos. Por si fuera poco, cuando toparon con otros pastores, campesinos y vecinos de la zona que seguían a la bola de luz, Ivri entre ellos, supieron que la luz se había detenido por unos instantes encima justo del pesebre donde ese niño había nacido. Iluminó con una potente y clara luz, pero que no hería los ojos, el lugar donde los padres y el niño se encontraban para a continuación desaparecer, desvanecerse como por un encantamiento. En un momento se encontraba ahí suspendida en lo alto y al instante siguiente no; así de simple. Un poco más tarde aparecieron esos tres supuestos reyes seguidos por sus pajes y servidores, y luego las historias de seres luminosos que iban por la campiña, desafiando los peligros de la noche, para avisar a todos que fueran a adorar al niño del pesebre que traía un mensaje de paz y amor para todos los hombres.
            Un mensaje de paz y amor. Eso era lo que exasperaba a Bosem, que creía que todo era un cuento inventado por esos reyes, que seguramente no eran tales, y los padres del crío para engañar y robar a los ingenuos de Belén y los alrededores. Eso era en realidad, un camelo, y los muy imbéciles se lo habían tragado, yendo con toda clase de ofrendas al pesebre. Pues él era más listo que todos esos idiotas, y no iba a regalar nada a esos padres. Mucho le costaba medrar en un mundo injusto y cruel, y bastante ya le quitaban los rapaces recaudadores de impuestos como para encima regalar algo a unos completos desconocidos. Además, que nunca antes nadie le había ayudado y no veía porque tendría que hacerlo ahora; que cada cual se apañara por sí solo, esa era una de sus formas de pensar.

            Pero seguía estando la cuestión de la bola de luz. ¿Cómo explicar lo inexplicable? Si era cierto que la luz se había colocado encima del cobertizo, como anunciando el nacimiento… No, no podía ser, perjuró interiormente Bosem.
—¿No dices nada, Bosem? —preguntó Maran.
—¿Qué voy a decir? —preguntó a su vez el pastor alzando su desagradable voz— No sé que era esa luz, debo reconocerlo, pero no implica que tenga que ver con ese cobertizo. Para mí que son espíritus malignos que recorren el cielo, en algo hemos ofendido al Señor y de ahí que nos envíe estos terrores.
—¿Qué dices? —se escandalizó Avimael— ¿Cómo puedes decir tal cosas? Esa luz no era algo maligno, al contrario. Cierto es que nos asustamos, pero es normal. Yo pienso que…
—Tu qué vas a pensar, deja de pensar, que es malo. Yo os digo que era una cosa maligna, y si se ha colocado encima del pesebre y del crío es porque allí está ocurriendo algo malo y ofensivo a los ojos del Señor. Deberíamos ir corriendo a las autoridades para denunciar lo que está ocurriendo…
—¡No! —Avimael se levantó de repente, tirando el odre de vino por los suelos. Maran se apresuró a tomar el pellejo y taponarlo antes de que se perdiera mucho líquido. Avimael se encaró con Bosem— No puedo estar de acuerdo contigo, y tampoco voy a ir a denunciar la maravilla que está ocurriendo delante de nuestros ojos. El que quiera negar la realidad allá él, pero pienso que el Mesías tan anunciado por nuestros santos profetas se encuentra en ese pesebre.
—Piensa un poco, Avimael. ¿Cómo va a nacer el Mesías en un simple cobertizo? ¿De qué manera va a liberarnos de los romanos y de ese rey odioso? ¿No tendría que ser el hijo de alguien poderoso, alguien con ejércitos a su mando y no un mocoso nacido de padres mugrientos que hasta para poder cenar esta noche necesitan del auxilio de idiotas como vosotros?
—Estoy harto de tus insultos —Avimael señaló furioso con el dedo a Bosem—.  Piensa lo que quieras, pero voy a ir a ese pesebre. Demasiados prodigios he presenciado esta noche como para no creer lo que mi corazón me dicta.
—Entonces serás tan necio como los otros… —se bufó Bosem.
—Prefiero ser un necio que no un cínico amargado como tu que es incapaz de ver algo hermoso aunque se plante delante de sus narices.
—No te consiento que me hables así, Avimael —ahora fue el turno de levantarse de Bosem. Ambos amigos se miraron desafiantes, aferrando sus nudosos bastones de pastores, como si estuvieran dispuestos a golpearse.
            Maran y Mevaser miraron sentados la tensa escena, no sabiendo si intervenir o decir algo, temerosos que si los dos hombres se enzarzaban en una disputa algún bastonazo les pudiera caer. Se estuvo así un buen rato, escuchándose el suave rumor del viento entre las hojas de los árboles cercanos. El seco crepitar de las llamas al morder un trozo de madera hizo parpadear a Bosem y Avimael y la tensión desapareció; al menos de momento. Bosem se sentó lentamente en la piedra sin dejar de mirar a su amigo y esbozar una sonrisa burlona. Avimael miró a los presentes, luego alzó la cabeza y oteó la negrura. Con resolución tomó un candil para guiarse por la oscuridad.
—Me voy al pesebre a presentar mis respetos a esa familia. Sé que hago lo correcto. El Señor nos está enviando un prodigio y soy afortunado por ser testigo de ello. La luz era buena, lo sentí a pesar del miedo que embargaba mi mente. El que quiera acompañarme es libre de hacerlo.
—¡Bah! —escupió con fuerza a la hoguera Bosem.
—¡Voy contigo! —exclamó Maran poniéndose en pie. Los dos hombres tomaron otro pellejo de vino sin abrir y un gran queso de cabra. Miraron a Bosem y se fueron alumbrando el camino con un candil y una antorcha.

—¡Eso! —gritó Bosem a los dos pastores mientras se alejaban— ¡Sed tan idiotas como los otros! ¡Llevar regalos a unos pordioseros! ¡El libertador! ¡Ja! ¡Ladrones, eso es lo que son, y vosotros unos pobres desgraciados que os creéis sus cuentos!
            Mevaser se levantó de repente asustando a Bosem que calló de inmediato. El anciano miró intensamente al pastor, pero no dijo nada. Se limitó, con gestos lentos y solemnes a tomar su bastón y un zurrón con queso, pan y tortas. Miró una vez más a Bosem y con una antorcha en la mano fue tras los pasos de sus dos compañeros. Bosem le vio alejarse hasta que poco a poco sólo fue un punto de luz en la distancia y luego ya ni eso, seguramente al desaparecer tras unos árboles o la loma más cercana.
—¡Idiotas! —volvió a gritar con fuerza— ¡Eso es lo que sois! ¡Mañana me reiré de todos vosotros, cuando los romanos apresen a esos mendigos por ladrones y estafadores! Bosem es más listo que todos vosotros.
            Se apretó más la manta en el cuerpo. De repente sintió más frío y no parecía que la hoguera le fuera a calentar a pesar que echara un par de ramas gruesas y secas. Maldijo su suerte y a sus tres compañeros. Ahora estaba solo, no es que le importara mucho, pero le molestaba especialmente la actitud de Avimael. Siempre había sido callado y supeditado a su autoridad. Nunca hubiera creído que le hiciera frente como esta noche.
—¡El libertador! ¡El Mesías! ¡Ja! —gritó otra vez, haciendo que los perros guardianes alzaran las orejas y husmearan por si había algún peligro en las cercanías.
            Bosem se levantó y pateó con fuerza los leños de la fogata, echando a continuación arena para apagar el fuego, excepto un candil que llevaría encendido. Estaba de un humor de perros. Su carácter era agrio, pero ahora simplemente era devastador. Escupió y maldijo con fuerza, harto de todo y de todos, de los pastores de simples mentes, de los romanos, de su vida que sólo le reportaba amarguras y duro trabajo y nada de mieles y bonanzas. Su deber era guardar al ganado por la noche, pero ya no tenía ganas de cumplir con su deber. ¿No se iban esos imbéciles a ver al crío dejando atrás sus rebaños? Pues él se iría al pueblo a fornicar con una ramera y a beber vino del bueno. Después a casa, y si Meital, su mujer, le decía algo, la daría una buena paliza; y puede que también a Levana, su hija mayor, que ya comenzaba a replicarle, maldita moza, a él ninguna mujer le decía que hacer. Bosem maldijo a su esposa por darle solamente tres hijas, menuda desgracia para un padre, ningún varón robusto al que criar y educar como un hombre de verdad.
            Con un silbido llamó a los perros, que acudieron con diligencia ante su dueño. Bosem les habló como si fueran personas, pues estaba convencido que sus canes eran más inteligentes que la mayoría de los hombres, y les conminó a guardar el rebaño hasta que volviera. Les entregó un poco de comida, les acarició y luego se marchó. En su duro corazón, el pastor entregaba su escaso cariño a sus perros, sus amigos de verdad. Iluminado por el candil, se dirigió hacia el pueblo con paso rápido y confiado, con la manta por encima, pues la temperatura cada vez bajaba un poco más. Con la Luna casi llena, prácticamente no necesitaba la iluminación, pero no estaba de más llevar algo de fuego por si salía alguien al paso. Bosen conocía tan bien los alrededores y la campiña que podía caminar en plena oscuridad sorteando con precisión todos los obstáculos. Mientras caminaba, no pudo evitar pensar en Avimael y los otros dos pastores. Lanzó una seca carcajada.
—Idiotas, mira que son idiotas —habló en voz alta, una costumbre que había adquirido con el paso de los años en soledad y que casi ni se daba cuenta que lo hacía— El Mesías, que nos va a liberar, dicen… ¡Pues qué nos libere de una vez! Los romanos, los sacerdotes, el rey asesino, sí, que nos libere de todo esto. Y de paso también del duro trabajo, del pasar hambre, frío o calor, de tener que trabajar de sol a sol por una miseria, de dormir en el duro suelo y sufrir enfermedades. ¡Qué me libre el Señor de todo esto! Y no un simple mocoso. Maldita sea su nombre…
            Bosem caminaba furioso, notando como su cólera iba en aumento. Con el bastón golpeaba aquí y allá, a unos arbustos, a una piedra. Sentía como la rabia le hacía temblar las manos. Con sólo pensar en ese niño, su enfado aumentaba. Se volvió de repente, alzando el bastón en alto.
—¡Farsantes! —gritó a la noche— ¡Ladrones, eso es lo que sois! ¡Queréis robarme el fruto de mis esfuerzos! ¡Pues no os dejaré, pues soy más listo que vosotros, miserables! ¡Libérame de los romanos, líbrame de tener que trabajar más y entonces puede que me arrodille ante ti! ¡Ja! —escupió al suelo.


            Se dio la vuelta y continuó el camino, pero enseguida se dio cuenta que no iba en la dirección correcta. Se detuvo y alzó el candil, pero no estaba seguro de donde se encontraba. ¿Habría equivocado el camino? Era imposible, conocía la zona como la palma de su mano y estaba seguro que iba en la dirección correcta, pero no lograba reconocer el terreno. Incrédulo, pero no asustado, caminó con grandes zancadas, confiado en retomar la dirección correcta, pero al cabo de unos momentos le entró la ansiedad y en seguida acudió el miedo al comprender que aunque pareciera increíble se había perdido. ¿Cómo había sucedido tal cosa? ¿Había sido su enfado tan grande que le había hecho perder el sentido de la orientación? Con el corazón latiendo con fuerza caminó más rápido, mirando a la oscuridad. Sintió que el suelo cedía bajos sus pies, o más bien, que realmente no había suelo que pisar. Cayó hacia delante perdiendo totalmente el equilibrio. Tras un breve como eterno momento, cayó entre las negras sombras hasta que se golpeó con algo duro. Rodó a un lado con violencia y se volvió a golpear. Sintió un dolor intensó en la cabeza, luces explosivas aparecieron ante sus ojos y Bosem creyó que iba a morir, hasta que el siguiente golpe le hizo reanimarse de repente.
            Primero escuchó un sonoro y seco chasquido, seguido al instante de un tremendo dolor que le recorrió todo el cuerpo subiendo primero desde la pierna derecha. Gritó con espanto y dolor, tragando polvo, dándose cuenta que estaba boca abajo. Estúpido, se decía a sí mismo, se había caído por un agujero o un desnivel. Había cometido el error de un niño, echar a correr en la noche sin conocer el terreno. Algo caliente y pegajoso le caía por la frente. Se había abierto una brecha en la cabeza, sentía el dolor, palpitante, pero al menos estaba vivo y consciente. Intentó levantarse, pero el terrible dolor, como espadas al rojo vivo clavándose en su carne, se lo impidió. Gritó otra vez. Se había roto la pierna.
—¡Maldita sea, maldita sea! —gritó, perjuró y maldijo al destino. La pierna derecha fracturada. Debido a la oscuridad apenas se la podía ver, pero casi la vislumbraba torcida de forma antinatural. Ahora sí que estaba en un apuro de verdad. Con un tremendo esfuerzo, apretando los dientes para no gritar por el dolor, logró incorporarse un poco y darse la vuelta, aunque eso le supuso sufrir mucho más. El más mínimo movimiento le suponía una tremenda agonía.
            Bosem miró hacia arriba. Vio el firmamento estrellado y los bordes de un agujero a unos tres pasos hacia arriba. No era una gran altura, hasta un niño podría salir, pero con la pierna rota era otra cosa. No veía ninguna luz, el candil debía estar arriba, tirado por el suelo. Maldijo con ferocidad. No iba a quedarse allí parado por mucha pierna rota que tuviera. Se apoyó con las manos en el suelo e intentó ponerse en pie. El dolor casi le hizo desmayarse. Fue tal la violencia del sufrimiento, que cayó a plomo al suelo y le costó muchísimo respirar; un poco más y se muere de asfixia.
—No, no, no… —gimió angustiado cuando por fin pudo respirar aire con grandes bocanadas. Le entró el pánico. No podía moverse, por tanto, no podía salir de aquel agujero— ¡Socorro! —gritó con todas sus fuerzas— ¡Auxilio! ¡A mí, el Señor me asista! ¡Socorro!
            Estuvo demandando auxilio mucho tiempo, hasta que la voz se le quedó ronca y ya no pudo gritar más. Luego vinieron los llantos y las súplicas a Dios. Bosem se daba cuenta que estaba en un apuro muy grave. Tirado en un agujero que a saber donde estaba, nadie podía escuchar sus desgarradores gritos. Además, cada vez tenía más frío y tiritaba con violencia, mientras que de la pierna le seguía subiendo un dolor intenso que aumentaba con cada mínimo movimiento, hasta por respirar un poco más fuerte.
—Señor, socórreme en esta negra hora. No quiero morir aquí, Señor… no quiero morir aquí… Sálvame, Señor, te suplico que me salves…
            A pesar de sus súplicas nada ocurría, y cada vez sentía más frío y debilidad. Iba a perecer en un infecto agujero, olvidado por todos. De repente sintió ganas de estar en casa con su mujer e hijas. La perspectiva de no verlas más le hizo darse cuenta de que quería en verdad a Meital, su pequeña y regordeta mujer. Lo que daría por estar en su humilde hogar ante el fuego con un trozo de queso y de pan caliente que Meital le habría preparado. Lloró angustiado, pero luego sintió rabia.
—¡Tu! ¡El elegido! ¿No eres el enviado de Dios? Pues libérame de este agujero. Libérame de los romanos, de los impuestos, de trabajar, y también libérame de aquí, ja, ja, ja… El elegido, ja, ja, ja… Libérame. ¡Libérame te digo!
            Gritó, rió, volvió a gritar y luego tosió, sintiendo nuevas punzadas de dolor que le impedían respirar. Ya le costaba mantenerse despierto. Bosem se obligó a mantenerse consciente mediante movimientos, pues así le dolía la pierna. Si se dormía, sabía que no despertaría más. El dolor le mantendría alerta.
            Por el borde del agujero se vislumbró una tenue luminosidad. Bosem pestañeó con fuerza, creyendo que la visión le estaba jugando una mala pasada. No, la luz se hacía más intensa. El pastor gritó con las escasas fuerzas que poseía, no muchas, pero lo suficiente para alzar un poco la voz. La luz se hizo más fuerte y por el borde del agujero apareció un hombre luminoso.
—El Señor me proteja —exclamó con pánico Bosem.
            Ese hombre, si era tal, poseía un noble rostro, hermoso, de facciones delicadas, pelo largo hasta los hombros, pero no se podía adivinar el color, pues un halo de luz dorada rodeaba la fantástica figura. Iba vestido con una simple túnica, puede que amarilla, quien sabía, porque la luz confería a la figura solamente tonalidades doradas. El hombre se acercó al borde y miró abajo. Bosem entonces pudo contemplar mejor ese rostro. Ya no estaba tan seguro si era un hombre o una mujer. ¿Qué era? ¿Un espíritu maligno, un demonio, una aparición? ¿O era Bosem quien alucinaba por el dolor, por la debilidad?
—No… —Bosem lo comprendió. Esa figura luminosa era la misma aparición de la que hablaron los pastores. Ivri había hablado de una figura luminosa que recorría los campos avisando a todos que el niño había nacido. ¿Era entonces esa cosa la misma figura luminosa de los pastores?— ¡Tu! —gritó Bosem con unas fuerzas que no creía poseer— Sé quién eres. Eres ese que va diciendo por ahí que ese mocoso ha nacido. Al parecer es el elegido de Dios para liberarnos. Pues comienza por liberarme a mí. ¡Vamos! ¡Sácame de aquí!
—¿Por qué debería hacerlo? —la figura habló con una voz suave, melodiosa, que bien pudiera ser de un hombre o una mujer. No había maldad en su forma de expresarse, ni indiferencia, tan sólo preguntaba.
—¿Qué por qué? ¡Maldita sea! ¡Sácame de aquí ya, maldito impostor! ¡Libérame, te lo exijo!
—Bosem, Bosem… Estas muy equivocado. No estoy aquí para liberarte de este agujero.
—¿No? —gimió de miedo el pastor.
—No. Igual que Él no ha venido al mundo para liberarte de los romanos, ni de los impuestos, ni del trabajo, ni de tus miserias.
—¿Entonces para qué ha venido, eh? ¡Maldigo a toda tu ralea! ¡Escupo en ti, demonio! —Bosem escupió en un intento de acertar a la figura de arriba, pero aunque hubiera estado pletórico de fuerzas tampoco lo hubiera conseguido. Durante unos momentos el pastor gritó e insultó, exigiendo con fuerza que se le sacara del agujero.
            Pero ya las fuerzas de Bosem eran pocas y quedó ronco. El ser luminoso estuvo quieto, silencioso, escuchando la enloquecida diatriba del pastor. Cuando Bosem terminó, agotado, de gritar, el ser lanzó un sonoro suspiro, se encogió de hombros y habló con voz suave.
—Bosem, Él ha venido no para liberarte de todo aquello que dices, sino para liberarte de ti mismo, ¿comprendes?
            El pastor miró hacia arriba, resoplando por el esfuerzo que le costaba ya respirar. Tartamudeó un poco e intentó replicar, pero no supo que decir. ¿Liberarse de uno mismo? ¿Eso qué significaba? ¿Y qué importaba aquello si iba a morir en ese agujero olvidado del Señor? El ser luminoso se dio la vuelta y se marchó, volviendo la oscuridad al lugar.
—No… —gimió Bosem. Quiso gritar, pero no pudo más que emitir murmullos quedos—. No te vayas… sácame de aquí… libérame, por favor… por favor…
             La voz vino de todas partes, o de ninguna, pero el pastor la pudo escuchar con total claridad.
—Pero Bosem, si ya eres libre.
            El hombre atrapado lloró amargas lágrimas de desesperación. El ser luminoso le hablaba en términos que no podía entender. ¿Pero qué quería decir? Lo único que entendía Bosem es que era su fin, y no quería morir, así no…
            Despertó con un sobresalto. Las llamas de la hoguera todavía ardían con fiereza y su calor había sido el causante de que Bosem se durmiera. El pastor abrió y cerró los ojos con fuerza, medio aturdido, hasta que pudo darse cuenta que se encontraba en la fogata. ¡Había sido una pesadilla! No se había levantado ni marchado al pueblo, por tanto, la caída en ese agujero nunca ocurrió. ¡Gracias a Dios! Todo fue un sueño. Bosem se rió con ganas, contento, pero muy asustado en realidad. Todavía recordaba la desesperación y al ser luminoso como si hubiera pasado en realidad. De hecho, sudaba con profusión debido al pánico sufrido durante la pesadilla. Se pasó la mano por la frente. ¡No era sudor! Era sangre que manaba de una brecha en la frente.
            Bosem se levantó de la piedra con los ojos abiertos y el corazón desbocado. Tenía una brecha en la cabeza. La misma herida que se había producido en su caída al agujero. Pero la pierna no estaba rota. Desconcertado, miró a todas partes. ¿Fue un sueño en realidad? ¿O el ser luminoso le rescató, curó y trajo a la hoguera? El humilde pastor no sabía ya que pensar. Durante unos momentos sintió ganas de correr y gritar, pero poco a poco una fiera determinación fue creciendo en su mente. Tomó un candil y su zurrón y marchó a vivo paso.

            Caminó rápidamente, sin miedo, con decisión. Ya no le daba miedo la noche ni los peligros que portaba. Tras una larga caminata llegó a su destino, las afueras de Belén. Allí, al borde un camino, se encontraba un pesebre profusamente iluminado, y muchas personas congregadas alrededor. Bosem se encaminó al lugar mirando al cielo. La bola de luz no estaba, tampoco vio a los supuestos tres reyes, pero a medida que se acercaba al sitio descubrió a sus amigos, sentados en el suelo tranquilamente observando una escena en el interior del pesebre. Avimael también vio a su amigo y sonrió, saludando con la cabeza. Bosem respondió y avanzó un poco más, sorteando a vecinos, pastores, campesinos y otras gentes. Su decisión dio paso a una sorprendente timidez. Delante suya se encontraba un hombre de porte noble, pero se le notaba cansancio en el rostro, aunque sus ojos eran firmes. Una joven y hermosa mujer, sentada en una silla de madera de tres patas, con los cabellos tapados con una pequeña manta, sostenía un bebe bien arropado entre sus amorosos brazos.
            Bosem miró a la mujer y esta le devolvió la mirada. Sus ojos eran muy hermosos, con una infinita capacidad para amar, para mostrar nobles sentimientos, fuertes, fieros e inteligentes. El pastor vio en esos ojos el eterno y desinteresado amor de todas las madres de la Creación. La mujer, una muchacha más bien, adelantó un poco al bebe para mostrarlo. Era un crío sano, de mejillas coloradas, que sonreía. Bosem miró al recién nacido, y en sus ojos lo vio todo. Esos ojos…
            El pastor, sollozando, se arrodilló y presentó sus respetos. Esa noche el duro corazón de piedra de Bosem se resquebrajó un poco; lo suficiente.

FIN

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