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lunes, 4 de julio de 2011

La historia del caballero Carlos LeLoup

LA HISTORIA DEL CABALLERO CARLOS LELOUP

Hace mucho tiempo, cuando los dragones rondaban por la Tierra haciendo las cosas que sólo ellos podían hacer, y las hadas y los duendes habitaban en las profundidades de los bosques, existía un caballero llamado Carlos LeLoup. Este caballero era el mejor del reino, el más valiente y más noble. Innumerables eran los entuertos resueltos o las princesas rescatadas. Y su nombre era conocido por todos a lo ancho y largo de toda la franja de países civilizados.

Como es natural, los reyes y poderosos solicitaban los servicios de este buen caballero para todo tipo de trabajos, desde limpiar unos caminos de bandidos a asistir a banquetes, torneos o desfiles, pues la sola presencia de Carlos LeLoup en un lugar se consideraba un gran honor y un acto social de gran prestigio que conllevaba para el que lo organizaba grandes recompensas.

No obstante, nuestro caballero no era un hombre rico. No tenía castillos, ni tierras, ni animales, ni siervos. Su vida errante, de aquí para allá prestando su lanza a quien se la pidiera, y su código de honor, le impedía acumular tesoros o bienes. No cobraba dinero por espantar a un ogro. Y las gracias sinceras de las personas eran su única recompensa. Comía y bebía de lo que conseguía de la Madre Tierra o de los banquetes o comidas con que se le agasajaba de cuando en cuando. Un rocín, la armadura y las armas de su padre era lo único que poseía.

Tampoco tenía este valiente caballero una dama que le prestara sus colores, pues como no era rico, no era un buen partido para las damas de buena posición que anhelaban una boda de gran postín. Y Carlos LeLoup no gustaba de jóvenes románticas que suspiraban por sus huesos pero que en cuanto partía para una misión le olvidaban a favor de gallardos mozos de caras ropas y exquisitos modales. Y es que nuestro amigo caballero podía tener fama y honra, pero como todos sabemos, de nada sirven tales dones sin fortuna que los apoyen, pues para comprar un castillo a la última o un caro vestido se necesita oro, no gallardía o buenas intenciones.

Muchas estaciones recorriendo caminos, muchas miserias y calamidades, y los años que no pasaban en balde, habían logrado hacer mella en el intachable código de honor de nuestro gran caballero. Ya no luchaba por el simple honor de servir a los demás, sino que en su mente lo hacía porque buscaba la fama, la honra y la riqueza. Su armadura ya estaba deslustrada, sus armas melladas y sus ánimos oscuros. Estaba cansado, se sentía muy solo y ello le llevaba a ver las cosas con amargura y rencor. Deseaba hacer la mayor hazaña de todos los tiempos para que toda la gente supiera de su nombre, se le premiara con enormes tesoros y pudiera hacerse con tierras, títulos y buen número de sirvientes. Ya no ayudaba a los campesinos o a los pobres. Ni jugaba con los niños o narraba cuentos. Sólo prestaba sus servicios a los ricos y poderosos si la empresa era épica y la remuneración excelente.

Un día, mientras descansaba debajo de un árbol y maldecía su destino, se le acercó el hada del viento con un mensaje de Anonimaha, la reina del lago. Se le requería para una misión, pero como no se habló de pago alguno, el caballero despachó malhumorado al hada del viento. Pero el hada no se rindió e insistió en lo importante de su presencia ante la reina del lago. Tan importante, que el destino no de un reino o dos, sino de la Tierra al completo dependía de ello. Carlos LeLoup reflexionó sobre aquello. Esa era la hazaña que estaba esperando; salvar el mundo entero. ¡Ah, cuanta fama podría sacar de semejante gesta! Todos caerían ante sus pies con devoción y arrebato. Así, con un gesto de la mano, conminó al hada del viento para que le guiara ante la reina del lago.

Mientras caminaban, el otrora noble caballero se puso a pensar sobre lo que sabía de la reina del lago. Anonimaha, cuyo nombre en una lengua antigua significa “amor”, habitaba en el lago Esperanza, que es el más grande de todos los lagos conocidos. Se decía de ella que era inmortal, hija del dios de la lluvia y de la Madre Tierra. Ayudaba a los humanos en los momentos de mayor necesidad y su sabiduría y belleza eran legendarias. No obstante, sus apariciones eran muy escasas —una o dos veces como mucho cada cincuenta años— y su existencia puesta en duda muchas veces. Pero su leyenda servía de inspiración a muchos caballeros noveles para entrar a servir en la orden de la caballería y vestir su color: el violeta. Nuestro caballero también en su juventud había soñado con conocer a la dama que se aparecía sólo a los caballeros más virtuosos. Mas ahora sólo podía pensar en la fama y riquezas que podría obtener.

Cuando Carlos LeLoup y el hada del viento llegaron al lago Esperanza ya se había puesto el Sol, así que hicieron un campamento y pasaron la noche sin más problemas. El amanecer trajo consigo el espectáculo de las aguas del lago ribeteadas de hilos dorados y con un hermoso tono violeta oscuro en sus partes más profundas. Las aguas burbujearon con suavidad e hizo su aparición Anonimaha, la reina del lago. Era de una belleza increíble. E irradiaba un aura de grandeza como el caballero nunca había visto.

Carlos LeLoup cayó al suelo de rodillas extasiado ante la magnifica aparición. Su corazón y su mente se vieron inundados de emociones conflictivas que le impedían hablar y asimilar lo que le estaba ocurriendo. Anonimaha habló, su voz era dulce como la miel, y el caballero logró calmar sus miedos ante las melodiosas palabras.

—Te he mandado llamar caballero, porque la Madre Tierra necesita de tu ayuda.

—Mi espada y mi honra están a vuestro servicio, mi reina.

—Escucha caballero, la maldad que amenaza a nuestra Madre. Cada diez mil años aparece un monstruo de gran poder y perversidad que exige el sacrificio de una víctima humana. Sí no se le concede desatará su ira sobre todos, acabando con la vida en el mundo. Madre no desea mandar al holocausto a ninguno de sus hijos nunca más. Conocemos tu valentía y pericia con las armas. Se te encomienda la misión de luchar contra el monstruo y aniquilarlo. El destino de todo esta en tus manos, caballero.

—Una misión que acataré con gusto mi reina, pero se os ha olvidado que yo ya no hago nada por nadie sin esperar algo a cambio. Atrás quedó luchar por ideales románticos que no conducen sino a mi pobreza y a la riqueza de los demás. Una misión de esta envergadura merece una recompensa de su mismo tamaño. Más todo lo rechazo y sólo pongo una condición. He comprendido mi reina, que os amo. Mi corazón nunca había sentido tales emociones antes y vos sois la mujer que llevo esperando toda mi vida y que se me aparece en mis sueños. Os deseo, mi reina. Quiero que seáis mi esposa.

— ¿Qué decís caballero? ¿Qué villanía escuchan mis oídos? Hasta mí habían llegado la fama de vuestras virtudes y hazañas, pero veo que sois un ser mezquino y egoísta. ¿Qué me amáis decís? No debe ser así cuando me imponéis tal condición.

—No os engañéis, mi reina. Es cierto que os amo, pero quiero vuestro amor dado por voluntad, no por fuerza. Lucharé contra ese monstruo por vos. Y cuando vuelva, pediré vuestra mano a los dioses sí tal fuese necesario.

—No digáis más locuras, caballero. Tal amor es imposible. No sólo porque sois mortal, sino porque hay muchos más factores que lo impiden. Luchad porque sois noble y valeroso. Porque así lo deseáis, sirviendo al prójimo. Pero no lo hagáis por mí.

—No me importan los obstáculos, ya que me he dado cuenta de que entre esos factores que mencionáis no está el de que no me queréis. Iré y mataré al monstruo porque os amo. Ya está dicho todo.

—Está bien. Haced lo que queráis, caballero. Encontrareis al monstruo, cuyo nombre es Ego, en el bosque negro conocido como Conocimiento. Si está en mi mano, os ayudaré en todo lo que pueda.

Dicho esto, la reina del lago se volvió a hundir en el agua dejando atrás a un confuso caballero que no dejaba de pensar en lo que podría ocurrir en el futuro. ¡Salvar el mundo! Semejante hazaña correría de boca en boca por todos los rincones de cada pueblo, de cada ciudad, de cada región. Que más da que no haya tesoros o recompensas. Una gesta de esa magnitud provocaría el agradecimiento de todos los reyes y poderosos que le colmarían de bienes y títulos. Se convertiría en un líder cuya popularidad le llevaría, quizás, a ser rey. O emperador. Y además, contaría con el amor de la mujer más hermosa e inteligente que haya podido nacer bajo el Sol. Lleno de grandes sueños, nuestro caballero partió a cumplir su misión, no sin antes pasar por una tranquila aldea y comprar una hermosa capa de color violeta. Ya tenía dama por la que luchar por su honra y virtud.

El tenebroso bosque de Conocimiento se encontraba en el borde del reino septentrional, a más de ocho días de marcha, así que Carlos Leloup no perdió el tiempo entreteniéndose por el camino combatiendo bandidos, liberando pueblos de tiranos o bajando gatitos de los árboles. Esas cosas ya no eran dignas de su atención. Iba a salvar el mundo nada menos. Al tercer día de viaje se topó con un vagabundo que deseaba hablar con él.

— ¿Qué queréis, alma en pena, de mí? Dejadme paso, pues tengo prisa. Una misión urgente he de cumplir.

—Lo sé, noble caballero. Vais a salvar el mundo de la presencia de Ego.

— ¿Y cómo sabéis vos tal cosa? Con nadie he hablado de semejante empresa.

—Ah, pero yo sé muchas cosas, mi señor. Y he pensado que necesitaréis un escudero para tan épica misión.

—Nunca he necesitado escudero y no veo porque he de necesitarlo ahora.

—Eso, mi señor, es porque nunca hasta ahora habíais tenido tan grave asunto que resolver. No sólo puedo ser vuestro escudero, sino también el bardo que cantará por todos los confines del mundo la gran epopeya. La haré llegar a los palacios que hay más allá del mar de la Ignorancia. Todos sabrán que grande es mi señor.

—Hum, tenéis razón. Está bien, os tomo a mi servicio…

—Ambición, mi señor. Mi nombre es Ambición.

Carlos LeLoup y su escudero Ambición llegaron cinco jornadas después al bosque de Conocimiento. Durante el trayecto, Ambición cantó todas las noches ante la fogata las gestas de su señor y el esplendoroso futuro que le esperaba. El caballero asentía satisfecho ante las palabras de su escudero.

Cuentan las leyendas que el bosque de Conocimiento no se podía atravesar sin pagar las consecuencias. Muchos viajeros se adentraron en él para atajar en sus viajes y ya nunca fueron los mismos. Salieron huraños, melancólicos o desesperanzados. Otros, en cambio, iluminados, alegres o joviales. Pero fuera como fuera, no eran como antes de entrar al bosque. Se rumoreaba que era culpa de espíritus que gustaban de atormentar a los mortales cambiando sus personalidades o sacando al exterior sus secretos más íntimos para gozar con perversión de tan viles experimentos. Así que como es normal, nadie osaba entrar en el enorme y solitario bosque so pena de caer en las garras de tan traviesos seres. Carlos Leloup y su escudero Ambición no dudaron en internarse en la siniestra foresta. No tardaron en encontrar al monstruo Ego. La criatura, de apariencia humanoide, era un coloso de dos metros de color negro e hinchados músculos.

— ¿Dónde está mi sacrificio? ¿Tú me lo traes, insignificante pulga?

—Lo único que te traigo villano, es una espada que hincar en tu vil cuerpo. No amenazarás más a este mundo.

El caballero cargó lanza en ristre contra Ego, pero el monstruo resistió la embestida y tiró al suelo a Sir Carlos. Ambición corrió a ayudar a su señor a ponerse en pie.

—Tranquilo, mi señor. Nadie dijo que fuera fácil. Recordar vuestros sueños y las recompensas que vendrán.

—Mi espada, fiel escudero. No temáis, derrotaré a este monstruo.

Y de nuevo Carlos LeLoup se lanzó contra el monstruo. Una estocada, dos, otra más. Pero todo fue inútil. El monstruo, lejos de encontrarse herido o derrotado, por el contrario, se volvía más fuerte y más grande y rechazaba con facilidad los ataques del caballero. Carlos LeLoup se tomó un respiro y aprovechó para coger un trozo de la túnica de color violeta y anudárselo en el brazo armado.

— ¡Qué el amor de mi dama me ayude en tan desesperada hora!

Pero una vez más, el monstruo Ego creció y derrotó a nuestro caballero, que se retiró humillado cuando se le agotaron las fuerzas. Detrás de él, resonaba la poderosa voz de Ego reclamando su víctima.

— ¡Y no volváis sin el sacrificio o destruiré este patético mundo de chinches!

El caballero y su escudero se retiraron al lindero del bosque para descansar y curar las heridas. Los ánimos de Carlos LeLoup estaban muy decaídos.

— ¡A fe mía que ese monstruo es más poderoso de lo que pensaba! No sé como voy a derrotarlo.

—Paciencia, mi señor. Vos sois él más grande, el mejor. Un líder nato. Ya se os ocurrirá algo.

—No. Nunca me había topado con un enemigo así. No creo que pueda ser derrotado con métodos convencionales. Habrá que pensar algo diferente, pues si me enfrento a él ya me puedo dar por muerto.

—Y no queremos eso.

—No.

—Se me ocurre, mi señor, que si le diéramos una víctima, el monstruo Ego se iría a donde se vaya y no aparecería hasta dentro de diez mil años.

—Pero precisamente estamos luchando para evitar eso.

—Bueno, ¿quién sabría tal cosa? Aquí no hay nadie que pueda testificar que eso pasó. Después, sería fácil decir a todos que vos fuisteis quien puso en fuga a Ego. Imaginad que desfiles y honores habría para vuestra valentía. Todas las princesas lucharían por obtener vuestro amor. Los nobles pagarían lo que fuera para que apoyarais sus causas. Se os daría tierras que regir. Y tendríais rendida a vuestros pies a Anonimaha, la reina del lago.

—Cierto es que vuestras palabras tienen mucha lógica. Pero, ¿a quién sacrificaríamos? ¿Quién se prestaría a tan horrible destino?

—Nadie, mi señor, pues ningún mortal es tan valiente como vos. Así que tomaremos a un ladrón, a un ser que sólo cometa maldades y perjudique a las gentes honradas y temerosas de la Ley.

— ¿Dónde encontraremos a semejante bellaco?

—Cerca de aquí, en un pueblo llamado Intolerancia, vive una vieja bruja que se dedica a echar mal de ojo a los aldeanos, a perder las cosechas, a que las vacas den agria leche y que las mujeres tengan embarazos complicados. Sería el candidato perfecto. Nadie la echaría de menos.

— ¡Por todo lo sagrado que semejante ser pagará todas sus maldades! Su sacrificio servirá para mi noble causa y también, para redimir su negra alma. Partamos pues, mi fiel escudero, a capturar a tan infame criatura.

Y así, nuestro caballero y su escudero partieron hacia Intolerancia en busca de la malvada bruja. Una vez en el pueblo, los honrados campesinos le hablaron de Apariencia, que así es como se llamaba dicha bruja. Vivía sola, apartada de todos, y muchos juraban haberla visto hablando con lobos y cuervos, que como todos sabían, son servidores de demonios. Nadie intuía de donde vino o a que se dedicaba, pero que era una bruja maligna de eso no había duda, pues se negaba a seguir los consejos que las buenas y virtuosas gentes del lugar le decían. Carlos LeLoup y Ambición se dirigieron hacia la cabaña de la bruja Apariencia. Cuando llegaron, el caballero tomó su espada y tiró la puerta abajo. Dentro había una mujer de avanzada edad, pelo blanco largo, arrugas profundas y nariz ganchuda.

— ¿Qué es esta aparición blindada que tira abajo la puerta de mi casa para asustar a una vieja indefensa?

— ¡Calla, vil criatura! ¡Ahora que te veo comprendo que eres una bruja! ¡He venido a terminar con vuestras maldades! ¡Daos por presa y disponeos a partir para encontrar vuestro destino!

— ¡Ay! ¡Caballero, tened piedad! ¡Sólo soy una mujer mayor y solitaria que nada sabe de lo que habláis!

— ¡No me engañareis con vuestros falsos gimoteos! ¡Salid fuera os digo!

El caballero arrastró al exterior a la pobre mujer haciendo caso omiso a sus lágrimas. El escudero tomó una mula del cobertizo y subieron a Apariencia a su lomo. La ataron bien y se pusieron de nuevo en marcha hacia el bosque de Conocimiento. Por el camino, nuestro caballero observaba bien a su cautiva, que permanecía quieta sollozando y con el terror en su ajado rostro. Carlos LeLoup comenzó a dudar. ¿Era ésta la temible bruja que tenía atemorizada a toda una comarca? Y sí era bruja, ¿por qué no echaba mano de sus conjuros para escapar de esta situación? Para el caballero, la mujer sólo parecía eso: Una pobre y solitaria mujer de muy avanzada edad. Mas el escudero, al ver la duda en su señor, habló así.

—No dejéis ni por un momento que la piedad confunda vuestro sentido común, mi señor. Es conocida la manera de actuar que tienen estos malignos seres. Parecen personas indefensas y enternecen nuestros corazones con sus falsas lágrimas. Mas como nos descuidemos, se nos echará encima y nos convertirá en sapos o ratas. Así es como actúan, mi señor, tenerlo en cuenta. Otros caballeros se dejaron embaucar por su aspecto débil y lo pagaron caro.

—No soy como los demás caballeros.

—Claro que no, mi señor. Este humilde escudero únicamente ponía voz a vuestros pensamientos.

—Eso es. Y ahora, terminemos rápido con esto. Hemos de salvar el mundo.

El grupo marchó en dirección al bosque de Conocimiento, pero una noche, mientras Ambición narraba en prosa la captura de la bruja que hizo vivir en completo terror al reino, (la maldad de la bruja crecía según la canción) un grupo de animales rodearon la fogata con intenciones desconocidas. Eran ciervos, lobos, conejos, pájaros, jabalíes y hasta un oso de pelo gris. El caballero tomó su poderosa espada y se preparó para repeler a los animales, mas antes de que pudiera hacer algo, el oso de pelo gris habló.

—Te saludamos, noble caballero, y pedimos con humildad que dejes libre a nuestra buena amiga Apariencia, pues creemos que ha sido injustamente arrestada.

—Me parece un milagro que un oso pueda hablar, pero aún así y todo, no dejaré ir a una bruja acusada de cometer maldades contra sus semejantes. Se ha de hacer justicia.

— ¿Y quién dice que es una bruja?

—Las gentes honradas de Intolerancia.

—Ah, sí, las gentes honradas de Intolerancia. Has de saber noble caballero, que aquí, nuestra amiga, cuida de los animales del bosque. Ayuda a nacer a nuestras crías y nos libera de las crueles trampas de los cazadores. Protege el bosque de la tala indiscriminada de los campesinos y ejerce de puente entre nosotros y los humanos. Aconseja a los campesinos que dejen descansar la tierra durante un año entre cosecha y cosecha, ya que así sus frutos serán dobles y la tierra dará más tesoros durante más tiempo. Les dice que traten con un mínimo de respeto y cariño a sus animales de granja, porque así la leche, los huevos y la carne será de mayor calidad. Cuida del grano recién plantado para que los insectos y los cuervos no se lo coman. ¿Y sabes cómo reaccionan las buenas gentes de Intolerancia? La acusan de bruja entrometida, la insultan y desprecian porque su manera de pensar y vivir es diferente de la de ellos. Esa es la clase de persona que llevas al castigo, caballero.

Carlos LeLoup comenzó a dudar. Cierto es que las palabras del oso de pelo gris no coincidían con las de los aldeanos, pero en su mente empezaba a perfilarse la sospecha de que quizá el asunto no era tan claro como parecía al principio. Ambición, al darse cuenta de la lucha interior de su señor, tomó parte en la conversación.

— ¡Mi señor! ¿No iréis a hacer caso a unos animales? Pues al fin y al cabo son eso, animales. ¿Qué sabrán ellos de la condición humana? ¿De sus perfidias y engaños? Los animales son seres que se pueden engañar con facilidad. ¿Y quién no nos asegura que están dominados por la bruja? Nosotros los humanos, que estamos por encima de ellos en la cadena alimenticia, sabemos muy bien ocuparnos de nuestros asuntos. No necesitamos que un animal nos diga lo que está bien o mal. La mujer es una bruja. Nuestra mente superior y nuestra elevada moral nos han servido para dejar a un lado su horrendo disfraz de persona temerosa de la Ley. Y recordad nuestra misión. Lo importante que es. Debemos salvar el mundo. Y después, la recompensa y la fama social. No, mi señor, despachad a estos inocentes, pero equivocados animales, y que nos dejen en paz de una vez.

—Mi fiel escudero, tus palabras han servido para despejar las dudas de mi mente. ¡Atrás criaturas! ¡Volver al bosque que os vio nacer o no viviréis para ver más amaneceres!

Los animales retrocedieron a la oscuridad apesadumbrados. La armadura y la espada del caballero, más su habilidad, le convertían en un adversario muy difícil de batir. Y contaba con la ayuda del más poderoso aliado: el señor fuego. Así, a pesar de seguir queriendo la libertad de su amiga, no les quedó más remedio que retirarse. Pero todavía les aguardaba una oportunidad más de hacer algo.

La noche transcurrió sin más incidentes, y Carlos LeLoup, su escudero y la prisionera retomaron la marcha hacia el bosque donde les esperaba Ego. Pronto vieron la silueta del bosque de Conocimiento en la lejanía, mas antes de que llegaran a estar a menos de mil pasos, una majestuosa figura se interpuso en el camino del grupo. Era Anonimaha, la reina del lago. Su hermoso rostro estaba tenso por la furia; sus ojos miraban acusadores al caballero. A su alrededor, las flores crecían a puñados en cuestión de segundos pintando los campos de tonos violetas.

— ¡Caballero! ¡A mis oídos han llegado las quejas de los animales amigos de esa pobre mujer! ¿Qué pretendes hacer con ella?

—Mi reina, que tu hermoso semblante de ánimos a mi corazón. No me puedo enfrentar al monstruo Ego. Su poder está más allá de todo limite. Sólo nos queda dar un sacrificio para evitar su furia.

— ¿Y pretendes dar cómo sacrificio a una indefensa anciana?

—Mi reina y señora. No es tan indefensa ni tan inocente como parece. Es una bruja perversa que goza de las maldades que realiza sobre sus semejantes. ¿Quién mejor que ella para dar como ofrenda? Que sea su castigo y redención.

— ¡Jamás había escuchado semejante infamia! Oh, noble caballero, cuan bajo has caído. ¿No te di la misión para que Ego no volviera a matar a ningún hijo de Madre Tierra? ¿Y cómo osas juzgar a una persona sin conocerla? Y aunque fuese perversa. ¿Quién te da derecho a decidir sobre su destino? ¿Qué clase de cruel moral retorcida y oscura sigues, caballero? ¿Es este el hombre que pretende mi amor? ¿Es está la persona de quien me enamoré? ¿Dónde ésta el ser antaño noble, valiente, altruista y sensible? Pues ante mi está un mortal egoísta, cobarde, mezquino y arrogante que ya no tiene más valor que enfrentarse a mujeres de avanzada edad. Depón tu actitud, caballero, y deja que la sensatez invada tu mente.

Carlos Leloup cayó de rodillas al suelo. Las palabras de la reina del lago habían calado en su alma tocando sentimientos que hacía tiempo que negó. Sobre todo, la confesión de Anonimaha de que le amaba era lo que más le dolía, pues había comprendido que la estaba defraudando, y eso era más de lo que podía soportar. El caballero se llevó las manos a la cara y lloró lagrimas de dolor. Pero eran lágrimas por su desdicha. Ambición se puso junto a su señor y le susurró al oído.

—Tened templanza, mi señor. Nada esta perdido todavía. El plan era bueno. ¿Qué sabrá ella de nosotros y de los sacrificios que vos hacéis? Ella vive en un paraíso retirada del mundo verdadero. Nada sabe de la oscuridad del mundo exterior, de lo cruel que puede llegar a ser. Que el monstruo no puede ser vencido es una verdad absoluta. Así que, ¿qué debemos hacer, que lo destruya únicamente porque ella no comprende que es lo que vais a realizar? Este es un momento difícil, mi señor, trascendental para el devenir del mundo. Hay que tomar una decisión extraordinaria, y sólo un hombre extraordinario podrá hacerlo. Vos sois ese hombre, mi señor. Cierto es que el sacrificio de la bruja es una lástima, pero es la vida de una mala persona contra la de millones de inocentes. Hay que hacerlo. A pesar de que la reina del lago no lo entienda. Y ese será vuestro sacrificio personal. Ella os odiará por lo que haréis, pero el mundo os honrará por haberlo hecho. Y cuando seáis investido con todos los honores existentes, entonces se dará cuenta de lo grande que fuisteis al tomar una decisión que nadie se hubiera atrevido a hacer. Os amará entonces, y todos los sinsabores que podáis sufrir ahora serán compensados en ese momento. Levantaos, mi señor, y cumplid con vuestro cometido.

Nuestro caballero, agotado y dolido, se levantó con dificultad, se colocó la armadura y se internó en el bosque con su prisionera. Anonimaha lanzó un suspiro de pena y siguió a Carlos LeLoup. No tardaron mucho en toparse todos con el monstruo Ego. Era más grande y más fuerte que nunca.

— ¿Dónde está mi sacrificio? ¡No voy a esperar más! ¡O me dais una víctima con la que saciar mis apetitos o destruiré este mundo!

— ¡Detén tu furia! Aquí te traemos la ofrenda.

—Dámela, caballero, antes de que empiece a perder la paciencia.

Y eso iba a hacer Carlos LeLoup, pero cuando fue a coger a Apariencia, sus miradas se cruzaron y el caballero se quedó parado en el sitio. En los ojos de la anciana mujer no había odio ni temor, sólo una especie de resignación ante su final y de piedad hacia su verdugo, que no era otro que el que estaba a su lado. Un hombre embutido en una armadura deslustrada y con el miedo clavado en el alma. Y Carlos LeLoup, nuestro amigo caballero, se irguió orgulloso, clavó la espada en el suelo y miró desafiante al monstruo Ego.

— ¡No os entregaré a ésta mujer, monstruo vil! He comprendido que esta no es la solución que debo dar al problema.

— ¿Pero es qué te has vuelto loco, estúpido mortal? ¡Dame ahora mismo a esa mujer o destruiré todo lo vivo que hay en este mundo empezando por ti!

— ¡He dicho que no te la entregaré!

Anonimaha sonreía con aprobación al contemplar como Carlos LeLoup apuntaba con la espada al monstruo, que rugía con rabia y desesperación al serle negada su víctima. Ambición se acercó al caballero e intentó hacerle entrar en razón.

— ¡Mi señor! Razonad sobre lo que estáis haciendo. No podréis vencer a este enemigo con la espada. No entreguéis si no queréis a la bruja, ¿pero luego que? ¿Cómo impediréis que destruya el mundo? Porque eso es lo que hará si no le dais una víctima. ¿Y qué pasará con nuestros planes? ¿Con nuestros premios?

— ¡Calla ya, escudero! ¡Qué demasiado tiempo he escuchado tus venenosas palabras! ¡No entregaré a nadie a este demonio!

Pero el caballero sabía que las palabras de su escudero eran ciertas. No se podía enfrentar a Ego porque era invencible, pero no le daría a la mujer. Y si no lo hacía, arrasaría la Tierra. Carlos LeLoup se devanaba la cabeza intentando encontrar una solución a tan agobiante situación. Ego decidió que ya era el momento de hacer cumplir sus amenazas.

— ¡Se terminó! ¡Destruiré todo ahora mismo! ¡Dame a la mujer o a la reina del lago o aniquilo la existencia en su totalidad! Dame una respuesta, caballero, y mide bien tus palabras, que de ellas dependerá tu mundo.

Carlos LeLoup miró con pánico a las dos mujeres. Sabía que debía dar a una de ellas. Maldijo la estupidez que le había llevado hasta aquí y al destino que le obligaba a escoger entre dos seres vivos. Uno tenía que morir y otro vivir. ¿Cuál? Si entregaba a la vieja, mataría a un ser humano y Anonimaha le odiaría de por vida. Si, por el contrario, entregaba a la reina del lago, también mataría no a un mortal, pero si a un ser sentiente y perdería a su amor. ¿Y cómo vivir el resto de la vida sin ella a su lado? El caballero lloraba de rabia y frustración y descubrió en ese momento lo egoísta que estaba siendo, pues no lloraba por el destino de las dos mujeres, sino por el suyo. La luz de su interior, la que todos portamos, brilló con cegadora claridad y eclipsó los temores, los complejos y las dudas. Nuestro caballero se colocó de nuevo la armadura, alzó la espada, y con voz serena, se enfrentó a Ego.

—Me das dos alternativas, demonio. O te doy a una de las mujeres o destruyes el mundo, pero siempre hay una tercera alternativa. Una víctima quieres, una víctima te daré. Prepárate engendro del mal, pues voy a destruirte. ¡En guardia!

— ¡No, mi señor! ¡Lo estropearéis todo!

— ¿Me engañan mis ojos o un patético ser que se pasa por caballero me está retando?

Pero Carlos LeLoup ya no hablaba, sino que dejaba que sus actos hablasen por él. Atacaba con la espada, pero nada parecía mellar la piel del monstruo. Pero esta vez algo distinto sucedió. Por cada estocada que el caballero daba, Ego encogía un poco y se volvía algo más débil. Nuestro valiente caballero se dio cuenta de ello y siguió luchando con más ímpetu. Pero el monstruo Ego seguía siendo demasiado poderoso y de un solo, pero contundente golpe en el estómago, terminó con la pelea. El buen caballero retrocedió lleno de dolor y se sentó en el suelo apoyando la espalda en un árbol. Las heridas internas eran muy graves y no podía continuar el combate. Carlos LeLoup sabía que era mortal. El monstruo reía con placer.

— ¡Ja, ja, ja, ja! ¿Y ahora qué, caballero? ¡Vas a morir y no podrás evitar que elija a una de las dos como mi ofrenda o que destruya el mundo si eso es lo que me place! ¡Ja, ja, ja!

Carlos LeLoup hincó la espada en el suelo para incorporarse un poco y se echó a reír de manera suave.

—No, demonio. Estas equivocado. Ya has tenido la ofrenda. He sido yo. Se dice que has de recibir una víctima cada diez mil años, pero nada se comenta que la víctima sea entregada en un altar, con un debido ritual o… en combate. Una vida te has cobrado. Ya tienes lo que querías. Te puedes marchar.

Ego permaneció callado unos segundos meditando las palabras del caballero y tras eso, lanzó un grito de rabia y maldad. El monstruo empezó a encogerse sobre si mismo hasta convertirse en un minúsculo punto negro que, finalmente, desapareció. Anonimaha, Ambición y Apariencia se arrodillaron junto al agonizante Carlos LeLoup. Los ojos de la reina del lago estaban anegados en lágrimas. Tomó la mano del desdichado caballero y se la llevó a los labios. Ambición increpaba a su señor sobre su actuación.

— ¿Por qué habéis actuado de ese modo? ¿Porque habéis sacrificado vuestra noble vida y no la de una bruja criminal?

—En verdad que estás ciego, escudero. Que sea un criminal o un inocente da igual. Si el precio para que el mundo esté a salvo es de una vida, entonces ese mundo no merece ser salvado, pues nadie, ni siquiera el universo, puede justificar el quitar una vida ya sea ésta mala o buena. No tenemos derecho a decidir quien merece ser salvado y quien no.

— ¿Pero entonces por qué os habéis inmolado si decís que el precio de una vida es excesivo?

—Porque yo me he entregado por mi libre voluntad. He realizado el mayor acto de amor que un ser puede hacer por un semejante. Dar su vida por propia voluntad para que el otro pueda seguir adelante el camino. En mi caso, para que el resto de mis hermanos y hermanas puedan seguir existiendo libres de la amenaza de Ego.

— ¡Pero lo habéis hecho aquí! Donde nadie ha podido ser testigo de su increíble hazaña, mi señor. Nadie creerá a esta vieja y la reina no se inmiscuye en los asuntos de los mortales. Vuestro nombre será olvidado y de nada habrá servido entonces su sacrificio.

— ¿De nada habrá servido dices? ¿Y qué más da mi nombre o la fama? Lo fácil es hacer actos de gran valor delante de cientos de testigos. Lo fácil es actuar cuando sabes que después tu nombre será cantado por los bardos durante siglos. Pero cuando tienes que realizar sacrificios en la oscuridad, donde nadie te puede ver, donde tu actuación nunca será registrada o conocida, cuando te enfrentas al terror solo, sin esperar nada a cambio, entonces todo cambia. Y es en ese momento cuando la verdadera medida de una persona se comprueba en su justo valor. ¿Qué me importa a mi la inmortalidad o mi nombre si voy a morir? Lo único que importa es que al final hice lo correcto. Y ahora, marchaos, pues temo que vuestra negra alma no puede entender lo que os he dicho. Marchaos y dejadme en paz.

Ambición se marchó cabizbajo, sus sueños de gloria y poder esfumados. Apariencia, por su parte, acariciaba con suavidad el rostro del caballero y se retiró, pues sabía que los dos amantes deseaban estar solos en el momento final. Anonimaha besaba los labios de Carlos LeLoup y le arrullaba con ternura.

—No lloréis por mí, mi señora, pues no soy digno de vuestras lágrimas. Intenté imponeros mi amor a la fuerza y en mi arrogancia, pensé que ganaría el vuestro salvando el mundo con un acto de vil bajeza. ¡Qué ciego he sido, mi señora! Pretender que me pudierais amar…

—Pretendíais bien, mi valiente caballero, pues en verdad os amo. Y ése fue el motivo por el cual os asigné la misión. Quería veros en persona, pues sólo conocía de vos vuestras gestas y vuestro porte visto a través del espejo mágico del fondo del lago. Fue la grandeza de vuestra alma, el romanticismo de vuestro corazón y la compasión que sentís hacia los demás lo que me enamoró.

— ¡Oh! Me habéis convertido en el hombre más dichoso de la Tierra.

—Pero ahora ya es tarde, mi caballero, pues la hermana de negros atuendos ya viene a reclamar vuestra alma.

—Que venga entonces, que poco me ha de asustar. Muero feliz al saber que vuestra beldad tiene un hueco en su corazón para mí. Ya no me importa que llegue el fin, pues así es como lo prefiero. Morir habiendo gozado de vuestro amor aunque sea por un breve instante, que a vivir cien años sin haberos conocido o disfrutado de vuestra presencia. Mi señora, mi reina, aquí viene ya. No me dejéis solo en él tránsito.

—No os preocupéis, mi caballero, mi vida. Estoy aquí con vos.

Y en el bosque de Conocimiento, ante Anonimaha, la reina del lago, el caballero Carlos LeLoup murió. Y Anonimaha, llorando por la pérdida de su amor y maravillada por la grandeza del espíritu humano, transportó con ayuda de los animales, entre ellos el oso de pelo gris, el cuerpo del caballero al lago Esperanza y allí hizo crecer el árbol más grande en su orilla como recuerdo perenne de la memoria del más grande de todos los caballeros. Después lo enterró en su regazo y cubrió la tumba con un espeso manto de flores de color violeta.

Durante un tiempo, la gente se preguntó que fue del caballero, pero con el paso de los años todos le olvidaron y dedicaron sus alabanzas a nuevos caballeros jóvenes que prometían grandes gestas. Y fue así como el recuerdo de Carlos LeLoup se perdió para siempre y su nombre no se menciona ni en las leyendas. Mas nada de esto merece la pena, pues, ¿qué nos importa a nosotros los agasajos y las opiniones de los demás? Quizás se pueda comprender visitando la tumba de nuestro caballero y leyendo la lapida, donde sólo hay un escueto mensaje y ningún nombre.

“Aquí yace una persona que murió libre”

FIN

de

La historia del Caballero Carlos LeLoup

por

Juan Carlos Sánchez Clemares

Este cuento forma parte del libro CUENTOS MARAVILLOSOS, escrito por Juan Carlos Sánchez Clemares y publicado por EDITORIAL SLOVENTO. También se encuentra publicado, en formato digital, en el número 3 de la revista RED de EDITORA DIGITAL, donde puedes descargarlo de forma gratuita.



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